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Brassaï

Fundación Mapfre. Madrid. Hasta el 2 de septiembre de 2018
[José Jiménez. ABC Cultural, 2 de junio de 2018]

LA MIRADA INTERIOR DE BRASSAÏ

Tras su presentación en Barcelona, y antes de viajar a San Francisco, se presenta en Madrid una exposición, de verdad excelente, del gran fotógrafo Brassaï (18991984). Gyula Halász –su verdadero nombre– había nacido en Brassó ( Transilvania, hoy en Rumanía), ciudad de la que tomó su nombre artístico: Brassaï significa «de Brassó», expresión explícita de su origen.

Sin embargo, su vida, enmarcada en el signo de la modernidad, fue la de un caminante por la ciudad, un viajero por el mundo. Su padre, que había estudiado en París, en la Sorbona, fue profesor de literatura francesa en la universidad de su ciudad natal. Tras vivir en Budapest y Berlín, en las que estudia Bellas Artes, se traslada a París en 1924. Allí encontrará su asentamiento definitivo, eso sí: para seguir viajando por el mundo.

Y lo más importante: la experiencia urbana de París abrió su sensibilidad hacia la necesidad de fijar los motivos de experiencia que se vivían en la ciudad. Es decir, a su utilización de la foto como soporte y medio de expresión, intentando capturar los instantes de vida «Chez Suzy» y «En Magic City» más allá de su fugacidad. El desencadenante fue, sobre todo, la gran seducción que sobre él ejerció « el París nocturno » , como el propio Brassaï indicó, retrospectivamente en 1964: «Ya no podía aguantar por más tiempo las imágenes dentro de mí; había absorbido tantas, principalmente durante mis caminatas nocturnas, que tenía que expresarlas de una forma diferente, más directa que la que me permitía el pincel».

En su presentación en Madrid, la muestra se articula en doce apartados , que permiten recorrer su trayectoria a través de más de 200 piezas, fundamentalmente fotos, pero también documentos y publicaciones de época, algunos dibujos, y una pequeña escultura de mármol rojo: Ariane (1971), que representa un desnudo femenino, uno de los temas más recurrentes en Brassaï.

Vamos así pasando, a través de sus imágenes, por las calles como escenario de la vida, en las que vive, se muere, se duerme, y tal vez se sueña. En ellas aparecen todo tipo de personajes: gente común, con profesiones diversas. Y visitamos los lugares donde se sitúan las personalidades notorias de la vida parisina. Especialmente interesante es lo que se reúne bajo el rótulo «Placeres»: ferias, fiestas, bailes, salas de diversión nocturna, cabarets, garitos, bares… Espacios de la transgresión, en los que, junto a la gente común, aparecen la prostitución y la delincuencia.

Gran calidad
Lo que impresiona es la gran calidad de las imágenes. Brassaï utilizaba trípode, buscando la máxima estabilidad posible en la captación. Y junto a ello, la perfección del enfoque, unida a la proyección, el juego de espejos, los reflejos que así suscita el contraste de la mirada.

Se trata de forjar la mirada interior a través de la cámara, y en este aspecto se puede advertir la importancia que tuvo en él el surrealismo. En 1928, Breton caracterizó como «ola de fuerza» del arte de nuestro tiempo «el modelo interior». Eso vivimos con Brassaï: la necesidad de salir fuera para ir dentro de la vida, en su diversidad.