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Macchiaioli. Realismo impresionista en Italia

Fundación Mapfre. Madrid. Hasta el 5 de enero de 2014
[Javier Maderuelo. El País, 7 de diciembre de 2013]

LA FUERZA DE LA LUZ

EN 1848 TODA EUROPA vivió un momento revolucionario, la denominada Primavera de los Pueblos”, que en el arte condujo a valorar la verdad por encima de la belleza. Poco tiempo después, en 1855, un grupo de jóvenes pintores florentinos se rebelaron contra los principios académicos, negándose a plantear composiciones historiadas y a definir las figuras por medio del dibujo, valorando el color sobre la línea. El naciente daguerrotipo, que se suponía científicamente fiel al principio de realidad, demostraba que las figuras se forman por manchas de luz, sin que existan líneas de contorno definidas que separen la figura del fondo. Este grupo de pintores, llamado peyorativamente macchiaioli (los manchistas), salen al campo a pintar al aire libre y descubren la fuerza de la luz y, también, el poder de las sombras. Sin plantear ninguna composición previa de los elementos a pintar y sin regodearse en el dibujo de los detalles, estos pintores se enfrentaron al fenómeno de la luz del atardecer que tiñe de dorado los objetos que ilumina y que arroja largas sombras sobre el suelo. Descubrieron entonces que una misma superficie de color se muestra ante los ojos con diferente tonalidad si está expuesta al sol o si permanece en la sombra. A la retina, dolorida por la luz cegadora, le impactan los colores como manchas que definen diferentes tipos de superficies, de manera que en el cuadro cada mancha debe responder a un elemento: una es un rostro, otra un sombrero, un vestido o un árbol. Pintar consiste en situar la mancha en su lugar para definir una figura.

Frente a la forma ideal del clasicismo, pintores como Giovanni Fattori, Silvestro Lega, Telemaco Signorini, Giuseppe Abbati o Giovanni Boldini se quedaron sorprendidos por los efectos cromáticos de la luz natural, cuyas cualidades mutables fijan un momento y un lugar concretos. Los macchiaioli abandonaron lo sublime para indagar en lo pintoresco que surge del análisis de las texturas y los colores, frente al dominio de las formas y los contenidos elevados. Surgió así un grupo de paisajes autónomos que reflejan una emocionada campiña toscana que parece haber sido tomada por sorpresa, en un instante determinado y único del atardecer. Algunas de las pinturas que se muestran en esta exposición son espléndidas y están a la altura estética y plástica de las de la coetánea Escuela de Barbizon, pero el carácter burgués que destilan los cuadros de interiores, cursis y provincianos, y los preciosistas retratos de estos pintores, a pesar del intento por evitar la pose grandilocuente, hacen que se deleiten en la minuciosidad del dibujo, prescindiendo de la mancha, hasta caer en el detalle de lo anecdótico, alejándose así de los logros conseguidos en los pequeños e instintivos paisajes tomados al aire libre.

Pero, merece la pena ver estos paisajes, que son primicia en España, aunque la exagerada puesta en escena de la exposición desvirtúa el espíritu ambientalista de los macchiaioli al arrojar sobre los cuadros una luz teatral que los recorta y separa no solo de la pared sino de sus propios marcos.