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Retorno a la belleza. Obras maestras del arte italiano de entreguerras

Fundación Mapfre. Madrid. Hasta el 4 de junio de 2017
[Víctor Zarza. ABC Cultural, 22 de abril de 2017]

CLÁSICOS ENTRE DOS GUERRAS

Esta cita añade un tercer capítulo a la revisión que la Fundación Mapfre viene realizando del arte italiano moderno y contemporáneo; sobre todo de su pintura. En 2013 se centró en los macchiaioli para luego, desde el «Divisionismo» (versión local del Puntillismo) desembocar en el tiempo de las vanguardias, allí dominado por el Futurismo. Ahora le ha tocado al grupo de artistas que atendieron, entre los veinte y los treinta del pasado siglo, a lo que se conoció como «llamada al orden» (según la fórmula que Jean Cocteau desde 1926). Llamada que, aunque posea un conjunto de características comunes bien definidas y claramente compartidas, tuvo sus singularidades.

En primer lugar, señalemos que la fórmula aludida se produjo en el contexto de la primera posguerra mundial, como reacción integradora frente a la dispersión que parecían haber propiciado las vanguardias en paralelo a la vasta destrucción que fue el trágico resultado de la Gran Guerra. La recuperación o puesta al día de ciertas nociones de clasicismo sirvieron a estos artistas para entroncar con una tradición que no consideraban extinguida. Sólo hubo que ajustar sus estructuras, su lenguaje, sus modelos y aspiraciones a la trama visual del mundo contemporáneo que, en buena medida, provenía de la foto, medio privilegiado para la constatación de lo visible: entre aquella y la pintura volvió a establecerse una relación de reciprocidad muy significativa.

Una falla en el sistema
Para muchos historiadores, convencidos de que los ejes evolutivos del arte han estado determinados sólo por los hallazgos de las vanguardias, esta reedición «neoclásica» supone una falla en el desarrollo artístico del siglo XX, por lo que se la ha mantenido fuera del relato primordial de la historiografía canónica del arte contemporáneo, casi como una nota al margen o una extravagancia coyuntural. Tampoco es ajeno a esta excomunión el hecho de que aquel «anacronismo» se haya visto ligado a los intereses ideológicos y estéticos de los movimientos totalitarios, tanto de signo fascista como comunista ( aunque el régimen de Mussolini fuera más heterogéneo y distendido, estéticamente hablando, que el nazi o el soviético).

Sea como fuere, lo cierto es que fueron numerosos y notables los artistas que en Italia se mantuvieron en el entorno de los presupuestos de este reencuentro con el clasicismo. El grupo «Novecento», la revista Valori Plastici y la «Scuola Metafisica» serían los aglutinantes y portavoces de las ideas que generaron esa nueva sensibilidad donde se volvió a prestar atención al mundo visible desde una consideración que, como sostuvo una de sus promotoras, la escritora y crítica de arte Margherita Sarfatti, reclamaba la condición de lo sólido y definitivo, junto con la ilusión de estabilidad.

La exposición se encuentra articulada en torno a siete ejes, cuyas claves facilitan una comprensión adecuada del alcance de aquella aventura artística, gracias asimismo a la calidad y representatividad de las obras, que superan la centena. Entre los artistas en la muestra, los más conocidos para el público español quizás sean De Chirico, Savinio, Morandi, Carrá, Marini, De Pisis y Sironi. A ellos se suman Dudreville, Funi, Bucci, Oppi, Marussig, Malerba, Casorati, Donghi, Cagnaccio di San Pietro, Borra, Cerracchini y Campigli, nombres sobresalientes del arte italiano de los que poco o nada se ha visto en nuestro país. Al beneficio que supone el conocimiento –o descubrimiento– de la obra de estos autores, hay que sumar la claridad de un discurso que, sin ánimo reivindicativo ni apologético, presenta con acendrada solvencia una panorámica ajustada de aquel momento singular del arte italiano.