Prensa

Artistas

Series

Ofertas

Catálogos

Precios

Comprar

Información

Prensa

El Desarreglo. El curioso caso del arte despeinado

Museo Artium. Vitoria. Hasta el 30 de agosto de 2015
[Fernando Castro Flórez. ABC Cultural, 22 de noviembre de 2014]

AL MUSEO ARTIUM NO LO ESTÁN PEINANDO

Ha llegado a obsesionarme una frase casi mítica o «visionaria» de Rimbaud que Daniel Castillejo utiliza en su texto sobre El curioso caso del arte despeinado, la muestra en la que presenta obras («estructuras inestables o incómodas», en sus propios términos) de la colección Artium: «Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme vidente: ni va usted a comprender nada, ni apenas si yo sabré expresarlo. Ello consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de los sentidos». El primero y más contundente de ellos ha consistido en desnudar la sala de exposiciones, desmantelando todo los paneles y dejando las marcas de esa peculiar demolición.

Detalle de dos de las salas de la muestra, con obras, entre otros, de Sánchez Castillo (arriba) y Moraza (abajo)
Tabla rasa en el museo
El espacio sin compartimentaciones favorece tanto la singularidad de cada una de las piezas cuanto el diálogo que entre ellas se establecen; si, por un lado, se produce una contaminación visual, también hay que reconocer que el juego de escalas es fecundo y hace que dejemos de lado la «ideología de la pureza» que encarna el cubo blanco. Esta repentina «tabla rasa museística» trata de reintroducir desorden en los ámbitos que suelen neutralizar cualquier potencialidad crítica. Las obras –muchas de ellas de gran formato– son –en palabras de Castillejo– «piedras en los zapatos que impiden estar tranquilos y relajados».
Destacan una serie de obras que aluden a la cuestión del límite o marco del arte, especialmente la gran instalación CVA ( Juan Luis Moraza y Marisa Fernández), o la imponente intervención que Perejaume hizo en el monte Orixol, que funciona como una renovada dialéctica de site y non-site post-smithsoniano. La instalación LM & SP, de Txomin Badiola, sedimenta la complejidad de su imaginario, mientras que los self-pensées de Jordi Colomer reaparecen como obras verdaderamente referenciales en la trayectoria de un artista excepcional.
La pieza de Concha Jerez , la instalación «anudada» de Eva Lootz y la escultura de la malograda Ángeles Marco marcan momentos de enorme intensidad, en diálogo con los vídeos de Cristina Lucas o la humorística puesta en escena del poder femenino de Ángeles Agrela.
A la perfección
La intención curatorial de «mirar de manera diferente todo lo que nos afecta» se cumple a la perfección en esta «lectura» de las obras del Artium, justo cuando hace no mucho veíamos en un comisariado realizado por Juan Luis Moraza cómo esos mismos espacios panelados estaban saturados en forma de «tesoro desbordado». Ahora, las obras de Brossa, Esther Partegás, Alberto Peral, Cristina Iglesias o Ángela de la Cruz nos proponen una «vivencia de la videncia » , invitan a tomarse tiempo y a dejarse guiar por lo que María Zambrano calificó como «razón poética».
Castillejo defiende un proceso artístico que «abra grietas» en el museo para que, como cantara Leonard Cohen, «entre la luz». Tenemos que buscar espacios, sea en la clave del Geviert de Manuel Saiz o en la dinámica rockera de Pepo Salazar (artista que estará en Venecia), comprendiendo que ya no tenemos monumentos, tal vez solamente ruinas, como sugiere F. Sánchez Castillo, documentos más indicadores de barbarie que de cultura.

En este camino incómodo hay que aprender a disfrutar del extravío, adentrándonos, por ejemplo, en el bosque de José María Guijarro. La cantante calva puede seguir peinándose (valga el absurdo) de la misma forma, pero si quiere sentir el inquietante placer del desarreglo, tendrá que adentrarse en esta exposición memorable.