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Anna-Eva Bergman. De Norte a Sur, ritmos

Centro de Arte Bombas Gens. Valencia. Hasta el 5 de mayo de 2019
[Marisol Salanova. El Cultural, 17 de noviembre de 2018]

DE NORTE A SUR, LOS RITMOS DE ANNA-EVA BERGMAN

Bosques, lagos, rocas y afilados acantilados nos adentran en los fiordos noruegos, auténtico espectáculo natural que inspiró en una de sus fascinantes etapas pictóricas a la artista Anna-Eva Bergman (Estocolmo, 1909-Antibes, 1987), quien pasó parte de su vida entre Noruega, Francia y España. Los sublimes paisajes nórdicos contrastan con las tierras yermas de los territorios almerienses que la artista recorrió tras haber vivido en Menorca fascinada por los límites que marca el agua.

Particular mirada
Bergman, cuya trayectoria es rescatada y revisada por Bombas Gens de Valencia mediante una particular mirada retrospectiva, estudió Bellas Artes en Oslo y, en 1929, se trasladó a París, donde conocería al también artista Hans Hartung, su gran amor. Los años 30 del pasado siglo fueron para ella pura experimentación: su pintura empezó siendo figurativa y, aproximándose a la caricatura, realizó encargos de ilustración para diversos medios. Trabaja después, además de con tinta y acuarela, con óleo y hojas de metal o pan de oro, plasmando líneas simples y colores primarios que la llevan hacia la abstracción. Y es esa etapa entre 1962 y 1971 la que encontramos retratada en la exposición De Norte a Sur, ritmos, comisariada por Nuria Enguita y Christine Lamothe. «Gran Finnmark rojo», vinilo y hoja de metal sobre tela de 1967

Enguita, directora del centro, además, se conmueve ante lo que denomina «horizontes verticales», señalando las cinco piezas en lienzo pertenecientes a la colección de la Fundación per Amor a l’Art de la que parte el centro, en sintonía con los otros 40 cuadros y 20 obras sobre papel que componen la muestra. Siendo Lamothe especialista en Bergman, han trabajado ambas investigando a fondo para dilucidar qué obras clave introducir en un recorrido expositivo que dé cuenta del vocabulario de formas de la artista.

«Lo más importante es que nada es fijo: de la montaña se pasa al fiordo y a los horizontes, donde la línea crea espacio y movimiento a través de la materia de la pintura», explica Lamothe, para señalar a continuación que la incidencia de la luz es esencial a la hora de apreciar estas obras, que son a la vez abstracción e imagen. «No es tanto una representación de la realidad como una interpretación propia; la forma como símbolo», apostilla Enguita dejando atrás un tremendo horizonte azul que parece coronar la última sala.

Juegos de espejos
Mientras tanto, en la entrada llama la atención la armonía entre obras de formato pequeño y formato grande, comenzando con dos únicos lienzos de tamaño medio confrontando tonos tierra con plateados, en un juego de espejos que apunta hacia el vacío. Los colores se disparan y tanto rojos como azules de acabado mate marcan un ritmo dominado por lo orgánico, destacando la viveza de acrílicos y pasta de metal sobre madera. Paisajes del norte de Europa, muros de hielo y piezas que encajan en un universo de astros recortados en blanco y negro; obras fulgurantes se conjugan en un diálogo de conocimientos intangibles. El viaje y la línea del horizonte como multiplicidad de trazos del camino vital sigue presente, como si recogiera el testigo de la muestra anterior, un proyecto de Hamish Fulton que se llevó a cabo en las mismas salas. Así, el centro consolida la coherencia de su programación expositiva en su poco más de año de andadura.