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Zuloaga en el París de la Belle Époque (1889-1914)

Fundación Mapfre. Madrid. Hasta el 7 de enero de 2018
[José Jiménez. ABC Cultural, 7 de octubre de 2017]

ZULOAGA, COSMOPOLITISMO EN LA TRADICIÓN

Apesar de su importancia histórica, la figura de Ignacio Zuloaga (1870-1945) no ha recibido demasiada atención en los últimos tiempos. Probablemente, ello se debe sobre todo a la asociación de su trabajo con un cierto costumbrismo estético, al margen de las líneas principales de despliegue de la modernidad durante el siglo XX.

Pero Zuloaga es bastante más que eso, y esta interesante exposición abre la vía para un nuevo acercamiento a su trabajo. Se aborda un periodo concreto de su trayectoria, entre 1889 y 1914, en el que la escena cultural de París impulsaba el despliegue de las vanguardias, y que resultó decisivo en la formación e impulso de su obra. Aunque Zuloaga no se abrió a estos planteamientos, y permaneció en una línea de representación plástica figurativa.

Nada más llegar, los franceses reconocieron en él la renovación de la tradición española, abierta a la nueva modernidad. En una revista de 1900, al valorar sus pinturas en una exposición, se escribe: «El secreto de hacer palpitar la humanidad, perdido en España desde Goya, lo ha reencontrado Zuloaga». Ese era su impulso: abrir los flujos de la pintura española más allá de los límites de la Península, desplazarla por los ambientes cosmopolistas de un mundo abierto y cambiante.

El eco de las búsquedas postimpresionistas, así como del simbolismo, se hace evidente en sus obras de este periodo. E impresiona el conjunto de personalidades que valoraron positivamente su trabajo y establecieron relaciones con él: Julius Meier-Graefe, Guillaume Apollinaire, Rilke, Serguéi Diághilev, y muy en particular Rodin y Émile Bernard.

Faceta de coleccionista
La exposición subraya esos vínculos, así como la importante faceta como coleccionista de pintura clásica española de Zuloaga, decisiva para la recuperación de El Greco. Se articula en siete secciones: «Primeros años», «El París de Zuloaga», «Émile Bernard», «Auguste Rodin», «El retrato moderno», «La mirada a España. Zuloaga coleccionista», y «Vuelta a las raíces». Hay aquí en mi oponión, sin embargo, un cierto desequilibrio, pues de las 93 obras expuestas menos de la mitad, tan sólo 40, son de Zuloaga. La voluntad de reconstruir el contexto ensombrece un tanto la atención específica a su trabajo.

«Celestina» (1905), óleo de Zuloaga presente en la exposición
En cualquier caso, lo que podemos apreciar en las obras de Zuloaga expuestas es su intenso valor pictórico, siempre en una línea figurativa, y a la vez atenta a los giros de los nuevos tiempos. En ese sentido, está claro que su estancia en París resultó decisiva. Aunque no sólo París: Zuloaga vivió en un ir y venir continuo, importantes fueron también sus desplazamientos a Italia, Alemania y América. Se puede apreciar, igualmente, cómo en su vuelta a España la temática de sus obras experimenta un cierto retorno. Un giro costumbrista, con la representación de ambientes populares; también, los paisajes.

En definitiva, lo que impulsa su obra es la continuidad y la renovación de la figuración pictórica española: El Greco, Ribera, Zurbarán, Velázquez y Goya laten en sus cuadros, abiertos a la representación de las nuevas situaciones de la vida moderna. En febrero de 1912, escribió: «Busco carácter, penetración, psicología de una raza, emoción, demostración de una visión algo romántica».

Y apenas meses después, en abril, Apollinaire parece percibir esa reverberación al escribir sobre sus obras en una muestra en París: «El artista no ha querido copiar la naturaleza, sino dar, inspirándose en la realidad, una visión sintética de España, tierra y raza». Ignacio Zuloaga: España abierta al mundo. Tradición y cosmopolitismo.