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En construcción

CGAC. Santiago de Compostela. Hasta el 28 de octubre de 2018
[María Peña Lombao. ABC Cultural, 21 de julio de 2018]

ÁLVARO SIZA, GRACIAS POR TANTO

Siendo un tema muy recurrente la relación de la escultura y la pintura con la arquitectura, la oportunidad que nos brinda En construcción, en el CGAC, es lúcida: el edificio de Álvaro Siza se encuentra okupado. Ocupado por obras (de arte) que remiten al edificio que este año cumple 25 años y que tantas exposiciones ha empujado con su generosa configuración espacial. El CGAC, desempolvando piezas de su colección, resalta de esta manera que siempre ha sido una arquitectura que ha acogido arquitecturas, conviviendo con ellas. Hablamos de los diálogos del museo «de Siza» con los comisarios y las obras que han dibujado líneas a través de las salas. Veinticinco años llevamos visitándolo, siempre con placer y con la curiosidad de ver cómo hablará el lugar con la exposición inaugurada.

En esta ocasión, los trabajos hacen referencia directa a los materiales de construcción. Desde el que lleva por título Brutalismo, de Marlon de Azambuja, que presenta un rascacielos con ladrillos y sargentos, pasando por las casetas de pescadores de Juan Gopar ( Keep it Yourself) construidas con residuos de playa, o el abecedario que sugieren los módulos de la propuesta de Héctor Zamora ( De/construcción). El Centro Gallego está tomado por construcciones que no firman arquitectos, sino artistas que elaboran estructuras interactivas. Y que interactúan con el propio edificio que las guarda de noche. Santiago Olmo describe el eje temático de la muestra: «La construcción depende muy estrechamente de los procedimientos o metodologías de trabajo y de una cierta práctica del ensamblaje emparentado con el collage, que diluye los límites entre pintura y escultura; entre objeto, mueble y escultura (entendida como modelado); entre ready-made y reciclaje; entre alta y baja cultura; entre monumento y antimonumento; entre arte, interiorismo, arquitectura y diseño».

Y es que, a lo largo del siglo XX, los artistas se han ido apropiando e intercambiado simbióticamente haceres y pareceres de otros campos más o menos ajenos a la exclusividad de la pintura, la escultura, el dibujo o la performance. Se trata de corrientes que arrastran hacia el museo y sus colecciones viñetas, recuerdos de casas, tablillas, cuerdas y cartones. Jessica Stockholder, Carlos Bunga, Tobias Rehberger, Hisae Ikenaga o Lara Almarcegui dan fe de ello.

Los materiales son los grandes protagonistas. Por más que las obras tengan un acabado definido, las partes, los módulos, las líneas geométricas sobresalen por encima de la forma final. Arquitectura y arte se retroalimentan, utilizando la ligazón de la escultura y la instalación. Todas apuntan al interés de sus creadores por la resolución espacial de sus ideas a través de la arquitectura y las construcciones. Maquetas, ladrillos, luces, sillas, mesas y mobiliario que remiten a desechos de viviendas y edificios, y que son reciclados para otros menesteres.

La arquitectura artística, las obras de arte arquitecturizadas –o como quieran llamarle a esa pareja infinita de antiguos amantes– se ha colado en un museo que tal vez, si en Galicia aún no está cerrado, es porque lo firma Álvaro Siza.