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Visiones del mundo hispánico. Tesoros de la Hispanic Society of America

Museo del Prado. Madrid. Hasta el 10 de septiembre de 2017
[José María Herrera. ABC Cultural, 1 de abril de 2017]

EL AMOR DESMEDIDO A LA CULTURA ESPAÑOLA

J. P. Morgan, uno de los grandes banqueros americanos del XIX, decía que las palabras más caras en cualquier idioma son «unique au monde». A él le habían costado una fortuna. Cada vez que las escuchaba se dejaba un capital. Su avidez de coleccionista llegaba al punto de buscar piezas que poseía. «Señor Morgan –le escribió un marchante– no se preocupe por el Hércules niño de Miguel Ángel, ese busto de bronce está en su biblioteca; lo tiene usted delante, frente al sillón».

Más célebre en la Historia del coleccionismo norteamericano es W. R. Hearst, magnate de la prensa sensacionalista que inspiró a Orson Wells Ciudadano Kane. Como el protagonista de la película, Hearst construyó en California un gigantesco castillo donde fue amontonando miles de objetos valiosos, la mayor parte de los cuales jamás dejaron sus embalajes.

A manos llenas
Promotor de la guerra que costó a España las últimas colonias de su Imperio (él fue quien atribuyó a los españoles el hundimiento del Maine), gastaba a manos llenas los cuantiosos beneficios que obtenía gracias a sus periódicos. Eran otros tiempos, aunque, ya se sabe, siempre fue mucho más rentable inventar noticias que contarlas.
Si Morgan y Hearst reunían obras de arte y objetos preciosos sin ton ni son –su sueño a lo Cecil B. De Mille era emular a Creso y los Medici–, Archer Milton Huntington, padre de la Hispanic Society of America, tenía otro estilo. Miembro de una familia de millonarios fabulosos, dueños de grandes colecciones, recibió desde niño una exquisita educación que le garantizó un infalible buen gusto. Alguien como él jamás habría dado la respuesta que dio Ford a Joseph Duveen, el genial marchante, cuando este le obsequió con un bello catálogo de obras en venta: «¿Para que voy a querer los cuadros originales si estas láminas son tan bonitas?». Su colección no era ni una inversión a largo plazo ni una mera acumulación de cosas carísimas, sino que respondía a un plan meditado: ofrecer una visión completa de la Historia de España.
La afición de Huntington por la cultura hispánica, bastante común en los círculos elevados de la Norteamérica de finales del XIX, surgió en un viaje que hizo a México a los quince años. En 1892, con veintidós, visitó por primera vez la Península Ibérica. Conocía ya muy bien la lengua e Historia de nuestro país. Influido por el misticismo medieval de Ruskin, su primera gran pasión fue El Cid, cuyo cantar tradujo al inglés. Una estatua ecuestre del mercenario castellano protege aún el recinto que alberga en Nueva York la institución que creó para fomentar los estudios hispánicos. Resulta extraño tropezarse con Rodrigo Díaz en la ciudad de Batman y Superman, aunque nadie negará que fue un precursor de los proscritos superhéroes contemporáneos.

Como cualquier enamorado de la Historia, Huntington pasó de la pasión por la España del medievo a la pasión por el Siglo de Oro y luego a la España romántica y la visión de la Generación del 98. De cada época fue adquiriendo piezas significativas asesorado por personalidades como Sebastián Cruset, pintor catalán discípulo de Raimundo Madrazo que fijó su taller en Nueva York, o José Pijoan, el historiador y crítico de arte español más destacado del momento.

Con sólo 34 años
El resultado es la mayor colección de arte español de América, fundamento de la Hispanic Society, que creó con 34 años, y cuyos tesoros se exponen en un edificio modernista ubicado en Broadway. Huntington tuvo además el tino de encargar a Sorolla catorce paneles para la decoración de la biblioteca. Visión de España, título del conjunto, se presentó en 1909 y atrajo a novecientos mil espectadores. Cien años después recorrió varias capitales de nuestro país con el mismo éxito.

La Hispanic Society posee más de 18.000 piezas, desde el Paleolítico hasta el siglo XX, y una espectacular biblioteca llena de tesoros bibliográficos. Al Prado viene una pequeña selección de cerca de doscientas entre restos arqueológicos, cerámicas, vestidos de época, joyas, muebles, aldabas, tarros de farmacia, bandejas, copas, candelabros, cartas, mapas, documentos oficiales, esculturas, dibujos o pinturas. Las colecciones se desplazan como estrellas del deporte y mostrar museos dentro de un museo empieza a convertirse en costumbre (el vecino Thyssen está haciendo lo mismo con el Museo y la Galería Nacional de Budapest). Nuestros pobres antepasados, en una época en que viajar era sumamente difícil, sólo pudieron conocer una variante modesta de esto: el cuadro dentro del cuadro, un género que cotiza ahora a precio de oro.

Disfrute garantizado
Distribuida en tres salas, la exposición del Prado ofrece en las dos primeras un recorrido cronológico por la producción artística y documental en España y sus colonias hasta el XVIII, y en la tercera, una selección de pintura española del XIX y el XX. El disfrute está garantizado, pero aconsejo al lector, antes de visitarla, un repaso a la Historia (disponemos de breviarios magníficos: desde los
Tres milenios de Domínguez Ortiz a la Historia mínima de España de Fusi). Al margen de la calidad artística de las piezas, está su interés histórico. Huntington se tomó muy en serio su colección. El retrato del duque de Alba de Antonio Moro o el de la duquesa de Goya son espléndidos, claro, pero hay que saberlos ver integrados en un conjunto donde figuran obras menos relevantes desde el punto de vista artístico y, sin embargo, enormemente ilustrativas desde el cultural o el histórico (por ejemplo: Maria Luisa de Orleans de cuerpo presente, de Sebastián Muñoz, o De mestizo e india sale coyote, de Juan Rodríguez).

Estoy seguro igualmente de que ha de gustar mucho la serie de retratos de literatos de Sorolla (Galdós, Azorín, Machado, Baroja, Juan Ramón…) y que sorprenderán algunas piezas difíciles de ver en España, como el tríptico de Miguel Viladrich Mis funerales. Huntington apreciaba mucho la obra del pintor catalán y se hizo con muchas piezas suyas, uno de los motivos por los que escasean tanto aquí. Aprovechen la ocasión porque es «ahora o nunca».