Prensa

Artistas

Series

Ofertas

Catálogos

Precios

Comprar

Información

Prensa

Gauguin, el alquimista

Grand Palais. París. Hasta el 22 de enero de 2018
[Marina Valcárcel. ABC Cultural, 18 denoviembre de 2017]

GAUGUIN, EL ULTRA SALVAJE

Abril de 1903. Gaugin se apaga poco a poco en Hiva Oa, un lugar perdido en el Pacífico. Tiene 55 años y hace sólo dos había dejado Tahití. Alcoholizado, destruido por la sífilis, compra un terreno cerca de una misión católica y empieza a construir su cabaña. En ella, Vaeoho MarieRose, su última compañera de 14 años, da a luz una niña en septiembre de 1902.

El interior de este pequeño santuario es decorado con su mundo imaginario. Gaugin pega por las paredes reproducciones de cuadros con los que sueña: Cranach, Derain, Puvis de Chavannes, Holbein, pero también estampas japonesas y egipcias. Morirá el 8 de mayo. A los pies de su cama, entre botellas de absenta y ampollas de morfina, aparece su último autorretrato: a lápiz sobre papel.
La vida de Gaugin llena la literatura desde Anatole France hasta Vargas Llosa. La estimación, en 2015, de 265 millones de euros por Nafea faa ipoipo, catapultándolo entre los tres cuadros más caros de la Historia, acrecientan el tópico.

Gaugin es bastante más que eso. Las dos grandes exposiciones de París –en 2003 y sobre todo, la gran retrospectiva de 1989– ya dejaron ver que estamos ante una obra no siempre accesible a primera vista. Gaugin, el alquimista permite llegar más lejos, deshacer el nudo que mantenía atados al artista y al mito: concentrarse en su proceso creador, 230 obras apartan la dimensión hagiográfica de este personaje para adentrarse en el leitmotiv de su vida: la huida hacia adelante.

Avance imparable
Gaugin avanzaba imparable. Su ascendencia peruana y el constante cambio de residencia dominaban su interior salvaje: «Me voy para estar tranquilo, para liberarme de la civilización. Quiero hacer un arte simple; para eso necesito empaparme de la naturaleza más virgen, ver sólo hombres salvajes, vivir su vida sin más preocupación, como si fuera un niño, y no seguir los dictámenes de mi cerebro, con la ayuda de los principios del arte primitivo, los únicos buenos, los verdaderos», declara a Jules Huret en 1891.
El piso superior de la exposición abarca los primeros años de creación, su apuesta por forzar los límites de la pintura, la escultura, la cerámica… La necesidad de tallar madera, modelar arcilla, materiales ancestrales. El inferior se reserva para la epifanía de Gaugin: sus años en el trópico. Las salas se aligeran para dejar paso a lienzos de gran formato, colorido arrollador y extraño silencio. Gaugin se aleja definitivamente de la objetividad de la retina difundida por el impresionismo. En las vidrieras de las iglesias encuentra una nueva manera de pintar: el «cloisonismo». En verano de 1888 se abandona a la subjetividad y escribe a Van Gogh: «No copies la naturaleza. El arte es una abstracción».

En Tahití se consagra a la representación femenina. La isla es también su entrega a las relaciones amorosas con adolescentes. Con Teha’amana, su mujer de 13 años y a la que pinta sus mejores retratos de 1892 a 1993, pudo conocer algo más las religiones ancestrales, a pesar de que ninguno conocía el idioma del otro. Gaugin pinta en menos de dos años unos 80 cuadros, en general de altísima calidad. En los lienzos de esta época, la trama de la arpillera está muy presente. La paleta se llena de rojos, amarillos, compuestos de bermellón, cadmio, ocre y diferentes tonos de azul. La capa de pintura es ligera, facilitando así el secado en el clima de Tahití.

En 1893 Gaugin organiza una exposición para mostrar su obra tahitiana en la galería de Durand-Ruel y escribe un libro ilustrado, Noa Noa, que explica su pintura. Una cita sin el menor éxito comercial.

Gaugin regresa a París en 1894. Vuelve a la cerámica y produce Oviri –salvaje, en tahitiano–, una mujer alucinada. Quería que estuviera sobre su sepultura. «La cerámica no es algo banal. Dios hizo al hombre a partir de un trozo de barro. La materia que sale de un horno tiene algo de muy grave desde el momento en que ha pasado por el infierno». Esta escultura se expone en el Salón de Otoño de 1906. Impresiona a Picasso y le ayuda, dicen, a pensar en parte Las señoritas de Avignon. Antes de morir, Gaugin soñaba con volver a Europa. Había elegido un país donde desarrollar por última vez «un nuevo exotismo arcaico»: España.