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Chagall. Los años decisivos, 1911-1919

Museo Guggenheim. Bilbao. Hasta el 2 de septiembre de 2018
[Javier Arnaldo. El Cultural, 20 de julio de 2018]

MARC CHAGALL, PARÍS-VITEBSK

Vivió casi cien años, pero le bastó haber llegado a los 34 para redactar Mi vida, una de las autobiografías de artista más hermosas que se conozcan. Para 1921 el aún joven Marc Chagall, cuya pintura ya era muy marcadamente autobiográfica, hubo de sentir que se cumplía un ciclo del que hacer memoria escrita, y lo tituló así, Mi vida. Esta exposición, concebida, organizada y producida en Basilea por el Kunstmuseum, y programada ahora por el Museo Guggenheim de Bilbao, atiende, con una importante selección de pinturas y dibujos, al trabajo de Chagall anterior a la redacción de aquellas memorias. Más concretamente el título de la muestra habla de “los años decisivos, 1911 – 1919”. Ese espacio de tiempo coincide en su inicio con la llegada del pintor ruso a París; mientras que 1919 es el año en que crea la Escuela de Arte del Pueblo en el Vitebsk revolucionario. Así más o menos se justifica. Pero ante todo se nos sitúa en un tracto temporal casi idéntico, qué carajo, a la década de 1910, en la que acontecieron las vanguardias artísticas, cuya intensa historia en Francia y en Rusia fue también la de Chagall.

La alianza del pintor con la modernidad vanguardista quedó simbólicamente sellada en 1913 con el Homenaje a Apollinaire, una de las pinturas señeras que se muestran en Bilbao. Este emblema de cuatro metros cuadrados, con los primeros seres, Adán y Eva, embutidos en un solo cuerpo erguido sobre unos discos de colores a lo Robert Delaunay, fue pintado para honrar el espíritu de la vanguardia encarnado, entre otros, en el poeta Guillaume Apollinaire y en el por este denominado orfismo, por entonces en plena eclosión.

La pintura de Chagall se ensanchó enormemente en sintonía con ese espíritu tras su llegada a París, pero permaneció siempre fuera de los lenguajes dominantes. Y una explicación de tan llamativa soberanía se halla precisamente en el fuerte carácter autobiográfico que denota una obra cuyos temas con tanta insistencia ahondan en las raíces vivenciales y culturales propias de su autor. Algunos de ellos son personalísimos, como su amor por Bella Rosenfeld, mientras otros se encuadran en la identidad nativa. Su entorno vernáculo, su Vitebsk natal y, más en concreto, la comunidad judía a la que perteneció se frecuentan como motivos irrenunciables de su imaginería, pinte donde pinte.

La alianza del pintor con la modernidad vanguardista quedó simbólicamente sellada en 1913 con el Homenaje a Apollinaire
Tomándonos la licencia de replicar los títulos París-Berlín, París-Moscú, etc., de las muy célebres exposiciones que hizo Pontus Hultén en los años setenta, esta es un París-Vitebsk. En ese eje se articula el itinerario expositivo, a la vez que una constante, la de la pertenencia nativa, no deja en ningún momento de manifestarse. La muestra se beneficia a este respecto de un rendimiento investigador interesante, por cuanto aporta mucha información acerca de los hábitos y condiciones de vida de la comunidad judía en las regiones occidentales del imperio ruso, en conexión con temas expresamente tratados por Chagall. Ofrece una aproximación que se complementa muy bien con la lectura ofrecida por la reciente exhibición del Centro Pompidou en París: Chagall, Lissitzky, Malévich… La vanguardia rusa en Vitebsk, 1918 – 1922. Esa otra exposición comenzaba donde la de Bilbao termina, en la Escuela de Arte del Pueblo creada en Vitebsk por Chagall en enero de 1919, un episodio extraordinario en la historia de las enseñanzas artísticas. Chagall convocó a Ivan Puni, Vera Ermolaeva, El Lissitzky, Malévich y otros para que se incorporaran a esa escuela como docentes, con el propósito de desarrollar un arte revolucionario en plena libertad, independiente de estilos y tendencias. Pero se vio desbordado por sus huéspedes, que hicieron por convertir aquella academia obrera en Escuela Suprematista bajo la autoridad de Kazimir Malévich. En junio de 1920 presentó Chagall su renuncia. Se sabía demasiado poco sobre esa Escuela de Vitebsk antes de verse ilustrada por la exposición de París, que ha comisariado Angela Lampe.

Algunas obras de la exposición de Bilbao, como El paseo, de 1918, también ayudan a entender la singular dimensión que Chagall confiere al arte revolucionario, esto es, cómo entiende la manumisión social mediante la práctica del arte. Pero son contadísimas las obras posteriores a 1915 que ahí se exhiben, aunque anuncien lo contrario. Verdaderamente la selección de pinturas y dibujos reunida en el Guggenheim se presta mucho mejor a mediar en el conocimiento de la obra anterior a la Revolución. Y más específicamente participa un muy estimable esfuerzo en ahondar en el universo de una pertenencia comunitaria tan enfatizada por Chagall.

La humildísima vida de Vitebsk que ilustraron sus cuadros con el fervor de un poeta-niño pasaba asimismo a comunicarse en fértil interlocución con el arte nuevo. Ese agregado de circunstancias se recrea muy satisfactoriamente en la exhibición. De modo que a la ocasión de contemplar obras magníficas, como El vendedor de ganado, de 1912, o el Judío rojo de 1915, se une el ofrecimiento que la exposición nos hace de descubrir en ellas nuevas claves interpretativas. Las colaboraciones del catálogo convergen en ese propósito. Son, eso sí, las mismas del catálogo publicado por el Kunstmuseum de Basilea para la exposición Chagall, que estuvo abierta hasta el 21 de enero. Ni siquiera escribe en él la comisaria nominal de la muestra bilbaína, Lucía Agirre. Apena que el rico Museo Guggenheim no solo se haya acostumbrado a renunciar a la producción propia de exposiciones, sino que ni siquiera se interese por hacer aportación intelectual alguna a un proyecto muy costoso que programa con su propio equipo curatorial. Con todo, los pensamientos sobre la economía de la cultura en el templo vizcaíno de Frank Gehry se esfuman en cuanto uno mira el Homenaje a Apollinaire.