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Sorolla. Un pardín para pintar

CaixaForum. Sevilla. Hasta el 15 de octubre de 2017
[Sema D’Acosta. El Cultural, 15 de septiembre de 2017]

SOROLLA, UN EDÉN A SU MEDIDA

Una de las creaciones más importantes de Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Madrid, 1923), a la que dedicó más tiempo y en la que puso más ilusión, fue sin duda a su jardín. La concepción de un espacio propio que sirviera al mismo tiempo para estar con su mujer y sus hijos, invitar a los amigos y disfrutar pintando sin otra preocupación que el puro deleite, fue la culminación de un sueño que le permitió gozar durante su etapa de madurez de un lugar de recogimiento y belleza en la cercanía de los suyos. Es fácil rastrear que fue Monet el que contribuyó de manera más rotunda al prestigio del jardín como argumento a tener en cuenta durante la Modernidad, recreando en Giverny un paraíso personal que sirvió para que en las décadas iniciales del siglo XX una destacada nómina de autores siguiera su estela, buscando en la tranquilidad de este refugio un tema recurrente donde enhebrar vida y obra.

En 1909, al poco de regresar de su exitosa gira en Estados Unidos y convertido ya en un artista internacional de renombre con una holgada situación económica, Sorolla encarga la construcción de una casa nueva en Madrid. En ella proyecta un jardín de tradición hispanomusulmana, con clara influencia de algunos rincones de los patios de la Alhambra de Granada y del Real Alcázar de Sevilla, que bien conoce porque en esa misma fecha hizo varias campañas por Andalucía. Su intención es que las estancias se vuelquen al exterior, por eso plantea una estructura de cuatro patios, tres de ellos enlazados, que envuelven la vivienda y la rodean de vegetación. El primero actúa como recibidor, con un marcado carácter social. En el centro contiene una fuente que ejerce como eje de la composición. Al mismo tiempo, se construye el tercer patio, que posee una alberca al estilo de los palacios nazaríes y una pérgola sobre columnas. El segundo jardín, que sirve como enlace de los dos anteriores, fue el que más preocupó a Sorolla, como demuestran los numerosos apuntes en los que esboza posibles soluciones a su organización, aunque luego resultara el que menos representó. Como antesala, el arquitecto traza a la vez que la casa un patio de luces para la zona interior del edificio. Sus paredes estaban plagadas de cerámicas, un recurso muy del gusto del pintor.

En todos los espacios Sorolla coloca plantas y flores autóctonas, un motivo al que siempre le prestó una particular atención como demuestran las continuas referencias que hace a ellas en las cartas que escribe a su mujer, Clotilde. Prevalecen las de costumbre española: rosales, adelfas, geranios, lilas, hortensias, alhelíes y lirios. También hay parras, jazmines, cipreses, limoneros y algún que otro frutal. Predominan los elementos sensoriales que caracterizan el jardín islámico, su modo sutil de exaltar el agua a través de los reflejos y el sonido, el uso del azulejo para asegurarse colorido en cualquier estación del año o la viva riqueza de su luz tamizada cuando atraviesa las ramas de árboles y arbustos, componentes que fascinan al artista y al mismo tiempo le permiten reflexionar y experimentar sobre las posibilidades de la pintura, que en estos cuadros es ágil y despreocupada pero de una maestría incontestable.

Las pinceladas son espontáneas, intuitivas, rápidas. Su mirada aquí es tremendamente contemporánea y funciona como un zoom-in que se fija en determinados ángulos o aspectos de una atmósfera (las figuras de la esculturilla de un fauno entre una columnata, una maceta descansando sobre un poyete, un parterre exultante, el arranque de una escalera…). En todas ellas, persigue las sensaciones que capta el ojo antes que los volúmenes que modelan las formas, por eso los efectos que genera la luz toman tanto protagonismo, con ellos logra crear profundidad y matices de sombra. Se nota el placer que le produce su oficio y cómo lo disfruta. Curiosamente, esta producción íntima desarrollada durante su tiempo de asueto en el entorno familiar, supone el reverso que le permite desconectar de su gran encargo de este momento, el que mayor esfuerzos le demanda y obliga a pasar largas temporadas fuera del hogar: los paneles para la biblioteca de la Hispanic Society of America de Nueva York.

Esta cuidada exposición, que se adentra en los detalles de cómo el pintor concibió los diferentes jardines de su casa-estudio para crear un edén a su medida, es la primera que se prepara a conciencia para el CaixaForum de Sevilla. El proyecto está estructurado a partir de un itinerario sencillo y bien argumentado, un recorrido donde abundan los recursos museográficos y se explican con claridad pormenores que permiten profundizar en el proceso de concepción de este espacio doméstico alrededor del cual gravitaban muchas de las pasiones de Sorolla, una forma acertada no sólo de ahondar en un asunto tan sugerente como éste y en un autor tremendamente popular del que se conocen la mayoría de sus facetas, sino de atrapar la atención de cualquier tipo de público con un planteamiento didáctico y al mismo tiempo exhaustivo. Además de presentar infinidad de cuadros -muy pertinente la propuesta de establecer paralelismos entre sus óleos del Real Alcázar de Sevilla, la Alhambra y el Generalife con los de su propio jardín-, se hace especial hincapié en la contextualización de esos trabajos con dibujos, bocetos, cartas, esculturas, azulejos y fotografías, procedentes casi al completo de la colección del Museo Sorolla, un material que ayuda a entender tanto la obra más personal como la vida feliz de este periodo final del artista, que abarca principalmente desde 1908 hasta 1920, fecha en la que un ictus le paraliza el lado izquierdo del cuerpo y lo deja postrado en cama hasta su muerte, acaecida tres años después.