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Obras maestras de Budapest. Del Renacimiento a las Vanguardias

Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid. Hasta el 28 de mayo de 2017
[José María Herrera. ABC Cultural

TESOROS FRENTE A TESOROS

A finales del siglo XIX, la burguesía húngara, espoleada por una independencia que veía al alcance de la mano, trató de transformar su capital en una ciudad como Viena o París. El reto era romper con el Imperio austriaco, pero sin descolgarse de Occidente. Con ese propósito buscó otra apariencia –cierto crítico, refiriéndose a las fachadas de los edificios, habló de «potemkinismo de escayola»– y un nuevo pasado en el que los ingredientes eslavo y otomano, todo eso contra lo cual habían combatido los húngaros a lo largo de la Historia, quedara fuera de la vista.
El arte, al igual que la arquitectura, jugó en este proceso un papel decisivo. El Museo de Bellas Artes, creado con ocasión del milenario de la nación a partir de las colecciones de los nobles Esterházy, Jankovich o Pyrker, se convirtió en prueba indisputable de que Hungría había estado siempre del lado de la civilización, entonces identificada sin rubor con Europa.

El sueño se diluye
Pero las cosas nunca salen como se proyecta y el sueño burgués se desvaneció a pesar de la independencia política. Sandor Márai e Imre Kertész, quizá los dos autores húngaros más internacionales, han contado con todo pormenor esa historia; uno en su fase inicial, cuando las elegantes apariencias enmascaraban la verdad; otro, en sus postrimerías, cuando la verdad lo sepultó todo en el terror, la abyección y la angustia. Ese relato común, que no es el de la decadencia de la burguesía, sino el del hundimiento del mundo centroeuropeo, va desde la aún simpática hipocresía del XIX, encarnada en Mihály Zichy –pintor historicista de día, pornógrafo de noche– al siniestro compromiso de Georg Lukacs, el filósofo que justificó los crímenes de Stalin juzgándolos Sobre estas líneas, «Estudios de patas de caballo», de Leonardo. Debajo, «El nuevo Adán», de Sandor Bortnyik. En la otra página, la «Salomé» de Cranach El Viejo una «necesidad moral e histórica». Abrumados por un pasado de pesadilla (aquí debo recordar a P. Esterházy, quien narró la historia de su noble familia en Armonía celestial y tuvo que volver a hacerlo en Versión corregida al descubrir por casualidad que su respetadísimo padre había sido confidente de la policía secreta comunista), no es raro que pretendan construirse una nueva identidad y que lo hagan como ahora suelen hacerse estas cosas: huyendo.

Lo bueno, para nosotros, es que, gracias a ello, disfrutamos estos días en Madrid de una importante selección de obras del Museo de Bellas Artes y de la Galería Nacional de Hungría. Las autoridades magiares están habilitando un nuevo y competitivo espacio para sus tesoros artísticos, algo a tono con el mercado turístico contemporáneo, y mientras concluyen las interminables obras, han preferido exhibirlas en otros museos. La solución no puede ser, desde luego, más satisfactoria para todos, pero: ¿imaginan además lo maravillosamente bien que habrían quedado si, en vez de justificar su préstamo al Museo Thyssen con el pretexto de las raíces húngaras del barón, hubieran recordado también a Ángel Sanz Briz, el diplomático español que salvó a miles de judíos en la Budapest de Ferenc Szálasi, fantoche de Hitler?

Generosa inteligencia
Todos festejamos la generosa inteligencia con que el Museo Thyssen acoge las piezas señeras de las grandes pinacotecas húngaras. Otra cosa es que Madrid sea el lugar más apropiado para exhibirlas. El Museo de Bellas Artes de Budapest se enorgullece con razón de su colección de pintura española, flamenca, alemana y veneciana, pero, claro, no es comparable a la que hay en el Prado (ni en la Academia de San Fernando o las Colecciones Reales); y si en su catálogo de autores simbolistas, impresionistas y contemporáneos figuran, desde luego, obras de nivel, tampoco alcanzan a las del Thyssen (o el Reina Sofía).

Entiéndanme bien: no digo que no valga la pena la exposición (la vale, de hecho tiene la gracia sutil de una bella antología a la que se han añadido varias piezas exóticas para nosotros), sino que es en este tipo de muestras, muy infrecuentes, cuando uno se da cuenta de lo que tenemos en casa.

Pero vayan a verla. Encontrarán grandes obras de Leonardo, de Cranach El Viejo… A mí me han encantado las tres cabezas de Messerschmidt –la serie completa de sus bustos es una de las joyas de la escultura mundial–, el retrato de Listz de Mihály Munkacsy –probablemente el más reputado pintor húngaro– y la del Greco, joya de la muestra. Quienes visitaron en 2014 la magna exposición de Toledo quizá recuerden que allí se exhibían tres y esta era la más impactante. Las Magdalenas del Greco son insuperables (pasen luego por el Prado y contemplen la de La crucifixión). Los eruditos, grandes lectores de Vasari, insisten en conectarlas con las de Tiziano, aunque no son las Magdalenas del pintor veneciano, sino sus Santas Margaritas (aprovechen la visita al Prado para disfrutar también con esto), las que fascinaron al pintor de Candía. El tema es el mismo: la mujer hermosa y deseada que vuelve la espalda al mundo en nombre de la fe, pero que lleva con ella, en su propio cuerpo, tal vez en su mente, simbolizada por el reptil que pisotea con dificultad, la tentación. El Greco pintó este cuadro antes de venir a España, con 35 años, y en él demuestra que era ya dueño de todos los recursos de su genio. El blanco vía láctea del pezón descubierto de María Magdalena, obra maestra de la insinuación, daría para un libro como el que consagró Roberto Calasso al rosa con que Tiepolo pintaba el de sus heroínas; lamentablemente, aún no ha sido escrito.