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Juan López. Los afijos

Matadero. Madrid. Hasta el 8 de enero de 2018
[Bea Espejo. El País, 9 de septiembre de 2017]

“TODO EMPIEZA EN LA DERIVA URBANA”

La relación entre escritura y arquitectura, entre escultura y collage define Los Afijos, la propuesta de Juan López para el programa de intervenciones Abierto × Obras de Matadero Madrid

Una tirada de dados. Un roce. Un rendez-vous. Una búsqueda sin orden. Mallarmé asomándose al espacio de Abierto × Obras de Matadero. Toda la negrura que acumula este mítico lugar, una antigua cámara frigorífica calcinada en los noventa, aparece ahora como una página en blanco. Tiene sentido viniendo de la mano de Juan López (Alto Maliaño, 1979), que siempre lee los espacios como zonas de comunicación. Éste lo ha llenado de afijos, dice el título, secuencias lingüísticas que se insertan a una palabra para modificar su significado. En la instalación que ahora presenta se rinde a ellos. Partiendo de los elementos arquitectónicos, el artista reproduce vigas y columnas, añadiéndolas a la estructura original y generando un alfabeto cifrado. Descompone el lenguaje para generar nuevas construcciones. Una especie de collage tridimensional impotente de lenguaje.

Lo hace como siempre, discretamente: “El proyecto se centra en la propia estructura del lugar, asumiéndola como una retícula sobre la que escribir. Al ordenar esos añadidos a la estructura original se generan solapamientos visuales entre unos y otros. Como consecuencia, aparecen nuevas formas que pueden recordar a signos gráficos, trazos que se acercan de algún modo a la escritura. Aunque la palabra en sí no es lo importante aquí, sino la acción de escribir un espacio. La forma, el volumen, la densidad, las texturas. En sí, la escultura”, explica.

Camufladas en la sala conviven una C, una I, una R, una E, una P… La cosa es críptica y parece que el artista celebra lo enigmático. Hay un porqué: “En esa fragmentación aparecen los distintos elementos sobre los que empezar a trabajar. El proceso de reordenar genera un nuevo mensaje encriptado, una composición abstracta, que para poder interpretarla requiere de unas pautas o reglas del juego. Me interesan mucho los sobrantes, los descartes, las marcas, huellas y restos. De alguna manera concentran la esencia de una acción. Durante mucho tiempo trabajé el dibujo mural con cinta aislante y vinilos. Eran trabajos que requerían de unos tiempos de montaje infinitos. Fue durante aquellos procesos donde empecé a fijarme en los restos de material, añadiéndolos al dibujo definitivo y entreteniéndome en su colocación. Al desmontar los murales, todos aquellos trozos quedaban dispuestos en la pared como memoria del trabajo, cifrando la acción original”, explica.

Le propongo saltar el muro y dar un paseo, deambular como los situacionistas, o como lo hacía Joan Miró por el casco antiguo de Barcelona, fascinado por los garabatos anónimos descubiertos al azar. Dejamos atrás Matadero buscando desandar casi 20 años de trabajo desde su primera exposición en el pub Minimal, la mejor biblioteca por aquel entonces de su Maliaño natal. Con aquellos 20 años, la ciudad y lo urbano ya eran su tablero de juego. El de Madriz, con zeta, la misma de aquel colectivo suyo Zumo Natural, empieza a dominarlo en 2004, cuando se instala tras pasar por la Facultad de Bellas Artes de Cuenca. Pronto llegan las galerías y los premios de arte joven. Santa Mónica, en Barcelona, le abre en 2005 la puerta institucional que ya no se cierra ni en momentos en los que ha estado A la derriba, la exposición en La Panera de Lleida que marca un antes y un después. Y el fin de un aburrimiento de 2012. Una pequeña muestra en el sótano de la galería L21 de Mallorca le sirvió para hacer el clic, girando las esquinas del espacio. De ahí, las paredes movedizas de la Casa Museo Federico García Lorca en Granada, la columna coja de NoguerasBlanchard, las grafías convertidas en escenarios de Soutenir y los sufijos que acampan en Matadero.

Caminamos por Madrid como quien hace un ejercicio de sintaxis, trazando oraciones simples y complejas, paseando por los enclaves más paradigmáticos para el artista, que suele recorrer hallando respuestas. Atravesamos varias letras; la primera, la M-30. “Es un lugar que se define por su entrada y su salida, muy simbólico de lo que es el centro de un lugar y su periferia. Y esa idea de margen es fundamental en mi trabajo. Marca los límites del juego. Un anillo alrededor de la ciudad que la comprime y organiza su acceso. Una línea, un dibujo en el espacio”, dice.

Algo hay en Matadero de túnel subterráneo, aunque siempre le han fascinado los muros de la ciudad, todo lo que se encuentra inscrito en las paredes de calles y plazas. El discurrir cotidiano, la forma en la que nos desplazamos, las derivas urbanísticas y los desgastes arquitectónicos le sirven para indagar en la productividad del lenguaje. El suyo es amplio, del hip-hop patrio a Spike Jonze, del fútbol al patinaje, de la teletienda a la cita culta, del adhesivo al cartel, de Ed Templeton a los superhéroes, de Matta-Clark a Faemino y Cansado.

Desde sus obras tempranas de intervención en el espacio urbano, trabajando con adhesivo y cúter, releyendo y recomponiendo carteles, su trabajo busca desvelar nuevos modos de percibir el lugar como hipótesis para otras relaciones sociales fuera de la norma. ¿Con qué fin? “Para intentar ver si hay nuevas maneras de estar, de convivir. Aunque mi trabajo haya tenido muy presente ideas de quiebro, rotura y desastres, nunca lo he tomado como una finalidad destructiva, sino como punto de partida para volver a empezar y hacer las cosas mejor. Esto no quiere decir que en todos los casos lo establecido no sirva, pero sí que se puede mejorar, aportando otras cosas, dándole la vuelta”.

El paseo nos lleva al Retiro y su Palacio de Cristal, el otro gran espacio museístico abierto a intervenciones para artistas. Le interesa, dice, por “ese juego entre interior y exterior que genera su arquitectura. Interior de un museo con un exterior natural, aunque de una naturaleza en cierto modo impostada, al estar organizada en un parque urbano. En trabajos anteriores, ese trasvase de información entre el dentro y fuera aparecía de una manera más evidente. Ahora lo exterior se ha convertido en un campo de estudio, un taller más. La deriva urbana es parte del proceso de trabajo, el punto de partida”.

Varios rodeos nos llevan a toparnos con más letras, aunque ausentes. Galerías que han perdido color bajo el nombre de go eriq. Automóviles sin letras transformados en aut oles. Hasta una valla publicitaria anuncia un sola en venta. Lexemas tiritando. Desde hace años, fotografía estos juegos lingüísticos para ensanchar el léxico de lo cotidiano. Su preferido, dice, está en pleno barrio de las Letras, el Hipercibe, un comercio que homenajeaba la fuente madre de Madrid cuyo letrero ha sido modificado para instalar un escape de ventilación en la fachada. Ventanas para nuevos significados. Ahí es donde Juan López ejerce resistencia: “Desde una posición de vida más poética, intentando aportar nuevos modos de ver”.