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Alfonso Albacete. Las razones de la pintura

CAAC. Sevilla. Hasta el 10 de marzo de 2019
[Iván de la Torre Amerighi. ABC Cultural, 24 de noviembre de 2018]

ALFONSO ALBACETE Y LOS LÍMITES DE LA PINTURA

Espacio y contenidos han sido conjugados a la perfección para exponer con la mayor claridad cuatro décadas de Alfonso Albacete ( Antequera, 1950). La muestra se articula en seis salas del claustrón sur del monasterio, que abordan otras tantas cuestiones capitulares muy relevantes en su quehacer –el estudio de artista, la mitología, la pintura después de la pintura, la figura humana, el viaje y el espacio habitado– y un eje distribuidor –el corredor central– que conecta éstos ámbitos y nos desvela las influencias y diálogos mantenidos con otros artistas, de Caravaggio a Cézanne, de Miró a Jasper Johns.

Si hubiera que definir la obra del creador en pocas líneas, éstas deberían circunscribirse a tres campos: dicción, género e intenciones. Los dos primeros son sencillos de resumir, pues el andaluz ha encontrado su lenguaje en un espacio liminar entre la figuración y la abstracción (otro tanto podría decirse de la sinuosa frontera que recorre –y no divide– realidad e imaginación), mientras, en segundo lugar, durante toda su carrera ha puesto especial empeño en la disolución de los géneros de la pintura en el género por excelencia: la propia pintura.

El tercer ámbito requiere un mayor detenimiento, puesto que los argumentos que justifican su obra son profundos y complejos y no dejan revelar sus intenciones con facilidad. En síntesis, toda la obra de Albacete giraría en torno al límite, a una reflexión sobre los ámbitos que delimitan, sean estos técnicos, plásticos o conceptuales.

Entre fines de los setenta y principios de los ochenta, se produjo un replanteamiento crítico general en torno a la realidad de la pintura –al cual Albacete no fue ajeno– que parecía interrogarse sobre cuál debía ser su materia sustantiva. Ésta se debatía entre su existencia como realidad objetiva y su apariencia como proyección emocional. Ante tal tesitura, el malagueño abordó el tema de la (auto) representación del proceso creativo que desembocaba en la obra pictórica, y de sus facultades para transformarse en base de experimentación, que no finalizaba en ese estadio, sino que pervivía, se reinventaba y sobrevivía más allá, con cada interpretación y mirada posterior.

Resulta imprescindible detenerse en la primera sala, cuyas cinco obras –entre ellas, las excepcionales Natura uno (Cuadro del Huerto) y Natura dos (Coloquio), de 2013– suponen una lección magistral sobre cómo analizar los límites entre lo real y lo pintado, que conlleva a su vez una reflexión sobre el principio y el final del hecho artístico, transformándose todo ello en género argumental con entidad propia.