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El Gran Río. Resistencia, rebeldía, rebelión, revolución

Círculo de Bellas Artes. Madrid. Hasta el 26 de agosto de 2018
[Fernando Castro Flórez. ABC Cultural, 31 de marzo de 2018]

IMÁGENES DIALÉCTICAS DE TODAS LAS REVOLUCIONES

escuchamos en la fantástica película El Gran Río que «el tiempo viejo ha pasado», mientras vemos imágenes de ondas de agua, personas caminando contra el viento, incluso a Trump entrampado en su post-verdad o al enmascarado de V de Vendetta. No sabemos «dónde están las flores», pero sí hemos visto cómo cayeron las estatuas de los líderes revolucionarios, ya fuera el de los bolcheviques en Good Bye Lenin, o el mismísimo Cristo sobre la plaza de San Pedro en Lucía Jalón y David Sánchez Usanos han comisariado, en estrecho e intenso diálogo con Juan Barja, una exposición que ofrece una serie de imágenes dialécticas de la resistencia, la rebeldía, la rebelión y la revolución, por emplear la expresión benjaminiana, «en el instante del peligro».

Sin penas
Actuando como verdaderos historiadores materialistas, han realizado una impresionante labor de montaje cincuenta años después de Mayo del 68, evitando toda actitud nostálgica, ofreciendo una narración que es ambiciosa y un ejemplo de lo que Deleuze y Guattari calificaron, en torno a Kafka, como «literatura menor».

Así, combinando el mapeado y el montaje cinematográfico en una excepcional apropiación de infinidad de fragmentos con la estrategia del Atlas warburgiano y la recopilación de citas, plantean una intensa filosofía revolucionaria en la que puede ser tan importante bailar como Zorba o sentarse como hizo Rosa Parks el 1 de diciembre de 1955 en un asiento central de un autobús.

La rebelión, como apuntó Fanon, puede venir simple pero eruptivamente de un «no poder más». Octavio Paz apuntaba que la revolución tiene más que ver con la política y con lo colectivo, mientras que la rebeldía estaría vinculada a lo individual, a lo existencial-estético: «Rebelde: el héroe maldito, el poeta solitario, los enamorados que pisotean las leyes sociales, el plebeyo genial que desafía el mundo, el dandi, el pirata. Rebelión también alude a religión. No al cielo ni al infierno: soberbia del príncipe caído, blasfemia del titán encadenado. Rebelión: melancolía e ironía. El arte y el amor fueron rebeldes; la política y la filosofía, revolucionarias».

Vemos al Che leyendo a Goethe, y a Allende entusiasmado en un discurso; a refugiados en patera con cara de pánico; las tipologías arquitectónicas y las demoliciones que fundaron el postmodernismo; los inmensos campos de refugiados; y escuchamos el «no nos moverán» como si camináramos por un filo depresivo, exorcizando toda nostalgia. «Con su alegría fundadora –escribe Georges DidiHuberman– la sublevación amplía el mundo».

Dinámica de fluidos
Más que historicista, las perspectivas narrativas que aquí se despliegan tienen que ver con la física, con la dinámica de fluidos. El «espectro» de la revolución retorna como una «ola de protestas» que lleva a invocar de Michel Serres, las imágenes de olas de Lucrecio y, por supuesto, el río metamórfico de Heráclito.

En la excelente selección de citas de casi 200 páginas del catálogo, se advierte que el material decisivo para este montaje ha sido el Libro de agua, de Leonardo, un verdadero mapa de los desbordamientos. En época de globalización de las resistencias, y de completa indignación ante la corrupción institucional, se puede derivar hacia lo que Wendy Brown calificó como «melancolía de izquierda», o en una fascinación «retromaniaca» por las utopías del pasado. El Gran Río contiene, entre tantos materiales, el recuerdo de que la rebeldía fractura al ser « y lo ayuda a desbordarse» (Camus). Una cita de Benjamin resplandece como un diamante en medio de la ruina que crece hasta tocar el cielo: « Que todo permanezca como está, tal sería sin duda la catástrofe».