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Jean Dubuffet. El viajero sin brújula

Centro Pompidou. Málaga. Hasta el 14 de octubre de 2018
[Juan Francisco Rueda. ABC Cultural, 21 de julio de 2018]

RECORRER DUBUFFET (EN MÁLAGA)

La principal virtud de esta exposición de Jean Dubuffet ( Le Havre, 1901-París, 1985) es la amplitud temporal de la misma, con obras desde 1927 hasta 1984, lo que revela no sólo un trabajo ciertamente prolífico: también el vigor de un artista que, en los lances finales de su trayectoria, venció limitaciones físicas para cumplir con la necesidad de expresarse plásticamente.

Pero aún más importante resulta cómo nos ayuda a configurar una serie de «invariables» en su creación, auténticos problemas de fondo a pesar de que puedan mudar de apariencia. Justamente, algunas de ellas conectan con distintos asuntos o querellas artísticas capitales del siglo XX. Así, encontramos cómo la tensión entre figuración y abstracción alimenta buena parte de su trabajo; cómo es heredero del isomorfismo de la superficie que se había desarrollado en los primeros ismos, de un tratamiento similar del espacio pictórico que devendrá pintura all over al monumentalizar los formatos –fastuosa se muestra aquí, con sus 8 metros de ancho, Le cours des choses, de 1983–; cómo el material pictórico se convierte en transmisor de sensaciones gracias al caudal poético y expresivo que puede adquirir según sea su tratamiento y que podría generar una semántica. Con el nacimiento de sus LHourloupes, a partir de 1962, respondería a la nueva condición de una pintura que se manifestaba en expansión, asumiendo una naturaleza escultórica, instalativa, ambiental y, por momentos, arquitectónica. Y, por último, también queda plasmada su obsesión por lo marginal y lo que escapaba de la belleza convencional y la ortodoxia.

La gente «sin cultura»
Precisamente en esas coordenadas se inserta su concepto de art brut, que le hará atender al arte de «las personas indemnes de cultura artística» y que no ostentan la condición social de artista. Junto a sus retratos de los cuarenta, profundamente ingenuistas, o el encantador Campo feliz (1944), una naïf vista aérea de un paisaje, evidencian cómo asume el realismo intelectual y los códigos de representación del arte infantil y de los pueblos mal llamados primitivos.

Se hace difícil no pensar en el interés que despertaban estas manifestaciones marginales en el Surrealismo –la revista Documents, en 1930, publicó L’art primitif, en el que se atendía a la pintura de niños abisinios. De hecho, podemos situar a Dubuffet en la estela de cierta tradición surrealista, o al menos en convergencia con muchos de sus intereses: ante su obra de 1927 no podemos dejar de pensar en Masson; su agresión al material, haciendo incisiones o arañando, supone una asunción del grattage de Marx Ernst; y el nacimiento de sus LHourloupes responde a cierto automatismo y oposición al control de la razón y las lógicas compositivas.

Iconos de relevancia
La exposición de Málaga cuenta con obras verdaderamente icónicas que trascienden la «hagiografía» de Dubuffet, el mero relato filológico en torno a su producción. Es el caso, por ejemplo, de Le Métafizyx, una portentosa imagen en torno a los «Cuerpos de damas», una de sus series más celebradas que realiza en la mediación de siglo. La representación desmesurada del cuerpo femenino, cargada de violencia y materialidad –y que deviene representación grotesca e inquietante– responde a un sentir común en este momento. Estas representaciones basculan entre lo ritual y el testimonio del aciago tiempo que vive, una II Guerra Mundial que, acabada, aún resuena. Le Métafizyx, entre una venus prehistórica y un cuerpo zaherido por la contienda, nos sitúa ante la importancia que adquiere la materia para Dubuffet; el óleo está tratado de modo que aparente ser un muro o la pared de una cueva sobre la que el artista galo araña hasta obtener, mediante ese ejercicio de «agresión al soporte» que recuerda al grattage, una imagen violenta y traumática. Esta suerte de petroglifo, que remite a las incisiones prehistóricas, conecta también con una «fuente surrealista» como son los grafitis parisinos que en los años treinta Brassaï se encargó de fotografiar.

Le Métafizyx, que no deja de ser un «memento mori», como se aprecia por la cabeza reducida a la condición de calavera, aborda la representación humana en este momento como mera materia, lo cual sirve para transmitir el dolor, el trauma, el drama o el oprobio. Autores como Zoran Mušic, Giacometti, Bacon, Fautrier, el Burri de las carbonizaciones o el Millares de los Homúnculos secundan a Dubuffet en pos de la creación de una iconografía del horror y del cuerpo lacerado –también como despojo–. Todo ello a través de la vulneración de la imagen y del «forzamiento» y agresión a los materiales, que conduce a categorías como la abyección, lo escatológico o la alteridad.