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David Bestué. Rosi Amor

Museo Reina Sofía. Madrid. Hasta el 26 de febrero de 2018
[Manuel Muñiz. ABC Cultural, 9 de septiembre de 2017]

“ME HA SALIDO UNA MUESTRA MUY CASTELLANA”

Una nueva edición del programa Fisuras permite a David Bestué (Barcelona, 1980) hacer suyos los rincones del Museo Reina Sofía hasta comienzos de 2018 con Rosi Amor, un proyecto en el que sus piezas de materiales tan inusuales como la carne, el polvo de ruinas y las cenizas sirven como metáforas poéticas de distintos rincones de España.

Para este proyecto se ha basado en tres lugares de Madrid: Las Tablas, Vallecas y El Escorial. ¿Qué conceptos ha querido sacar de cada uno?
Vallecas sería lo matérico, lo popular. Es donde están Mercamadrid y Valdemingómez (donde va toda la basura de Madrid). Es como el estómago, donde se come y donde se eliminan los residuos. También es ya casi Castilla-La Mancha, es el trigo, es el yeso. Y también están la Escuela de Vallecas y Alberto, que son referentes para mí como escultor. Las Tablas es la nueva ciudad, las nuevas instituciones de poder. Sería el cerebro, el centro del poder. Y si en el caso de Vallecas me he servido de lo matérico, en la sala inspirada en Las Tablas uso técnicas de control láser e informáticas relacionadas con el modo en que se proyectan sus edificios. Y el tercer espacio –que está en el sótano– sería lo que está debajo, el subtexto, la historia, el tiempo, el pasado: El Escorial.

Se ha ocupado mucho de la arquitectura, en sus proyectos y en sus libros. ¿Cómo se conectan ambas facetas?
Mi trabajo ensayístico es paralelo al artístico, una especie de cantera. Mis dos últimos libros ( Formalismo puro e Historia de la fuerza) tienen en común con esta exposición que son visiones del país. La arquitectura o la ingeniería te pueden servir para hablar de la evolución histórica del mismo: formal, estructural, tecnológica…

Ha empleado materiales muy singulares para este proyecto.
Me interesa la relación entre la escultura y el lenguaje. Lo que intento hacer con mis piezas es trabajar con una serie de nociones a través de lo matérico: el límite entre lo dicho y lo formal. Así que he intentado trabajar con ese límite y con materiales que no son los usuales en la escultura. Materiales que pueden ser gustativos (sal, azúcar). Otros que evocan lugares específicos: arena de playa, piedra del Escorial. Y también materiales relacionados con lo corporal: la carne, la sangre, el hueso.

Me parece muy interesante esa unión entro lo orgánico y lo mineral en ciertas obras.
Lo que me interesa como escultor es poder manipular lo real. Para conseguir eso tengo que pulverizarlo, atomizarlo, quitarle la forma. Lo que hay entonces es una metamorfosis. Dos de los polos de esta exposición son los bodegones del Barroco español y Las Metamorfosis, de Ovidio. La obra Transición de carne a madera (2017), por ejemplo, es una versión del mito de Apolo y Dafne. Esa transformación de un sujeto a un objeto es algo muy complejo en escultura y lo he hecho de la forma más literal: carne transformándose en madera.

Otro aspecto de su obra que tiene mucho peso en esta exposición es lo poético. ¿Le encuentra poesía a las ciudades?
La ciudad es como el mirador donde me posiciono, pero, a partir de ahí, esta es una exposición sobre España. Sobre todo, Castilla: me ha salido una exposición muy castellana. De Madrid me interesa poéticamente algún ámbito, pero no específicamente para esta exposición.

Para acabar, quería preguntarle sobre un par de piezas concretas de la exposición. Una es la escultura «00:00 h», situada fuera del museo.
Es una escultura que durante el día va a pasar más desapercibida, porque es como un elemento arquitectónico. Pero a las 12 de la noche, ese elemento se abre y pasa algo en su interior, que prefiero no revelar, porque me gusta la idea de que la gente tenga que ir allí a esa hora. Me gusta que haya esculturas que duran sólo unos minutos al día, que aparecen y desaparecen.

La otra pieza que merece la pena que comente es la que cierra la exposición.
Quería que fuese un resumen de todo lo anterior. Y añado la idea de crepúsculo y finalización del día, que entronca con el Barroco y el bodegón: algo que acaba, que está a punto de pudrirse, la fruta madura en la que aparece ya la mosca. Así que está planteado como un final en el que hay un banco y una farola con luz tenue. De una manera muy natural, de la luz crepuscular naranja me vino la idea de las naranjas. Y recordé las plazas de Córdoba, con naranjas amargas caídas de los árboles, y quise replicar ese momento de la fruta en el suelo a punto de desaparecer. Así que son naranjas de hueso, de sangre y de carne, una atomización de un cuerpo que se ha disuelto.