Prensa

Artistas

Series

Ofertas

Catálogos

Precios

Comprar

Información

Prensa

Doce fotógrafos en el Museo del Prado

Museo del Prado. Madrid. Hasta el 13 de enero de 2019
[María de la Peña Fernández-Nespral. ABC Cultural, 22 de seotiembre de 2018]

TOMARSE UNA FOTO EN EL MUSEO DEL PRADO

esde mediados del siglo XIX, la fotografía constituye un ineludible punto de referencia para el conocimiento del pasado. Fue gracias al célebre fotógrafo J. Laurent que ha llegado a nosotros una vista panorámica de la Galería Central del Museo del Prado en 1882, la cual nos desvela la abigarrada forma de colgar los cuadros en el siglo XIX, cubriendo prácticamente las paredes, muy lejos de la holgada manera de exponer que disfrutamos hoy. La foto nos permite, por tanto, mirar al ayer pero conserva también el valor actualizador, el que da pie en esta exposición a renovar la visión que tenemos del museo. «Hay que seguir actualizando la mirada del Prado, y precisamente en este momento en el que los grandes fotógrafos del mundo se han quedado fascinados con la idea del museo», explica el comisario de la muestra, Francisco Calvo-Serraller.

Es debido a esa atracción que despiertan los centros de arte que otros fotógrafos internacionales «penetraron» con anterioridad en el Prado. Lo hicieron el alemán Thomas Struth con sus fotos de la vida cotidiana del público con las obras, o el italiano Francesco Jodice, que rindió homenaje a sus visitantes mediante su mirada de los que miran las obras de arte.

Entusiasmos
Esta nueva invitación por parte de la Fundación Amigos del Museo del Prado a doce fotógrafos contemporáneos de nuestro país ha provocado, según su comisario, verdadero entusiasmo entre los artistas. A Alberto García-Alix (León, 1956), el Prado le ha vuelto a cautivar. Fue gracias a su madre que lo descubrió de niño – « aunque iba siempre en busca de los desnudos»– pero revisitarlo para hacer este trabajo ha sido, para él, apasionante. Horas y horas solo en las salas, con su ayudante Pilar y una humilde escalera. El Descendimiento de Van der Weyden fue una de las obras que eligió «porque te puedes tirar horas y ni siquiera disparas una sola vez. Solo miras». Pero le sirvió para insertar imágenes superpuestas «rehaciendo el cuadro sin que perdiera la identidad del pintor», y, sobre todo logrando una potencia asombrosa. «El Prado puede ser aún más gore que el Antiguo Testamento o la Biblia entera. Incluso más erótico», afirma el fotógrafo. Esa carga erótica, sello de García-Alix, está igual de presente en las dos fotos que ha realizado para la exposición que en sus conocidas instantáneas de moteros tatuados.

Cristina de Middel (Alicante, 1975), último Premio Nacional de Fotografía y el madrileño Javier Vallhonrat (Madrid, 1953) se han decantado también por el recurso de las superposiciones. La primera ha compuesto un collage de infantes rococó que flotan entre vaporosos ropajes, mientras que Vallhonrat confronta fotografías de la naturaleza real con paisajes que exhibe El Prado.

Entre los 12 fotógrafos reunidos, cuatro se han inspirado en elementos arquitectónicos del Museo. Es el caso de José Manuel Ballester, para quien El Prado ha sido siempre su gran escuela, «un taller de aprendizaje». Ha trabajado en la sala de las Meninas para vaciarla y dejar como única presencia la obra maestra, a su vez casi por completo despoblada, sin sus personajes. Su segunda foto es el interior del Salón de Reinos, tal y como está, antes de comenzar su esperados trabajos de ampliación, con sus escombreras laterales. Ambas fotos simbolizan para él el presente y el futuro del Museo, «que por muy clásico que sea, sigue vivo, con nuevos proyectos como la ampliación del Salón de Reinos».

La pareja de fotógrafos Bleda y Rosa (María Bleda, Castellón, 1968, y José María Rosa, Albacete, 1970), también ven el arte a través de la arquitectura del museo pero de forma conceptual y hurgando en las heridas de la Historia. Sutilmente políticos, como los describe Calvo Serraller, han colocado el Carlos V en la batalla de Mühlberg de Tiziano entre las puertas de madera de la institución para hacer una glorificación de la guerra.

Otro de los artistas que no podía faltar y que explora el significado del centro a través de su contenedor arquitectónico es Chema Madoz (Madrid, 1958). Desde un punto de visto irónico-conceptual y casi poético representa dos marcos triangulares o escuadras sobrepuestas y, en otra foto, enmarca el ángulo del suelo de una de las salas.

Esos golpes de luz
Por su parte, el más joven de los doce convocados, Aitor Ortiz (Bilbao, 1971), nos enseña, de forma minimalista, unas salas de exposición temporal por completo desnudas cuya vacuidad está potenciada mediante sutiles golpes de luz o contraluz.

Forman otra familia de fotógrafos los denominados «analógicos»: Javier Campano (Madrid, 1950), Pierre Gonnord (Cholet, Francia, 1963) y la mayor de todo el grupo, Pilar Pequeño (Madrid, 1944). Esta última sigue el camino de los realistas madrileños como Antonio López. Como si de un Zurbarán se tratase, ha compuesto un exquisito bodegón con una austera bandeja de estaño, mientras que Campano ha hecho dos bodegones de caza y pescados. Por su parte, el francés afincado en Madrid ha rebuscado entre los visitantes del museo hasta dar con personajes que se identifiquen con lo representado en las obras de El Prado.

Por último, están los fotógrafos que Calvo Serraller llama «los rara avis». Isabel Muñoz (Barcelona, 1951), vuelve a mostrar en sus fotos su interés por la danza y el movimiento del cuerpo, mientras que Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955), un clásico de la vanguardia española, ha recuperado el famoso grafoscopio de J. Laurent y una serie de imágenes oxidadas sacadas de las alcantarillas de los alrededores de El Prado para hacer una reflexión sobre el tiempo.

En definitiva, estos doce fotógrafos, con sus 24 fotos, han congelado el tiempo con su fragmentación de la grandiosidad de la pinacoteca. Por qué ese fragmento y no otro, podríamos preguntarnos. Es ahí donde está el arte, en ese trozo de realidad que ha escogido el artista y que seduce inexplicablemente al espectador. Vayan a El Prado con los ojos bien abiertos. Son las mismas obras y espacios de siempre, pero los han actualizado estos autores, sin renunciar a su pasado desde el mismísimo presente.