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Sylvia Sleigh. La mirada inoportuna

CAAC. Sevilla. Hasta el 14 de enero de 2014
[Juan Bosco Díaz-Urmeneta. El País, 14 de diciembre de 2013]

LA FUERZA DEL ORNAMENTO

EL JOVEN OCUPA CASI TODA la altura del lienzo y el punto de vista elegido le hace crecer, erguirse, sobre el breve umbral que, abajo, abre el cuadro. Pese a ello, la imagen del muchacho no corresponde plenamente al estereotipo del varón. Quizá el gesto de las manos sea algo blando, tal vez ese mismo gesto, el rostro alargado y el gran peinado afro recuerden en exceso a Jane Morris, tal como la pintó Rossetti en su Astarté siria, o puede que la autora quisiera, si nos atenemos al título de la obra, Anunciación, convertirlo en mensajero de algún imposible. En cualquier caso, Sylvia Sleigh (1916, Llandudno, Reino Unido-2010, Nueva York) reclamaba de sus modelos varones actitudes apartadas de los clichés al uso. A Max Warsh lo retrata desnudo y sentado, y algo rígido, como si se sintiera incómodo en el acogedor sillón Eames Lounger. Puede llegar más lejos: además de evitar en ellos gestos viriles convencionales, retrata a sus modelos varones tendidos, como los tradicionales desnudos femeninos que, al decir de los amigos ortodoxos de Duchamp, yacen, no andan subiendo y bajando escaleras.
La oposición entre cuerpos masculinos (desnudos o no) y actitudes que no lo son tanto no es la única tensión que se advierte en Sleigh. Hay otras y todas prestan fertilidad a su trabajo. No debió ser fácil llegar a Nueva York en 1961 con una porción de lienzos figurativos. ¿Brotaría de la tensión entre su obra y la devoción, aún viva, hacia el expresionismo abstracto su conciso retrato de Betty Parsons? La galerista que, tras exponer a Pollock colgó en su local Vir Heroicus Sublimis, aparece en el cuadro en posición frontal, la mirada ligeramente baja y sobre un fondo rojo intenso que hace pensar en el cuadro de Newman.
La sobriedad del retrato de Betty Parsons no es frecuente en Sleigh. Suele situar sus figuras en una densa ornamentación. En Anunciación, el joven Rosano aparece recortado contra las apretadas flores de un jardín; más lejos llega en Felicity Rainnie reclining: el cuerpo desnudo de la joven artista está casi sumergido en un adorno floral que cubre lecho, pared y ventana. La fuerza del ornamento se advierte también en el exquisito Autorretrato recortado donde los rasgos interrumpidos de la artista se compensan con la plenitud que dan al lienzo los arabescos de su vestido.
Esta relación entre figura y ornamentación hace que los cuadros de Sleigh despierten a veces la memoria de Henri Rousseau. Pero hay algo en su obra que la aparta del Aduanero. Quizá, una nueva y fértil oposición: la que se da entre unas figuras que, estando cerca del icono (¿para evitar la ingenuidad del psicologismo?), poseen sin embargo sobradamente el don de la presencia, como evidencia un temprano retrato, Enid Irving at Hammersmith. El juego de contrarios resulta, como se ve, fecundo, sobre todo porque con él ahorma Sleigh un mundo verdaderamente propio.