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Henri Michaux. El otro lado

Museo Guggenheim. Bilbao. Hasta el 2 de febrero de 2018
[Fernando Castro Flórez. ABC Cultural, 27 de enero de 2018]

HENRI MICHAUX, NOSTALGIA DEL INFINITO

En la obra de Michaux encontramos una intensa experiencia del pensar, pero también una capacidad enorme para dar rienda suelta a los ritmos de la mano, generando un «pensamiento de la eterna inminencia» (Blanchot). En Las grandes pruebas del espíritu, advierte que el pensamiento se revela en las disfunciones: lo que puede guiarnos en una nueva tonalidad del ser son las demencias, los retrasos, los delirios, los éxtasis y las agonías. Se trata de prestar atención a los fenómenos microscópicos de la mente, y también estar abierto a las enseñanzas de la escritura hermética de los esquizofrénicos, que desconcierta a los que viven en la tranquilidad de las certezas.

En un hermoso texto sobre Michaux, Octavio Paz subraya que hay un elemento saturniano en el mundo que éste genera. Como Artaud o Cocteau, arriesga algo más que su estilo, escucha unos crujidos que se vuelven parte de su ser. Cuando todo se hunde, la única respuesta es la risa, la convulsión de los desesperados. La memoria extraviada de Michaux recupera la «alquimia del verbo» de Rimbaud que, tras exigir el silencio, se entregó a la tarea de fijar vértigos.

En una entrevista con JeanDominique Rey, Michaux señalaba que todo es movimiento: el cuadro se hace presente cuando se percibe este desplazamiento incesante. Este creador comenzó a relacionarse con las imágenes por medio de la escritura abstracta, una danza de los signos que le excitaba enormemente. Lo que estaba mirando cuando comenzó a sentir la insuficiencia de los nombres es el hueco, la herida, la ausencia. Starobinski advierte que, cuando miramos sus pinturas, gouaches y tintas experimentamos la sacudida de lo extraño, pero inmediatamente nos orientamos a través de esa zona anómala.

Una revelación
Para Michaux, la droga es más reveladora que creadora; comenzamos a diferenciar lo que se percibía como homogéneo y, de pronto, el horizonte conocido se desmantela. « La droga –escribe este sujeto que experimentó a fondo con la mezcalina– abre la conciencia de otros muchos pasajes, y también de deseos, que se convierten en impulsos súbitos, violentos, fulgurantes».

Enrique Ocaña recuerda en El Dioniso moderno y la farma
cia utópica (Anagrama, 1993), que, según Baudelaire, los vicios del hombre, por espantosos que parezcan, aportan una prueba de su ansia de infinitud: «Así, en cualquier lugar y época, el ser humano ha recurrido a la farmacia para escapar, aunque sólo fuese unas horas, de su morada de barro y “alcanzar de golpe el paraíso”. En su extremo, el ebrio llega a endiosarse, a soñarse Dios».

La leyenda del «don de la ebriedad» se extiende desde el kykeon de los misterios eleusinos hasta el LSD que administrara con «rigor universitario» Thimothy Leary; de las veladas del Hotel Pimodan del psiquiatra Moreau, hasta las fiestas en la Factory warholiana cuando los anfetamínicos dictaban novelas. En La isla, de Aldous Huxley, la ebriedad tenía virtudes pedagógico-sociales; en Un mundo feliz, lo que se manifiesta (con el consumo de «soma») es la consumación del nihilismo. Los hombres contemporáneos están dopados desde la más tierna infancia. No hace falta que consumamos opio para ingresar, como Thomas de Quincey, en el espacio carcelario piranesiano cuando estamos en La Red viralizando naderías.

En los pantanos
No faltan artistas que siguen adentrándose en los pantanos de la droga: por ejemplo, Francis Alÿs, haciendo «narcoturismo» en Copenhague; Santiago Sierra pagando con ella a prostitutas para que se tatúen una línea en la espalda; Teresa Margolles recordando a las víctimas de la guerra narco-policial en México; Marina Abramovic repuesta de un mal viaje con ayahuasca o J. Núñez Gasco esnifando medio gramo de «felicidad». Cuando Oiticica hizo las piezas de Cosmococa ya estaba arruinado el destino chamánico del arte contemporáneo y tan sólo quedaba realizar una balada de sufrimiento como la que componen las fotos de Nan Goldin. La película Kids, de Harmony Korine y Larry Clark, es el eclipse de la estetización de la droga.

La generación post-prozac tiene que ofrecer un perfil de «emprendedor hiper-activo», necesita empastillarse para aguantar el tirón. Ya no podemos viajar al país de los tarahumara: aplanada la alteridad por la experiencia global del turismo, la ingesta de peyote puede terminar bienalizada, como hiciera Ernesto Neto en una instalación pseudo-chamánica apta para selfies. Michaux consideraba que las visiones mezcalinianas eran el colmo de lo deslumbrante, inestable, sutil, inasequible, oscilante, tembloroso, martirizante e hiriente; esas imágenes que garabateaba frenéticamente eran «las más cargadas, más intensamente bellas, más horriblemente coloreadas, más agresivas, más idiotas, más extrañas». Esa revelación, que se producía a través de una química ritualizada, resuena como algo anecdótico, atrapado seguramente en la nostalgia del infinito.