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Ingres

Museo del Prado. Madrid. Hasta el 27 de marzo de 2016
[Rut de las Heras Bretín. El País, 21 de noviembre de 2015]

INGRES DE TODOS LOS TIEMPOS

MUCHOS TRANSEÚNTES TENDRÁN la seguridad de haber visto ese rostro antes, aunque desconozcan el nombre de su autor. Las creaciones de Ingres forman parte del imaginario colectivo. La cabeza girada de La gran Odalisca, buscando la mirada de quien la observa, será uno de los reclamos publicitarios de la retrospectiva que realiza el Museo del Prado sobre Jean-Auguste-Dominique Ingres (Montauban, 1780-París, 1867), que se abrirá al público el próximo martes. Ya lo dice Florence Viguier-Dutheil, directora del Museo Ingres de Montauban: “Ingres es inactual”. Gracias a esa atemporalidad, a mimetizarse y camuflarse en cada época, el pintor ha viajado del siglo XIX al XXI dejando su impronta en distintas obras y autores. Su próxima parada es la pinacoteca madrileña, donde se instalará hasta el 27 de marzo.

La gran Odalisca —como señalan las Guerrilla Girls— entró desnuda al Prado, no podía ser de otra manera. Esta, una de las obras más reconocibles y versionadas del pintor francés, espera desde el 11 de noviembre colgada de una de las paredes grises de las salas de exposiciones temporales. Es una de las contadísimas ocasiones en las que ha salido del Museo del Louvre y la primera que viene a España. Tristes días para que una parisiense de pro no esté acompañando a sus vecinos. Es una imagen emblemática, no solo de su autor, también de toda la historia de la pintura. Ingres representa su ideal de mujer desnuda, sin argumentos mitológicos o literarios que lo justifiquen, por placer, sin orden en los elementos que lo conforman y con una dimensión erótica remarcada por la sinuosidad de la curva de su larguísima espalda. Las acusaciones de falta de precisión anatómica fueron tales que se llegó a decir que tenía tres vértebras de más. Este óleo ha dado mucho juego a lo largo de su historia, desde una caricatura que realizó su coetáneo Delacroix a la imagen del grupo de artistas feministas Guerrilla Girls. Organización, nacida en la década de los ochenta, que denuncia la escasísima representación de creadoras en los museos y el gran agravio que hay si se compara con el de mujeres representadas.

¿Sería Picasso quien es sin beber de la fuente de Ingres? El malagueño toma el desorden de sus desnudos como uno de los elementos con los que conforma el cubismo. La generación siguiente a la del neoclásico francés no se entiende sin su presencia. Es difícil imaginar las escenas de toilette de Degas sin los harenes de Ingres.

Según Andrew Carrington Shelton, autor de numerosa bibliografía sobre Ingres y profesor de Historia del Arte de la Universidad de Ohio, el pintor neoclásico “resultó ser una mina para las travesuras pictóricas de los surrealistas y dadaístas”. Así, una de las reinterpretaciones con más trascendencia es la fotografía de Man Ray, El violín de Ingres, tomando como modelo La bañista de Valpinçon y uniéndola a la faceta musical del pintor. Era violinista, su violín se conserva en el museo de Montauban. En 1990, otro fotógrafo norteamericano, Joël Peter Witkin, volvió a esta bañista. Al contrario que la imagen de Man Ray, esta es cruel ya que las eses del instrumento son dos heridas SALVO EN LO QUE se refiere a la escasa cofradía de colegas contemporáneos con talento, hay artistas a los que la fortuna siempre les resulta adversa, incluso cuando son aclamados. Un caso simpar al respecto fue J. A. D. Ingres (1780-1867), reconocido por su maestro David, por el británico Flaxman, por Degas, Gauguin, Toulouse-Lautrec, Matisse, Modigliani y, sobre todo, por Picasso. Y, sin embargo, hasta hace bien poco, refractario ante el juicio de la mayoría de críticos e historiadores del arte. Esto ya, de entrada, convirtió en un escollo su proyección literaria, incluso en un momento en que los artistas se convirtieron en una figura legendaria, transformados en héroes de ficción. También es cierto que la morigerada vida de este longevo artista, que se casó dos veces por el procedimiento nupcial de conveniencia, y de biografía irreprochable, sin más escándalos que los que produjo hasta cierto momento su obra, careció del mordiente romancesco para de las alas y la libertad arrancadas de la Mujer que fue pájaro.

