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Doris Salcedo. Palimpsesto

Palacio de Cristal. Madrid. Hasta el 1 de abril de 2018
[José María Parreño. El Cultural, 20 de octubre de 2017]

DORIS SALCEDO CONTRA EL OLVIDO

Es difícil describir la obra pero voy a intentarlo. El Palacio de Cristal del Retiro brillaba como una burbuja bajo el sol de este otoño abrasado (en el futuro se recordarán estos años como el principio de una nueva era). El interior restallaba de luz. La obra era al principio invisible, sólo había personas caminando con cuidado y mirando el suelo con curiosidad. No era para menos. Letras de molde de una tipografía seca estaban rehundidas en el suelo formando nombres. Gruesas gotas de agua cristalina y temblorosa surgían del suelo poroso a velocidad inapreciable. Colmaban las hendiduras y así iban escribiendo con agua el nombre de quienes en el agua perdieron la vida. Los de dos centenares de ahogados en el Mediterráneo, cuando trataban de llegar a Europa para salvarse de alguna clase de desgracia. La de haber nacido en África para empezar. Desde hace cinco años Doris Salcedo (Bogotá, 1958) y un equipo de treinta personas han trabajado para convertir el Palacio de Cristal en un panteón con textura de desierto, donde se conserva lo único que queda cuando todo lo demás ha desaparecido. Un nombre sigue siendo una biografía y no un número hueco, una estadística en la que las unidades no significan nada. Doris Salcedo ha explicado que la recuperación de esos nombres no ha sido una tarea fácil. No hay registros oficiales, o no le han sido entregados cuando los ha pedido. Así que han explorado cementerios y rutas en Grecia e Italia, han consultado con las ONGs comprometidas con la tragedia, han rastreado periódicos y hemerotecas. Olvidados por las autoridades y alejados de sus afectos, consuela pensar que los humanos disponemos de algo que se llama arte al que le importa cerrar simbólicamente las heridas. Lo digo sin ironía (ningún teclado permite insertar un snark, el signo de la ironía).

Recuerdo de niño la impresión ante el monumento al soldado desconocido. Me lo imaginaba vagando hasta dar con una familia o un pueblo en el que le llamaran por su nombre. Frente a este tipo de estatua, neoclásica y municipal, de retórica abstracta, ya en la década de 1980 surgieron propuestas como la de Maya Lin, con su Memorial de los Veteranos de Guerra de Vietnam (Washington). Una zanja en V en cuyos muros de granito negro están escritos los 58.000 nombres de los americanos muertos y desaparecidos durante la guerra. Otro monumento, esta vez invisible, es el Proyecto Cuaderno, de Matt Kenyon (2015), un bloc de notas cuyo rayado es una microescritura que registra los nombres de los civiles muertos en la Guerra de Irak, una información que ninguna fuente oficial ha querido difundir (y que Kenyon hizo llegar hasta el corazón del Senado al regalar un cuaderno a cada uno de sus incautos miembros). La instalación de Doris Salcedo se sitúa en esta genealogía y recoge también la herencia de la escultura horizontal del minimalista Carl André. Otras de la artista tienen lugar también en el suelo. La más famosa es Shibboleth (2008), una grieta de 167 metros de largo que partía el piso de la sala de Turbinas de la Tate Modern. Y que simbolizaba la fractura que hay entre el Primer Mundo y el Mundo. Palimpsesto, explica Salcedo, surge a partir de una experiencia propia: cuando hablaba con las madres de los desaparecidos en la travesía hacia Europa, ellas no dejaban de llorar. De alguna manera, aquí se han conducido esas lágrimas hasta los nombres de sus hijos.

Las obras de Doris Salcedo son técnicamente complejas. Lo es llenar con centenares de sillas un solar entre dos casas en la Bienal de Estambul (2003) o la reciente Sumando ausencias (2016), que desplegó una mortaja de seis mil metros de tela blanca durante el proceso de negociación del gobierno colombiano con las FARC.

En esta ocasión se trataba de instalar una losa de veinte toneladas para alojar un sistema de circuitos hidráulicos. A través de ellos y mediante presiones combinadas se consigue que el agua aflore ordenadamente a la superficie. Es ciertamente desmesurado. Como una pirámide, que conmemora a un solo faraón. O la cruz de ciento cincuenta metros del Valle de los Caídos. Los seres humanos luchamos contra el olvido mediante excesos de materialidad, erigiendo grandes moles que el tiempo tardará en hacer desaparecer. Por el contrario, este es un antimonumento que ensaya una poética del duelo basada, por así decir, en la fugacidad y el temblor.

Tras recibir en 2010 el Premio Velázquez, el director del Museo Reina Sofía, Borja-Villel, encargó a la artista una obra que finalmente ha sido esta. Según el director, una de las más importantes de su carrera. Siento un respeto inmenso por el trabajo de Doris Salcedo. Casi tanto como el que siento por aquellos a quienes con costosas y altísimas vallas impedimos acercarse a nosotros. Y una vez conseguido, conmemoramos su derrota con tan bellas creaciones.