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Jan Fabre. Estigmas, acciones y performances (1976-2017)

CAAC. Sevilla. Hasta el 2 de septiembre de 2018
[Javier Díaz-Guardiola. ABC Cultural, 31 de marzo de 2018]

JEAN FABRE, EN CUERPO Y ALMA

Todo es extravagante y excesivo en Jan Fabre (Amberes, 1958). El polifacético creador mantiene un bonito idilio con Sevilla. Allí ha presentado hasta una decena de espectáculos teatrales, algunos, estrenos en España, como Monte Olimpo ( montaje que, hace unos meses en Madrid, levantaba suspicacias entre parte de la crítica y mucho «postureo instagramer » entre el público). No en vano, una sólida amistad une al belga con el director del Teatro Central (donde tuvo lugar la premiere española), y a donde «volvió» el día de la inauguración de la muestra que suscita estas líneas para la lectura por parte del actor Israel Elejalde de fragmentos de sus Diarios nocturnos, recientemente traducidos a nuestra lengua.

Un hombre de acción

Porque ha sido en Sevilla, en el CAAC, donde acaba de inaugurar Estigmas, acciones y performances (1976-2017), la primera muestra que reúne aquí de forma amplia el trabajo de Fabre, aunque sea desde un flanco muy específico: el de su labor como «hombre de acción» y performer. Porque, curiosamente, la obra plástica de este creador en España –pese a ser bien conocido por estos lares– se ha visto de forma puntual, sobre todo en galerías (primero en Espacio Mínimo, ahora en Javier López), con las excepciones del repaso que en 2003 la Fundación Miró realizó a su trabajo, junto a la selección de sus esculturas de mármol de la Lonja de Palma en 2014.

Y eso que en él, todo está conectado. Gusta Fabre de explicar que toda su labor se resume en la figura de una mariposa, donde el cuerpo (una de sus obsesiones, como los insectos), sería la producción plástica, y las alas, las artes visuales y las escénicas. Todo se toca.

Para esta puesta de largo, Fabre se alía con el comisario italiano Germano Celant, en una producción con (y pensada para) el MAXXI de Roma, junto a la colección Angelos bvba, el centro andaluz y el LIMA de Ámsterdam.

Lo primero que sorprende al espectador es su montaje (muy póvera, por tanto, muy Celant): una sucesión de mesas de trabajo (planchas de cristal sobre borriquetas) en las que se apilan los objetos, documentación, maquetas, vestuario y otros enseres con los efectos –y los afectos– de cuatro décadas dedicadas a la performance por el creador flamenco. Y son algunas de sus primeras acciones la base de esta presentación.

Me explico: Fabre (uno y mil personajes: el galán obsesionado con la belleza; el de los mil heterónimos y los juegos de palabras; también el pillo y el ladronzuelo) reconoce que en sus inciertos inicios se convirtió en un «amigo de lo ajeno», de forma que junto a su banda (la Cartouche Gang) se dedicó al saqueo indiscriminado de viviendas para, tras la venta de lo usurpado, conseguir dinero para materiales, cuando no usaba esos objetos como elementos de sus trabajos. El caso es que la presentación casi policial de los botines de aquellos saqueos dio pie a la obra Robos y peleas (con la que arranca la oferta del CAAC), dispuesta en esas mesas de trabajo que el comisario amplifica por el museo, y que da pie a dos consideraciones: la primera, que resuelve la entrada en sala de las más de 800 piezas de la muestra. Si se hubiera optado por colgarlas, en un montaje más convenconal, se necesitarían bastantes más de las cuatro estancias que ahora abarcan. Y dos: que componen en sí mismas un laberinto a través del cual el espectador tiene que transitar, generando su propia coreografía.

Porque tampoco se ha procedido a una división estanca de los seis apartados en los que se han agrupado los intereses del artista. Estos difuminan sus fronteras, se mezclan, se solapan. Al espectador no le quedará más remedio que hacerse con un plano, cuyo código de colores jerarquiza los contenidos.

Comencemos por la línea de «Gánsteres y metamorfosis» en la que se incluye Robos y peleas, y que va de las acciones callejeras a la entrada en un gran museo –El Louvre– para rendir allí homenaje a Jacques Mesrine (2008), ladrón de ladrones. En ella también se traviste de Fred Astaire ( Esta noche quiero ser un asesino, 1979) o en un sujeto

vestido con un traje de carne ( Yo soy un hombre esqueleto), que en la película de Pierre Coulibeuf aparece cubierto de ¡mariposas!, mientras pasea entre obras de Rubens, uno de sus maestros, como el resto de artistas flamencos.

En la hora azul
«Arte bic» recupera sus acciones con la tinta del popular bolígrafo, material ideal por su bajo coste (y, por lo mismo, para elevar una crítica a las Bellas Artes) y porque lo vincula con el color de uno de sus heterónimos más famosos, el entomólogo Jean-Henri Fabre, autor del concepto de « hora azul » que tanto fascina a Fabre.

La «vena materialista» atraviesa «El dinero y el mundo del arte», conceptos ambos con los que el belga es más que crítico. El artista quema, rompe, se come el papel moneda ( Performance del dinero y su remake); compara al artista con un dictador ( El acto creativo de Hitler), cuando no «tortura» al crítico ( El arte como juego).

Poco representado su interés por «La sangre y el cuerpo» (otro de los apartados), pese a un corpus de trabajo que llega hasta hoy –y el título de esta muestra– en el que el artista ha usado su sangre para dibujar. En este sector, Virgen/Guerrero, con mamá Abramovic, serviría como bisagra para introducirse en la sección de los homenajes –a Kabakov, a Duchamp, a Sloterdijk…–; como la pieza Yo, soñando conecta este área con «Ciencia y experimento», con el artista lijándose las piernas, cosificando su anatomía…

Si bien el montaje es el punto fuerte de la muestra, también es su talón de Aquiles. Si no se es un experto en el universo Fabre, se echa de menos información de las obras en las mesas (incluso la repetición del código de colores), lo que condena al visitante al mapa y a cientos de estímulos (los de la documentación aportada, en inglés en el mejor de los casos, o los extractos de los diarios que barroquizan las paredes). Tampoco el catálogo cumple su función, teniendo en cuenta que, pese a sus más de 650 páginas (que no se han traducido al español), éste se convierte en un listado.

Afortunadamente, al final del recorrido, queda el documental de Coulibeuf ( Doctor Fabre Will Cure You, 2013), en el que muchos de los mensajes diseminados parecen montar un corpus homogéneo. Una nueva metamorfosis. La de Jan Fabre.