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Daniel Verbis. Tramadramas

Domus Artium. Salamanca. Hasta el 19 de agosto de 2018
[Óscar Alonso Molina. ABC Cultural, 28 de abril de 2018]

DANIEL VERBIS, DESDE DENTRO

Ante el trabajo de Daniel Verbis ( León, 1968), resulta difícil sustraerse a la impresión de estar envuelto en escenas lúbricas, por momentos casi obscenas: fragmentos en zoom sobre pliegues íntimos del cuerpo; la anatomía en posturas inconvenientes; orificios y apéndices, acoplamientos; secreciones y exudados, manchas o goteos. O esta pintura o el crítico son más calenturientos de lo que se supone… Como en aquel viejo chiste del psiquiatra, cuando alarmado ante lo que dice ver el niño en las cartulinas de Roschach que le muestra, participa al padre su sospecha de que la criatura esté perturbada: «No te jode, ¡si no hace usted más que enseñarle porquerías!». Pues aquí, donde no asoma ni una sola figura en el sentido tradicional (la pintura de Verbis es estrictamente abstracta), lo mismo: no dejamos de verlas hacer cosas que mejor no describir.

Todo es resultado del hábil manejo por su parte de los mecanismos de alusión, configuración y prefiguración; los de percepción, en última instancia. Los elementos que componen las escenas están y no están ahí, delante de nosotros, bajo un efecto estroboscópico, y por ello mismo resultan provocativas al ojo. Mecanismo de atracción y repulsión. De hecho, cuanto menos enfocamos la mirada, en los reojos o en el primer vistazo distraído al entrar en la sala, es cuando sus imágenes resultan más elocuentes. Por el contrario, si nos empecinamos delante de ellas, interrogantes, fiscalizadores, demandando que se revele lo que ocultan, el resultado es un cerramiento hermético, casi indescifrable. Seductor, sin duda, pero inaccesible.

Y hay todo un filón que el trabajo de Verbis entrega a quien le ofrece con generosidad su tiempo, pues si el asunto se resiste, o incluso nos esquiva, la mirada cercana, morosa y en busca del detalle por la superficie de sus telas pone en evidencia a un pintor con una cantidad de recursos impresionante, capaz de resolver trozos complicadísimos, organizar lo que parece imposible, y cuidadoso hasta el extremo.

In crescendo
Esto funciona así sobre todo a medida que el tamaño de las piezas aumenta. En uno de los puntos culminantes de esta exposición del DA2, el portentoso cuadro de más de ocho metros que aquí ve la luz pública ( Entre tinieblas soy por primera vez, 2017), la cosa cobra un cariz abrumador. La inmensa superficie de la tela nos envuelve ocupando el campo visual, mientras su estructura y organización, los juegos de equilibrio y recovecos, con sus múltiples efectos y juegos ópticos, desconciertan, en un azogue de la mirada que no puede ya reposar en punto alguno. Todo allí está en plena acción sin apuntar movimiento; dotado de energía sin gastarla; a punto de derrumbarse o estallar sin amenaza… Es un prodigio, e incuestionablemente, un ejercicio muy especial dentro de su carrera.

A pesar de lo imponente del alarde, la obra no aporta nada que no estuviera ya en la poética de Verbis, más allá del impulso con que para la ocasión ha abordado algunas de sus notas más características. Y es que, como ocurre a menudo en sus composiciones, donde no se cuenta con un «protagonista» delimitado, pues aparece troceado y esparcido de manera irregular por toda la superficie, lo fenomenal no tiene tampoco en esta exposición centro privilegiado, un punto de fuga que organice lo de alrededor para conducirlo hacia cierto desenlace. No hay tampoco un núcleo. Ni siquiera dentro de cada una de las grandes salas en que está pautado el recorrido se proporciona al visitante esa tranquilizadora certeza de «los capítulos». Sin tesis ni relato, pues, la muestra –organizada por el propio artista– participa de idéntica lógica que las obras que contiene. Incluso en esos tramos dedicados a «sus comienzos» en los primeros noventa, donde descubrimos trabajos variados, lejos del repertorio característico que con las décadas han llevado a Verbis a ser considerado uno de los más valiosos artistas de su generación.

El peso intelectual y analítico en su manera de entender las artes arranca ya de ese primer momento, sobre todo en la pintura, donde él mismo se ve cada día más involucrado; pero también en la escultura, el dibujo, los ensamblajes o las fotos. De todo ello hay buenos ejemplos en Salamanca. Frente a esos ejercicios juveniles, Verbis confiesa cómo en ellos detecta su incapacidad para ser un artista netamente conceptual: «Al final no podía evitar que me preocupara el aspecto que presentaba incluso un punto o una mancha, y terminaba por darles forma».

Perverso y sutil
Basta con ver aquellas elásticas retículas de su primera época, dibujadas con tiza sobre la pared, para entender que no hay un cambio de paradigma estético desde entonces, sino más bien la intensificación de la complejidad en su manera de afrontar las imágenes. También hay más perversidad y sutileza, pero la inteligencia sigue siendo la misma. Sabiduría pictórica acumulativa, donde se filtran también pasiones y referencias, citas cultas que él ni niega, ni esconde: desde las visuales (Rosenquist, Gordillo, Alcolea) a las teóricas (el psicoanálisis, Duchamp, Deleuze, Bataille). Desde ellos, Verbis conjuga el origen mental de toda imagen, que se transforma en forma orgánica, íntimamente ligada al cuerpo y su lógica. Peso, temperatura, pulsiones, entrañas…

De ahí deduzco que el quid de todo el vaivén entre tensiones contrapuestas que caracteriza su poética desde los comienzos no sea el de la modernidad (la idea de lo superficial frente a lo profundo), como tantas veces se ha dicho, sino el de lo exterior como un aspecto más de lo interno. De momento, para discutirlo, lo mejor será dejarse engullir por esta magnífica suerte de introspectiva, donde el artista se autoanaliza.