La fotografía fue la primera de las nuevas artes que tuvo en cuenta la figura de Ingres —el montabanés también a ella, en su archivo conserva centenares— pero no la única. Algunos de los maestros del cine y la música del siglo pasado no pueden construir imágenes sin hacerle homenajes. Así, Jean-Luc Godard no solo hace correr a los protagonistas de Banda aparte (1964) por el Louvre, escena que homenajeará Bernardo Bertolucci en Soñadores (2003), sino que las bañistas vuelven a ser imagen recurrente, esta vez como cartel de su película Pasión (1982).
La música tampoco le ha dejado escapar. Michael Jackson utiliza en la carátula de su álbum Dangerous (1991) otra de las imágenes que encumbró al pintor francés, el retrato de Napoleón I en su trono imperial. Del Rey del pop a una de las reinas de los escenarios del siglo XXI, Lady Gaga, que en 2013 entró en el Museo del Louvre de la mano del polifacético artista Robert Wilson que creó un vídeo en activar la desenfrenada imaginación de los novelistas y dramaturgos de su época y de la nuestra, cautivados por las existencias rebeldes y perdularias, para los que una vida trágica, preñada de lances escandalosos, era mucho más importante que la singularidad revolucionaria de una obra.

A partir de estas premisas, y sin siquiera batir ningún pico en el mercado, se comprende que sea difícil hallar una proyección literaria explícita a partir de Ingres. Los más avezados escritores franceses, competentes en la materia, como Baudelaire y Gautier, sí se percataron de su genio bizarro, por utilizar la expresión que le dedicó el autor de Las flores del mal, pero todo ello formulado con cierta reluctancia, con reservas antipáticas. Así y con todo, la novela de mayor proyección mítica que se ha escrito sobre un artista de ficción, La obra maestra desconocida, de Balzac, donde un pintor llamado Frenhofer, activo durante el primer tercio del siglo XVII, enloquece en pos de la quimera de lo magistral, siempre me pareció que implícitamente cuadraba con Ingres mejor que con cualquiera de los más estruendosos de sus contemporáneos románticos. Porque Ingres, relacionado inicialmente con los radicales ultraclásicos del romanticismo de la línea, quizá fue el único en llevar intransigentemente hasta el final unos postulados, sin los cuales no habría podido tener el que ella estaba representada como si de Mademoiselle Rivière se tratara, imagen harto repetida desde 1806, cuando Ingres retrató a Caroline Rivière. Ese vestido de corte imperio, la estola de piel y los guantes marrones han sido también usados en obras de Marcel Broodthaers y del artista colombiano Fernando Botero, entre otros muchos.

El retrato es otro de los géneros en los que destacó Ingres. El pintor no solo fomenta la entrada de mujeres desnudas en los museos. El cuidado y el detalle con el que representa los tejidos, las texturas, los detalles de los adornos, es también marca de la casa. La mujer bella de esta época es la que tiene la voluntad de serlo, la que se arregla conscientemente para lograrlo. Con esta idea trabaja Cindy Sherman cuando se inmortaliza a la manera ingresca en 1989.

La lista de artistas que se han visto influidos o que han homenajeado al pintor montabanés es innumerable: Saura, Bacon, Hockney, siempre Picasso, que repite durante toda su carrera sus motivos. Ingres ha traído a las artes de este siglo su pintura del siglo XIX y no solo dentro de los museos el artista urbano Space Invader reprodujo La fuente en la calle del pueblo natal del pintor donde se encuentra su museo. • lugar el cubismo, la clave de la bóveda de todas las vanguardias hasta la actualidad. Por lo demás, como el Frenhofer de Balzac, Ingres buscaba la cifra del universo a través del desnudo femenino, dio la espalda al mundo sin manifestarlo, cual un filósofo o un monje del arte, y acabó convirtiendo la erótica belleza de la mujer en un amasijo abstracto de líneas con el único resto figurativo discernible de un pie perfecto, quizá porque le faltó tiempo para emborronarlo. La única diferencia entre ambos consistió en que Ingres, a diferencia de Frenhofer, no se suicidó al ser consciente de lo que destructivamente había hecho, pero, renunciando a este patético final, prefirió envejecer y, de esta manera, ser también, por el exceso de la insistencia, un dandi.

De todas formas, algo de impenetrablemente misteriosos había en Ingres como para que sus críticos contemporáneos más sagaces lo calificaran de “chino”, como Théodore Silvestre, que, al contemplar su Edipo y la Esfinge, lo describió como la obra de “un chino extraviado por las ruinas de Atenas”, y, sobre todo, Baudelaire, que afirmó que “su pintura es plana como un mosaico chino”. Exacto: la obra de un pintor que no cejó de embutir en la planitud bidimensional de un cuadro la falsa ilusión perspectiva de las tres dimensiones: la bizarrería de ese loco que alumbró el arte moderno casi sin darse cuenta