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Bacon, Freud y la Escuela de Londres

Museo Picasso. Málaga. Hasta el 17 de septiembre de 2017
[Rocío de la Villa. El Cultural, 28 de abril de 2017]

PINTURA CON MAYÚSCULAS

Es la primera vez que se muestra en nuestro país una visión articulada de los pintores de la Escuela de Londres. La denominación nunca ha sido muy precisa. Aunque utilizada desde los años ochenta para referirse a pintores figurativos, ingleses o que, procedentes de otros países, recalan en Londres después de la Segunda Guerra Mundial, generalmente ha servido para etiquetar a los relativamente bien conocidos aquí Francis Bacon (Dublín, 1909- Madrid, 1992), Lucian Freud (Berlín, 1922- Londres, 2011), Frank Auerbach (Berlín, 1931), Ronald B. Kitaj (Cleveland, 1932- Los Ángeles, 2007) y Leon Kossoff (Londres, 1926), pese a sus diferencias generacionales y estilísticas. Con el fin de recrear una cierta genealogía y subrayar temas y motivaciones compartidas, a estos se añaden otros cuatro pintores británicos: Michael Andrews (1928-1995), David Bomberg (1890-1957), William Coldstream (1908- 1987), Euan Uglow (1932- 2000); y, de manera novedosa, la portuguesa Paula Rego (1935).

El relato que propone Elena Crippa, conservadora del departamento de arte moderno británico en la Tate Britain y comisaria de la exposición, contiene la lenta reconstrucción de Londres tras la guerra durante las décadas de los años cincuenta y sesenta al hilo de la camaradería de este grupo de pintores que solían encontrarse en locales del Soho londinense y también en las aulas. Por ejemplo, Lucien Freud coincidió como docente durante una época en la Slade School of Fine Arts con William Coldstream, quien estaba decidido a prestigiar la pintura británica y fue profesor de Michel Andrews y Euan Uglow. Es interesante comprobar de qué maneras tan opuestas interpretarían cada cual la importancia del proceso de medición y registro de las distancias entre elementos del campo de visión.

Por otra parte, Auerbach y Kossoff, compañeros de clase en la Saint Martin’s School of Art, frecuentaron también las clases vespertinas de David Bomberg en el Borough Polytechnic Institute, donde el pintor subrayaba la importancia de la cualidad táctil de la pintura. Este tipo de planteamientos resultan imprescindibles para comprender y apreciar una pintura que, si bien es figurativa, aborda la representación desde una fornida reflexión sobre los elementos pictóricos, conjugando en posibilidades diversas la estructura espacial y el componente matérico. De manera que ante estas imágenes vemos lo que se representa y la pintura con la que se representa y que posee sus propios rasgos expresivos.

Baste considerar el contraste entre la superficie plana de los fondos y las acumulaciones de pigmento en los gestos de los rostros representados por Bacon; o bien, en el espesor de algunas pinturas de Auerbach, como uno de sus desnudos, que ha llegado al desembalaje en el Museo Picasso de Málaga con pintura aún tierna después de décadas de haber sido terminada. El mismo Auerbach, durante una época, raspaba cada día en el estudio la superficie del cuadro trabajado en la sesión anterior, de manera que las pinceladas eran más fluidas. En opinión de Freud: “La maestría de estas composiciones es tal que a pesar de su equilibrio a menudo precario, como un camarero que intentara colarse llevando un enorme montón de platos, la estructura nunca vacila. Es el espectador quien tiene que agarrarse bien”. Dicho en otras palabras, como afirma Elena Crippa, en estas pinturas de la Escuela de Londres “lo que estamos mirando nunca es estático, nunca es lo mismo”. Pero, sin embargo, “la imagen final se capta como un todo visual”.

A estas complejas reflexiones en las aulas y en los laboriosos procesos en el taller, habría que sumar la erudición de estos pintores, que estudian en los museos londinenses a los maestros, desde Velázquez a Picasso, incluyendo la propia tradición británica costumbrista y caricaturesca; y beben también de fuentes literarias, como es tan notorio en Paula Rego, con sus truculentas escenas de trasfondo psicoanalítico.

Todos se centran en la figura humana. Auerbach, Bomberg, Freud, Coldstream, Kossoff y Uglow empleaban semanas, meses e incluso años de posado. Otros, como Andrews, Kitaj, Rego y sobre todo, como es sabido, Bacon solían utilizar imágenes reproducidas en revistas y periódicos, o bien encargaban fotografías inspiradas en composiciones tomadas de la historia de la pintura. Es una auténtica lección para la mirada comprobar sala tras sala las diversas opciones de representación del cuerpo: estático en Uglow, lúdico en Freud o violento en Bacon. También la variedad expresionista de sus retratos, como el pequeño cuadrito en el que Freud representa a su anciana madre, es muy notable. Ninguno sintió la necesidad de salir de su cotidianidad. Pintan amantes, familiares y amigos, y los paisajes y entornos urbanos próximos a sus estudios.

En conjunto, es una exposición rotunda. Hay descubrimientos importantes, como las muy originales composiciones de Andrews. Y experiencias inefables, también gracias al montaje de las salas. Con un total de noventa obras, entre pinturas y dibujos, desde el pequeño formato a los monumentales trípticos, todas procedentes de la colección de la Tate, nos preguntamos si en nuestro país podríamos organizar una exposición de algún grupo o tendencia propios con piezas de tan alta calidad, desgranando periodos y también “extravíos”, pertenecientes a un solo museo.