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Nicolás Muller. Obras maestras

Sala Canal de Isabel II. Madrid. Hasta el 23 de febrero de 2014
[Óscar Alonso Molina. ABC Cultural, 14 de diciembre de 2013]

La colección «Obras Maestras» de la editorial La Fábrica aglutina impecables publicaciones de algunos de los nombres más conocidos de nuestra fotografía, que se arropan con exposiciones monográficas de muy distinta fortuna: primero en lo que al interés o trascendencia de los escogidos se refiere; incluso a la oportunidad de su redundante presentación; pero, sobre todo, en cuanto a la resolución de la puesta en escena. Hasta la fecha han pasado por estas páginas Chema Madoz, Català-Roca, Isabel Muñoz, Ricard Terré y Alfonso, llegando ahora el momento de revisar la trayectoria de Nicolás Muller, fotógrafo nacido en Hungría en 1913 y que desde 1947 vivió en España, donde falleció coincidiendo con el cambio de siglo.

De arriba abajo
La exposición se ha concebido como un recorrido lineal que desde la última planta del antiguo depósito de aguas de la calle Santa Engracia invita al visitante a recorrerla mientras desciende hasta el nivel de la calle. Ahí el periplo se completa con un pequeño aparato documental bastante anecdótico (sus cámaras y objetos personales, fotos de familia, publicaciones…), así como el vídeo de una entrevista muy sintética, que no obstante arroja cierta luz sobre algunos detalles de su trayectoria no carentes de interés.
Resultan muy de agradecer lo resumido y la claridad en el montaje de las obras, así como la afortunada señalética, todo lo cual facilita el disfrute de tan
amplia selección sin cansar con interminables recorridos de ida y vuelta a las cartelas, o con la típica y fatigosa información técnica secundaria cuyo lugar más apropiado son las páginas del catálogo o una página web. Por lo demás, Chema Conesa, comisario de la muestra, ha acertado también al equilibrar el componente cronológico con el temático, agrupando los conjuntos internos de la muestra en torno a esas geografías donde residió Muller a lo largo de su vida: la Hungría natal; Francia, tras la ocupación de su país por los alemanes; Portugal, tras el avance nazi por toda Europa; Tánger, ese extraño oasis en medio del huracán de la guerra; y, finalmente, España, donde acabaría sus días.

En primera persona
De esta manera uno se despide del itinerario con la sensación de haber asistido a un relato biográfico (perspectiva sobre la que incide la entrevista final), que arrastra consigo cierta perspectiva implícita de lo que fuera la fotografía para el artista, incluso de cómo este se fue viendo influido y evolucionó en sus cambiantes contextos vitales.
En esta ocasión, como en otras de la serie « Obras maestras» (y de tantas y tantas revisiones de los clásicos de la foto), quizá el aspecto más discutible sea la decisión de trabajar (aun contando con la implicación –entusiasta, según nos confirman– del archivo del artista, actualmente en manos de su hija), lejos de los positivados originales, o al menos de los formatos propios a los usos de la época, y, por lo tanto, de la sensibilidad con que se vivió aquella fotografía en blanco y negro durante décadas, sobre todo por los propios autores. Se impone una vez más la lógica de ampliar un tanto espectacularmente los tamaños (lo cual sin duda hace más asequible este tipo de piezas al gran público, a cambio, claro está, de tergiversarlas en buena medida), y de unificar los papeles en función a unos formatos estándares (lo cual también debe facilitar mucho a los organizadores aspectos prácticos como el enmarcado, el transporte, el montaje…).

Por lo demás, ver reunidos los grandes momentos indiscutibles de su trabajo, junto a un buen número de inéditos, no deja de ser motivo de celebración. Este húngaro (como Brassaï, Capa, Kertész o MoholyNagy), escapó de su país natal dominando ya magistralmente un tipo de reportaje capaz de involucrar a la conciencia del espectador sin necesidad de ceder ni un ápice de terreno a lo evidente, lo panfletario, o todo el repertorio de recursos puestos al servicio tanto de la propaganda como del compromiso inmediato y más emocional.

Perder el pulso
Desde la distancia y la contención, Muller es un maestro de la implicación discreta, de cierta verdad que se destila en su imposibilidad para disimular lo que la realidad ofrece a veces de manera más directa, y que en los acercamientos al universo del trabajo y de la pobreza alcanza su momento más potente. Sólo en España, donde llegaría de la mano de Ortega y Gasset y su Revista de Occidente, para entrar en contacto «también» con la clase acomodada y los intelectuales, su pulso perderá con cierta frecuencia esa tensión inimitable.