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Casi al azar. Óscar Domínguez, la decalcomanía y sus derivas

TEA. Tenerife. Hasta el 12 de diciembre de 2018
[Óscar Alonso Molina. ABC Cultural, 24 de noviembre de 2018]

ÓSCAR DOMÍNGUEZ, UN ARTISTA VIVO EN EL MUSEO

El Surrealismo a menudo no fue tanto una actitud como un conjunto de técnicas. Métodos ingeniosos para revelarnos la cara oculta del hombre, sus miedos y palpitantes pasiones. Métodos, decimos, o mecánicas; incluso procedimientos… Todo para crear imágenes desconcertantes de manera no menos sorprendente.

Óscar Domínguez ( 19061958), aportó a la lista una ya muy antigua y que era tenida como un simple entretenimiento en el siglo XVIII, pero de sencillez y eficacia prodigiosa: la decalcomanía. Como sabrán, se trata de extender tinta o cualquier tipo de pintura en estadio líquido en una superficie poco absorbente, sobre la cual se prensa ligeramente otra, de tal modo que al separarlas antes de que sequen, las manchas habrán creado, «casi al azar», una suerte de universo intrincado, plegado y cavernoso.

En manos de Domínguez y sus colegas, los resultados fueron paisajes indescriptibles: fondos submarinos; constelaciones, estrellas en formación, polvo interestelar… Y es que la decalcomanía triunfó entre los surrealistas (Masson, Tanguy, Ernst…), y muchos la emplearon con profusión, terminando por convertirse casi en marca.

El resultado del contacto íntimo entre la superficie pregnante y de la superficie virgen, en blanco, que se tumba sobre ella para recibirla y teñirse mediando sólo un contacto leve, es un campo visual abstracto que nuestro ojo-cerebro va a intentar organizar con insistencia. Tras tal esfuerzo configurador lo que se produce es el afloramiento del funcionamiento de nuestro sistema perceptivo, por un lado; y, por otro, un flujo proyectivo, asociativo e imaginativo, que el resorte informal pone en marcha. Porque entre lo que se ve y lo que deseamos ver se organiza una tensión, cierta «erótica»…

Sobre las derivas que la vieja técnica y sus implicaciones encuentra en el arte del presente, Isidro Hernández Gutiérrez ha desarrollado este proyecto, en el cual, como comisario, vuelve a apostar por un modelo de trabajo singular, más poético que analítico, de excelentes resultados. Así, a la hora de seleccionar y articular las piezas, ha rehuido las lógicas habituales, y antes que un discurso conceptual delimitado y rígido, opta por plantear distintos escenarios de posibilidades, plagados de analogías que hacen brillar las obras y dejan al espectador trazar de manera abierta la trama del conjunto.

Imposiciones absolutas
En el recorrido, los trabajos de época y los realizados exprofeso para la cita se mezclan para componer este mosaico muy bien medido e impecablemente montado, donde los experimentos en torno al automatismo, el paisaje y la configuración del sentido parecen los principales ejes argumentales. Hay, como es lógico, piezas (o diálogos) que por sí solas se imponen de manera abrumadora, como la cascada de tinta de Lecuona y Hernández ante las monumentales fotos de Wolfgang Tillmans; caso también de los vídeos de Jeremy Everett y Laurent Grasso, que ofrecen lecturas inesperadas de la plasticidad pictórica; o la sutileza de Sema Castro y de Paco Guillén en su relectura de la técnica, o el dibujo-performático de Bente Stokke, realizado en trance, donde el control del gesto, obsesivamente repetido, se deja una vez más «casi al azar».