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Carmen Calvo. Todo procede de la sinrazón

Sala Alcalá 31. Madrid. Hasta el 29 de enero de 2017
[Fernando Castro Flórez. ABC Cultural, 3 de diciembre de 2016]

EL DESEO SEDIMENTADO EN LOS OBJETOS

Nuestro imaginario es como un wunderblock, esa pizarra maravillosa en la que todas las huellas permanecen con la temperatura de la piel de cada experiencia. Esa superficie facilita las huellas, permite, como en las piezas de Carmen Calvo, que se haga visible lo propio y lo ajeno, lo armónico y lo que produce inquietud. Se puede advertir que Calvo plantea una comprensión de la pintura como escritura. Entre 1980 y 1985 desarrolló de forma sistemática la serie «Escrituras», en la que es evidente un diálogo con la vanguardia constructiva y, especialmente, con Mondrian, aunque también aparezca un cromatismo cercano al Miró de las Constelaciones. El texto es mancha ilegible, materialidad pura en la que aparece el signo de la obsesión, el placer de acumular cosas semejantes y dife«Paris Paysage» (1986) rentes. Calvo apunta una de sus constantes al escribir desde la estrategia de la repetición y que conduce a la divergencia y al descentramiento, esto es, a un desfondarse de las certezas.
La artista ha señalado que le interesa tanto la recuperación del objeto cuanto su repetición, es decir, la puesta en acto de los procesos de descubrimiento, reconstrucción y recopilación, que de suyo forman parte de los métodos de la arqueología. La indagación de la memoria propia se produce en el caso de Calvo con una combinación admirable de sutileza y exactitud. Hay una extraña noción de orden en la que lo azaroso y la necesidad marchan en sintonía, haciendo de los recuerdos una presencia hermética. Un objeto no es algo simple: tiene que ver tanto con la presencia cuanto con la pérdida. Sólo podemos poseer lo que ha estado separado de nosotros, esto es, existimos paradójicamente en función de un corte. La estrategia del collage de la valenciana se relaciona, indudablemente, no tanto con una cuestión estilística, sino con una urgencia por asumir la fragmentariedad de lo real sin dejarse llevar por la melancolía. Calvo sujeta en el «espa-
cio de la pintura» realidades erosionadas por el tiempo; establece permutaciones; manifiesta una sensualidad drástica. Sus composiciones objetuales poseen al que mira, son señuelos que proporcionan placer y, al tiempo, funcionan como postizo que maquilla las fobias.
La posición intermedia del objeto (de acuerdo con la función del velo), en la estética de Carmen Calvo, implica un desplazamiento más allá de la represión y la articulación de una suerte de tono confesional a partir de presencias extrañas que incluyen la sombra y, por supuesto, la dimensión de lo onírico. Lejos de un racionalismo sublimador, rescata lo poético a partir de elementos humildes. Calvo revela una incuestionable maestría en el ensamblaje objetual sin caer en el manierismo postsurrealista o en la anestesia enfermiza del ready-made. Su trabajo continuo, semejante al de Sísifo, es el de recobrar una potencia visual que narre la experiencia vital sin acabar en retóricas.
En primera persona

Encuentro en su labor una profunda pasión por hablar en primera persona, sin ñoñerías, introduciendo junto a lo personal la materialidad del espejo, eso que multiplica nuestra identidad pero que permite que también aparezca lo inesperado, la alteridad que nos habita. Su arqueología de la memoria subjetiva y de lo cotidiano lleva, una y otra vez, hacia el deseo erótico y a la conciencia de la finitud. Más allá del reflejo fascinante (aquel estadio del espejo que es crucial en la instalación que Calvo realizó en el Pabellón de España en la Bienal de Venecia de 1997, y que ahora se vuelve a montar en la imponente exposición de Alcalá 31), lo que atrapa la mirada son los objetos transicionales: «La hilacha de pañal, el trozo de cacharro amado –en palabras de Lacan– que no se separan del labio ni de la mano». No cabe duda de que el desasimiento y la castración intervienen en la emergencia del sujeto. Calvo acecha, infatigable, los pequeños detalles, recupera los objetos erosionados; es capaz de adentrarse en las sombras de la memoria, sabedora de que el síntoma puede ser un nudo, algo a lo que estamos sujetos sin saberlo. Pero, antes de que todo se borre, es posible proponer otro sentido, atreviéndonos a dibujar lo que nos pasa. Si un muro tapizado de cuchillos nos da la «bienvenida» en esta exposición de corte retrospectivo, un enorme globo terráqueo con una peluca revela que esta creadora es capaz de introducir el extrañamiento humorístico incluso allí donde domina el sentimiento de lo siniestro. En última instancia, estas «naturalezas muertas» no transmiten otra cosa que la fabulosa potencia de la vida.