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Eusabeio Sempere

Real Academia de Bellas Artes. Madrid. Hasta el 20 de mayo de 2018
Museo Reina Sofía. Madrid. Hasta el 9 de mayo de 2018
[Fernando Castro Flórez. ABC Cultural, 5 de mayo de 2018]

EL HOMENAJE NECESARIO A EUSEBIO SEMPERE

Incluso los artistas que aspiran a la luz má spura pueden tener una obsesiva querencia por la sombra. “Voy a contarte -le dice Eusebio Sempere a Andrés Trapiello en las conversiones que fueron publicadas por Ediciones Rayuela en 1977- lo que más desearía del mundo: pintar y reunir toda la obra, encerrada en un sitio, y al final destruirla toda”

Afortunadamente este artista al que le agredía todo (los árboles, la primavera, el otoño, el sol, el verano, el metal frío) no consumó su deseo destructivo. Sempere (1923-1985) era un pintor con mala vista, al borde de la ceguera, preocupado desde la infancia por todo lo puntiagudo, como si cualquier cosa pdiera clavarse en sus ojos. A pesar de que no veía la distancia entre las cosas y todo parecía plano, no dejó de jugar con el espacio, planteando fascinantes juegos geométricos.

Rastro de la pasión

Sempere señala que el bojeto en la pintura de los grandes artistas del pasado era sujeto activo, rastro de la pasión. “La pintura se presenta como realidad fragmentada, como necesidad de fragmentción, Es como si nos etuviera invadiendo el sentido de la impotencia, el sentido de la reducción. Nuestro arte es el resultado de la reducción, de ir mermando lo que es la realidad, y la pintura es esa realidad convertida en superficie framentada. Es el caso de Klee. Cada pintor es un fragmento de las posibilidades de la época y aun el mismo está en el periodo de fragmentación continua”.

Tras Matisse, el gran monstruo del color, y Picasso, que para Sempere fue “el último gran pintor tradicional”, estábamos atravesando el tiempo de la antipintura, ejeplificado por Mondria. Instalado en París, se puede decir que el aicantino casi aprendió a “escribir” bajo el influjo de Kandinsky, y estableció un diálogo con creadores como Augeste Herbin o Jean Arp.

El crítico Michel Seuphor, ardiente defenso de la abstracción geométrica, destacaba a Sempere como una especie de innovador, un pionero en el que todo era medida y sobriedad. Él no fue nunca un seguidor del op-art ortodoxo, diferenciándose de la grafía de Vasarely y del cientificismo, quedando fuera de la gran exposición fundacional Le mouvement (1955) en la galería Denise René. El artista advierte que él se diferenciaba del núcleo parisino del arte óptico-cinético en que su educación estaba marcada por la pintura tradicional, por Goya o Ribera y, además, en algunas de sus obras aplicaba pasta pictórica, cuando lo que los «ópticos» exigían eran el uso exclusivo de color plano y liso.

En 1954, con motivo de su participación en el Salon de Réalités Nouvelles, Sempere definió el problema fundamental de su obra como la presentación de la profundidad mediante planos superpuestos y la utilización del movimiento, la luz y el tiempo para conseguir «un diálogo poético entre los elementos que componen la obra».

A su regreso a España, expuso a principios de los sesenta a instancias de Aguilera Cerni, el crítico con el que mantuvo el más estrecho diálogo, en la muestra del Grupo Parpalló en el Club Urbis de Madrid y en la I Exposición Conjunta de Arte Normativo del Ateneo Mercantil de Valencia.

De Venecia a Sao Paulo
En 1960 fue invitado a participar en la Bienal de Venecia con sus relieves luminosos móviles, y en 1961 su obra se mostró en la VI Bienal de Sao Paulo de 1961, justamente el mismo año en que expone en el Ateneo de Madrid. En 1965 fue incluido en la importante muestra The Responsive Eye, organizada por el MoMA en 1965, la cual repasaba la genealogía del movimiento op-art y el arte cinético. En España, su estética estaba en las antípodas de informalismo, y el desencuentro con El Paso era evidente: su obra era «una pequeña isla en el mar emEugenio Sempere be en el tiempo con una sensibilidad contenida y, por lo tanto, más conmovedora».

Este artista meticuloso, entregado a trazar figuras geométricas con finas líneas, buscaba «oscuramente la expresión de la luz» (Seuphor). Una tensión estrictamente mística que se concreta en las hermosas obras dedicadas a San Juan de la Cruz que pueden contemplarse enn la muestra de la Calcografía Na-Nacional. Sempere fue, como po-podremos apreciar en la retrosospectiva del Museo Reina Sofía, fía, un poeta de la luz, un geómetra etra que parecía esperar una epifaifanía, un artista que trató de transansmitir la sensación de serenidad dad y una visión de lo eterno, a pesar de todo, atravesando la so-soledad, sin olvidar la tristeza.