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Joana Vasconcelos. Strangers in the Night

Museo Tyssen-Bornemisza. Madrid. Hasta el 24 de enero de 2016
[Ruth de las Heras Bretín. El País, 5 de diciembre de 2015]

«ES NECESARIO QUE LA DENUNCIA SEA BELLA»

Rut de las Heras Bretín ¿QUÉ ESCUCHARÍA LA MUJER en el baño de Lichtenstein? Si no fuera porque la obra es de 1963 y Strangers in the Night de 1966, sería una estupenda banda sonora para esta escena. También podría sonar dentro del neoyorquino restaurante Nedick’s retratado por Estes. Esta canción, en la voz de Frank Sinatra, va a convivir con la obra de estos pintores hasta el 24 de enero en el Museo Thyssen de Madrid. Ha llegado de la mano de una instalación de la artista portuguesa —nacida en París en 1971— Joana Vasconcelos.
Lo primero que hizo Vasconcelos al entrar en la sala del museo donde está su obra fue revisar cada detalle y pedir que subieran el volumen de la melodía, ya que la instalación sin ella pierde su esencia. La canción da título y un toque poético a una obra que habla de prostitución, de la situación de muchas mujeres cuyo único “refugio” es el coche. A eso alude el vehículo creado por Vasconcelos con multitud de faros, símbolo de las luces nocturnas que acompañan a las prostitutas en sus jornadas. Esta es solo una de tantas obras que la artista dedica a la mujer, a denunciar situaciones de desigualdad.
PREGUNTA. Su obra es crítica, pero también es estética. ¿Belleza y arte han de ir indiscutiblemente unidos?
RESPUESTA. Sí. Aunque mis obras tengan un trasfondo de denuncia, para mí es necesario que sean bellas, darles una mirada positiva. Uso colores muy vivos, los que me da la luz de Lisboa. Son los que conozco, los de mi país.
P. Una portuguesa nacida en París, ¿cómo vive los atentados contra la cultura, ya sea en una sala de conciertos parisiense o en Palmira (Siria)?
R. Van contra la cultura porque es atacar la identidad de los países. Hay que comunicar, educar, tiene que ser un hábito. Si no es así, no sirve de nada matarlos a todos. En mi taller trabajo con brasileños, indios, ingleses… Es importante que sea reflejo de muchas nacionalidades. Sólo el multiculturalismo puede salvar esta situación, y el arte sirve para esto, ya que es comunicación e inclusión.
P. Antes de llegar a ese momento hay un proceso creativo. ¿Cómo es esa parte del trabajo?
R. Si yo lo supiera… Es personal e íntimo. No se puede controlar: te pasa o no te pasa. Es importante mantener la mente abierta, flexible, ejercitar el músculo de la creación, pero explicar cómo funciona es difícil.
P. ¿Cómo conjuga esa parte interna y la de darse a conocer?
R. Es el día a día, ambas tienen que existir, intento integrarlas. La mayor parte del tiempo estoy en el taller. Llego sobre las 9.30, reviso mi agenda y veo con quién me toca trabajar, con costura, con los arquitectos, con el equipo financiero… Son más de cincuenta personas en distintos grupos. Doy mucha importancia a la parte comunicativa, además me gusta hacerlo; a otros artistas, no. Yo he aprendido y tengo facilidad, es diferente a cuando empecé.
P. ¿Cómo era esa Joana Vasconcelos de hace 10 años que se mostraba en la Bienal de Venecia por primera vez?
R. Era muy, muy distinta. Acabo de terminar mi quinta Bienal y en aquella de 2005, a la que me llevó Rosa Martínez [comisaria], no sabía nada. La idea que tenía del mundo del arte y de lo que significa ser artista estaba desconectada de la realidad. Venía de Portugal, donde no existía nada de esto, y de repente… ¡guau! Descubrí que ¿QUÉ SERÍA DE LA pintura holandesa sin la elocuente mirada que sobre ella nos dejaron impresa los poetas? Pienso ahora, entre otros muchos, en quienes plasmaron sus impresiones en ensayos reveladores, como el del pintor-escritor Eugène Fromentin (1820-1876), que publica el mismo año de su muerte Maestros de antaño, en el que, por primera vez, de manera sistemática y polémica, se analiza estéticamente el peculiar valor de la pintura holandesa del XVII, o el que sacó a la luz pública, 80 años después, en 1946, Paul Claudel (1868-1955) con el sugerente título El ojo oye (Vaso Roto), según la reciente versión castellana ahora disponible, o, en fin, los que escribieron el polaco Zbigniew Herbert (19241998), Naturaleza muerta con brida, o el español Ramón Andrés, El luthier de Delft, estos dos últimos también publicados en nuestro país en fechas todavía próximas. Concebidos desde muy diferentes puntos de vista, todos ellos tienen en común supeditar la erudición al ensanchamiento de nuestra visión sobre ese extraño fenómeno existían los comisarios, me descubrieron a mí. Fue una experiencia muy fuerte, entre la ilusión y la tensión de darme cuenta de que no estaba preparada. No tenía galería ¡ni tarjetas! Desde entonces he trabajado para que se me conozca y entienda como artista contemporánea. Ahora no soy una extraña, eso lo he ganado, sigue siendo un mundo muy duro, pero ya sé jugar. P. ¿Y cómo se juega? R. Cada uno tiene su manera, pero la regla básica es producir buenas obras y que estas te lleven donde toque.
