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In Lapide Depictum. Pintura italiana sobre piedra, 1530-1555

Museo del Prado. Madrid. Hasta el 5 de agosto de 2018
[Elena Vozmediano. El Cultural, 4 de mayo de 2018]

LA CARNE DE LOS DIOSES

In Lapide Depictum podría clasificarse como una de esas pequeñas exposiciones en las que se divulgan los resultados de un proyecto de restauración y estudio técnico de una o varias obras, trabajos que forman parte de la actividad nuclear de cualquier museo que se precie. Pero es mucho más. Ana González Mozo, investigadora del Gabinete de Documentación Técnica del Prado, ha montado una muestra en la que las pinturas sobre piedras monocromas del Renacimiento italiano que posee el museo -un conjunto solo comparable al del Museo de Capodimonte en Nápoles- son el punto de partida de un fascinante viaje a la Antigüedad y, más allá, al “tiempo profundo” de las rocas.

Sólo por la oportunidad de contemplar sin prisas el Ecce Homo y la Dolorosa de Tiziano, limpios, sin marcos y con sus traseras de pizarra y mármol pintado a la vista, ya merecería la pena la visita, pero además el montaje las pone en relación, a través de reveladoras perspectivas, con las otras obras pictóricas expuestas, de Sebastiano del Piombo, Volterra -muy interesante la comparación entre las dos versiones de un mismo retrato, en tabla y en pizarra- y los Bassano -más de mercado-, y con piezas arqueológicas y geológicas bien traídas para amplificar esa larga historia interna del relato y para hablarnos no solo de pintura sino también de la vida eterna, del culto a los iconos, de la magia de la representación.

Estas pinturas sobre pizarra y mármol se situaron en la cima de los debates estéticos del momento y constituyeron un tour de force para los artistas más ambiciosos desde el punto de vista intelectual y técnico. Aunque después se hicieron algunas más grandes, en altares, las obras que protagonizan la muestra eran de uso privado, casi siempre devocional, y dirigidas a clientes eruditos capaces de apreciar la gran dificultad de su realización, las sutilezas perceptivas que propiciaban y las alusiones al arte de la Antigüedad que contenían. González Mozo explica en el catálogo la multitud de aspectos que participaron en la invención y el desarrollo de esta modalidad pictórica, en una lección de historia del arte “expandida” que abarca la ingeniería de minas, la química molecular, la arqueología y la relectura de las fuentes escritas.

¿Por qué pintar, penosamente, sobre piedra? Hubo factores prácticos, como la preocupación por la conservación de las pinturas en la atmósfera húmeda de Venecia y tras la destrucción de tantas obras en el Sacco de Roma, y factores teóricos, como el paragone o disputa sobre la superioridad de la pintura o la escultura -la pintura sobre piedra vendría a solucionarla, aunando color y resistencia-, todo sobre un fondo de la mayor trascendencia: el anhelo de eternidad. La vida petrificada y la piedra humanizada. Estas obras representan casi siempre cuerpos. El aceite y los pigmentos se funden con la piedra -gracias a la aplicación de calor, con laceraciones en el soporte que aumentan su agarre, con caricias de los dedos que consiguen su penetración- para hacer emerger y resplandecer la carne de los dioses.

Vemos en la sala algunos fósiles que reflejan esa capacidad “inmortalizadora” de la piedra, fragmentos minerales que muestran al desnudo las propiedades de los soportes y referencias clásicas: una placa de mármol pintada, de enorme finura, procedente de Herculano y dos esculturas también romanas, del museo, con las que se apuntala la hipótesis de que Tiziano tuvo en mente modelos antiguos para su Ecce Homo.