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Poesía de Brossa

MACBA. Barcelona. Hasta el 25 de febrero de 2018
[Roger Bernat. El País, 16 de septiembre de 2017]

“O SERVEIX TOT O NO SERVEIX RES”

Tras perder la guerra, Joan Brossa (Barcelona, 19191998) hace como Giandomenico Tiepolo, se encierra en su estudio e inicia una obra al margen de la opinión pública. Tras el colapso de la República veneciana, Giandomenico pinta sus famosos Pulcinella, personajes enmascarados y siniestros de los que no se conocen las intenciones, solo juegan. Ciento cincuenta años después, tras la caída de la Segunda República, Brossa, que a diferencia del italiano está en el inicio de su carrera, emprende un proyecto poético inspirado en los enmascaramientos. Pero en vez de enmascarar personajes, enmascara el lenguaje. Es lo que recoge la exposición que le dedica ahora el Macba de Barcelona. Lo sé, comparar a Tiepolo y a Brossa es un poquitín forzado y lo voy a dejar aquí, pero puede ser útil para entender por qué a Brossa le interesan los personajes de la Commedia dell’Arte, Fregoli, el famoso ilusionista italiano de principios del XX, las bailarinas de ballet o la maquinaria teatral.

Frente a un poder que necesita ocupar todos los escenarios de la vida pública y cultural para legitimarse, frente al grotesco teatro de un régimen en el que “nada es lo que parece y todo representa lo que no es”, por utilizar la fórmula de Agamben, la respuesta de Brossa es jugar en el mismo terreno que el enemigo: el de las apariencias.

Brossa abandona la prosa autobiográfica que ha practicado durante la Guerra Civil para construir un proyecto poético en el que la palabra ya no puede decir y la escritura ya no representa: poemas hipnagógicos, arcaísmos como la sextina, poesía escénica, poesía concreta, striptease… Brossa se enfrenta al acartonamiento del franquismo, régimen de un solo discurso, con la flexibilidad multiforme del lenguaje. Abandona todo interés por la verdad y multiplica las mecánicas del enmascaramiento: descontextualización, calco, ejercicio de estilo.

Tras la victoria franquista, el castellano se ha convertido en el idioma impuesto por el régimen, receptáculo de las esencias identitarias de la nueva nación. En lugar de enfrentarse a él con el catalán, lengua propia de la nación subyugada, Brossa dinamita la interpretación romántica de la lengua para reivindicar las formas del dialecto. Brossa, que solo escribe en catalán, lo desmonta, lo pervierte, hace un poema con una sola letra, reproduce un comentario escuchado en la calle, vuelve a copiar las palabras leídas en un cartel y, para encontrar “la séptima cara del dado del poema”, para emancipar la letra de su bidimensionalidad, realiza poesía escénica, espectáculos en los que el lenguaje se hace acción y público. Brossa reivindica los mecanismos que hacen posible la literatura, pero es antiliterario. O, por decirlo con sus propias palabras, del teatro no le interesa la literatura, sino el carnaval.

Brossa enfrenta a la lengua impuesta el idioma sin nación de quienes hablan al margen de los regímenes. La máquina brossiana asimila, copia, reproduce, al tiempo que rehúye toda referencia a las esencias. Al fin y al cabo, el enmascaramiento de la escritura brossiana desenmascara los mitos que van unidos a la lengua. Y todo eso ocurre de espaldas al público. Brossa quiere tener su obra acabada antes de hacerla pública. “¿Qué interés puede tener dar fe de un itinerario que no ha sido completado?”, declara años más tarde. Es precisamente entre 1956, que vuelve de una breve estancia en París, y 1962, año en que emprende la revisión de toda su obra, cuando da por terminado el encargo que él mismo se ha impuesto. A partir de los sesenta la obra se hace pública. El estudio se convierte en el repositorio desde el cual se ordenan publicaciones, escenificaciones y objetos que irán viendo la luz. Este repositorio no hay que imaginarlo como una biblioteca con volúmenes preparados para la publicación, sino como archivo de poemas sueltos, frases, recortes de prensa, ideas anotadas en los márgenes, obras teatrales y parateatrales. Brossa opera ordenando. Cada nueva clasificación produce un nuevo libro. Cada nuevo libro es producto de una singular taxonomía. Brossa no crea, escoge.

Las tiradas de sus libros son cortas y los espectáculos se estrenan en sesiones no comerciales. Brossa es un autor sin apenas público porque es difícilmente amortizable políticamente. Es catalanista y antiburgués, y en sus textos no esconde su adscripción de clase: “¿Cómo podrán los ricos y acomodados / celebrar como una fiesta la derrota castellana?”. No será hasta los años ochenta que Brossa se convierte en producto y su obra es adornada con un precio. Lejos de ser considerado un poeta nacional, Brossa es adoptado por el mercado del arte y finalmente por la ciudad que necesita un símbolo que ennoblezca la Barcelona del diseño. Pero, en la particular economía de la producción brossiana, los documentos con los que trabaja solo tienen valor si son intercambiables. Los documentos que descansan en su estudio son como las letras de un abecedario, solo tienen sentido cuando se ordenan alrededor de un discurso. No hay una configuración estable más allá del horizonte de una obra completa (el “o sirve todo o no sirve nada” del título del artículo) que dé sentido a cada una de las partes. Entonces, la transformación de los poemas en objetos tenía que interpretarse como una operación en el universo del lenguaje, espacio reivindicado por el poeta. Tenía razón Tàpies cuando miraba con desconfianza la sacralización de los objetos brossianos.