P. En la última Bienal, su obra estaba en artístico que supuso la pintura holandesa del XVII ante nuestros atónitos ojos contemporáneos.
Pero ahora mismo hay que celebrar la recuperación de El ojo oye, de Claudel, con esa su sintaxis barroca que engarza un rosario de agudas y poéticas cuentas fulgurantes al hilo de una alada contemplación de los maestros holandeses. El mismo título, al margen de expresar la complicidad sinestésica entre dos sentidos que mutuamente se alertan, nos exige prestar atención sobre unos cuadros que se apoderan de nosotros con el susurrante clamor de una llamada, que luego anima y guía la perspicacia de nuestros ojos analíticos. Sí; posiblemente, el oído precede a la mirada al crear expectativas invisibles, como un soplo o un aliento aún inescrutados, pero, sobre todo, crea el silencio, que es mágico, porque las aumenta. A esa creación Claudel la llama “magia bátava”, para describirla a continuación de la siguiente manera: “Creo, en efecto, que entenderíamos mejor el pabellón de Swatch. ¿Cómo se llevan arte y dinero?
R. No hay arte sin dinero, es una conexión que ha existido siempre, se estropea si prevalece el dinero sobre el arte. Si no hay financiación pública, no hay nada malo en que empresas privadas ayuden en la producción artística. El problema vendría si intentan controlar el proceso de creación, ahí la única voz es la del artista, es el que tiene algo que decir, que mostrar. En mi caso, lo importante son las piezas, si tengo que hacer entrevistas, fotos…, lo hago. Pero si la obra no está como yo quiero, me voy, no lo acepto.
P. ¿Hay apoyo a la cultura en Portugal? ¿Se le da visibilidad?
R. La situación es mala. Con António Costa vamos a tener Ministerio de Cultura, y eso supone un presupuesto; con el Gobierno anterior no teníamos. En Portugal, como en España o en Italia, es muy difícil salir de la dimensión nacional. En Francia o Reino Unido la estructura es más sólida, resisten mejor las crisis. Nosotros no tenemos ayudas nacionales.
P. Aun así, no se detiene. ¿En qué está trabajando?
R. Tengo un proyecto para la Villa Borghese (Roma), estoy construyendo una instalación en torno a Dafne. Es un placer y un sueño trabajar con Bernini, pero no puedo revelar más. Además, tengo exposiciones en el Museo Pushkin de Moscú, en Fráncfort, en Sídney… Y la idea de hacer crecer El Jardín del Edén (la instalación de la última Bienal de Venecia). Tengo una propuesta para llevarlo al Santo Espíritu (Roma), aunque todavía no está cerrada. Ahora solo tiene 500 metros cuadrados y allí llegaría a los 900; es una obra adaptable, mutable, que está viva. • los paisajes holandeses, esos temas de contemplación, esas fuentes de silencio, que deben su origen menos a la curiosidad que al recogimiento, si aprendiésemos a prestarles oído al mismo tiempo que por los ojos alimentamos nuestra inteligencia con ellos”.

Ya antes que Claudel, Fromentin nos había advertido cómo estos maestros holandeses nos habían revelado el tesoro de lo íntimo, ese formidable universo escondido entre lo que pasa cuando no pasa nada, pero aquel nos requirió para captar su “melodía transversal”, amasada más por susurros que por gritos, fondeando siempre en lo “sobrentendido”, aquello que, sin decirlo, sostiene el mundo. Pero hay más, como cuando Claudel, una vez ya, y, por fin, avistado Vermeer de Delft, acierta al comprender su sentido cristalino y nos lo dice: “Lo que me fascina es esa mirada pura, desnuda, esterilizada, aclarada de toda materia, de un candor en cierto modo matemático o angélico, o digamos, sencillamente, fotográfico, pero ¡qué fotografía! en la que este pintor, recluido en el interior de su lente, capta el mundo exterior”. Es esta la pureza del ideal nunca por completo alcanzado, porque de suyo es inalcanzable, aunque visto con la lente del azogue brille más y le lleve a conjeturar al católico Claudel que ahí mismo está el cielo, y al resto de los incrédulos mortales, ese anhelo de perfección refractaria que llamamos arte, de estruendoso clamor auditivo apenas entrevisto.