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Luciano Fabro. Retrospectiva

Palacio de Velazquez. Madrid. Hasta el 12 de abril de 2015
[Francisco Carpio. ABC Cultural, 6 de diciembre de 2014]

LUCIANO FABRO NO TAN «POVERA»

Decía Cortázar que las casualidades no existen. Sea como fuere, coinciden ahora en el tiempo expositivo madrileño dos muestras que pertenecen a los dos movimientos más referenciales y «autóctonos» que Italia ha dado al arte del siglo XX. De uno, el Futurismo, ya hemos dado buena cuenta. El otro, el Arte Povera, nos ofrece igualmente un buen ejemplo a través de la obra de Luciano Fabro (Turín, 1936-Milán, 2007).
Sin embargo, curiosamente –o no tanto–, el propio Fabro nunca se consideró adscrito plenamente a este movimiento (de hecho, para él ni siquiera lo fue como tal). No obstante, y de acuerdo a sus palabras –recogidas en el excelente texto escrito por Margit Rowell para esta exposición– sí que aceptó la existencia de ciertos rasgos iden- titarios afines: «El nombre hizo fortuna porque una de las cualidades comunes a todas estas obras es que eran povera en sentido metafísico: extremadamente simples, sin adornos, desnudas, aun cuando estuvieran bien hechas o las imágenes fueran bellas o tuvieran cierta elegancia. El único significado que tiene sentido es el de la desnudez, el despojamiento».
Pasado y presente
De hecho, una de las características propias de la obra de Fabro, y que lo diferencia de otros artistas incluidos en este movimiento, es la utilización de materiales que se alejan de esa idea de austeridad casi franciscana a la que hace referencia. No tan
povera, pues. Y junto a ello, además, otro rasgo que le da a su mirada creadora una cuota diferencial con respecto a otros artistas italianos (no ya sólo del arte Povera, sino asimismo presente en todos los futuristas) es su capacidad de sintetizar y armonizar la herencia del pasado artístico de su país –sin duda, cuantiosa, riquísima y, muchas veces, tan omnipresente que puede terminar siendo más una carga que un patrimonio de tradición– con las nuevas posibilidades expresivas de su propio presente. Una inteligente visión del pretérito para una no menos pertinente mirada al tiempo actual.
La exposición, la primera de carácter antológico que tiene lugar después de la desaparición del artista, presenta cerca de 60 obras realizadas en materiales muy diversos, entre otros, mármol, seda, espejos, cristal de Murano, bronce, latón, pasta o acetato, que suponen un variado y completo fresco de su producción artística a lo largo de más de cuarenta años de trabajo. Aunque aquí queda clara constancia de que Fabro experimentará con distintos lenguajes y mecanismos expresivos, la escultura, o mejor dicho, un personal acercamiento a las posibilidades plásticas y conceptuales de un medio tan cuestionado, cercado, ignorado o infravalorado como el escultórico, a lo largo de todo el siglo XX, constituye el corazón (y el cerebro) de esta muestra.
El montaje expositivo, siempre difícil en un espacio como el del Palacio de Velázquez, y que en esta ocasión peca en cierto modo de demasiado denso y abigarrado, ha querido que – ¿ una vez más casualidades cortazarianas?– se encuentren, en salas confrontadas, dos de sus series más emblemáticas y personales.
Por un lado, en un rincón del cuadrilátero del arte, sus Italias. Esa presencia de la identidad de su país, de su herencia italiana, o más bien aún «mediterránea», queda claramente reflejada en esta serie, iniciada a finales de los sesenta. A través de una forma que le era tan familiar como la silueta de la península itálica, ese característico contorno de «bota», efectúa toda una amplia gama de variaciones sobre el mismo tema, empleando una gran diversidad de materiales (hierro, piel, cobre, cristal, bronce, madera…), así como de registros expresivos, dotando de nuevas lecturas y miradas metonímicas a un elemento ya de por sí reconocible y cargado de referencias.
En un pedestal
En la otra esquina, frente a frente, sus Piedi, iniciados también en 1968, una personal interpretación del diálogo entre objeto y arquitectura, entre pedestal y pieza escultórica. En realidad se trata de unos pies de enorme tamaño, construidos con mármol, metal o cristal, que sostienen a modo de pilares unas perneras hechas de seda, y que nos remiten de una manera entre crítica e irónica al concepto clásico de columna. De nuevo, tradición versus vanguardia…
Junto a estas emblemáticas series, tenemos igualmente la oportunidad de contemplar otros trabajos no menos singulares y sugerentes: los Attaccapanni

(di Napoli), Habitats o Lo Spirato (sin duda, una hermosa pieza); Computers, Prometeo o Nadezna (una de mis favoritas), dedicada a Nadiezhda, y a su marido, el poeta ruso Osip Mandelstam. Hermoso, potente y a la vez frágil canto a la necesidad de la cultura como sustento de la humanidad. Un tema eterno e innegociable…