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Juan Hidalgo & etcétera

Tabacalera. Madrid. Hasta el 11 de noviembre de 2018
[Bea Espejo. El País, 22 de septiembre de 2018]

ETCÉTERAS ABANDERADOS

Madrid, 1964. Por las calles deambulan tres compositores, un italiano, Walter Marchetti; un canario, Juan Hidalgo, y el madrileño Ramón Barce. Fue el primer traslado ZAJ, un acontecimiento retroactivo con espíritu de bar que cambió el devenir del arte. Un año antes, Manchetti levantaba los brazos en una acción celebrada en The Kitchen de Nueva York, mítico espacio adelantado a todos los tiempos, acompañado de Esther Ferrer y también de Hidalgo. Él tenía 36 y ella 10 menos, y los ojos abiertos a la experimentación. Mientras tanto, en Ávila, el argentino Alberto Greco recorría el pueblo de Piedralaves dibujando círculos de tiza en torno a paseantes anónimos, sus Vivo-Ditos, que pronto llevó al mercado la galería Juana Mordó. Eran acciones que mezclaban artes plásticas, poesía, performances y música indeterminada. El eco llegaba desde territorio internacional. Primero fue Nueva York, con George Maciunas, Fluxus y su galería A/G, y todas esas cosas que La Monte Young lanzaba en el loft de Yoko Ono en 112 Chambers Street. Ese arte no oficial llegó a Europa adoptado por Wolf Vostell, Nam June Paik y compañía, y pronto estaban metidos hasta las cejas George Brecht y Walter de Maria, en deuda con John Cage y Duchamp. Todo invocaba el antiarte y esa negación del objeto artístico pretendía convertir situaciones cotidianas e intrascendentes en el summum de la creación: un estornudo, airear la axila o pasear en burro.

JUAN HIDALGO
Gafas Gay (2000) junto a Retrato (1990), de Juan Hidalgo.
Esa es la historia, para recordarla, revisarla o reescribirla. Es lo que hacen las exposiciones: crear elementos casi invisibles que terminan generando un entramado mediante contenidos diversos, sobre todo con ideas, sensaciones y emociones. Hay un bonito libro de Martí Manen sobre ello. La de Juan Hidalgo (Las Palmas, 1927-2018) es una historia a medio contar. Durante mucho tiempo, ha sido un excelente desconocido para la mayoría. La cosa empezó a cambiar a mediados de los noventa, cuando rozaba los 70, con un flujo de exposiciones considerable. El premio Nacional de Artes Plásticas llegó 20 años después, también tarde, casi con su adiós. Su individual en el Reina Sofía no llegó nunca, sólo de modo tangencial en colectivas y con la muestra que el museo dedicó a ZAJ en 1996. Dicen que el movimiento acabó ahí, pero no. Juan Hidalgo solía poner etcéteras en todo lo que hacía y dejaba de hacer, alargando la sombra de una de las trayectorias más intensas y extensas. De las más independientes e inteligentes del arte español. Uno subversivo con cualquier esquema de poder, incluido el franquismo.

De ese epígrafe tira Fernando Castro Flórez para titular la exposición que acaba de abrir en el espacio de Tabacalera de Madrid y que reúne muchos de los trabajos del artista. Una revisión necesaria para poner en valor un trabajo que sigue reivindicando su calidad de actual. Toca el hueso modular con una selección de obras generosa que dice entre líneas que no entendemos casi nada de las fronteras del arte. Habla de lo público y lo privado, de lo social y lo personal, del cuerpo desnudo, sexual y sexualizado, de sus represiones y fuerza de los tabúes, de la relación con la naturaleza y de eso “normal” que siempre tiene el peligro de volverse antisocial. Es lo que tienen los raros, y Juan Hidalgo presumía gozosamente de serlo. Gente que se descuelga en oposición cósmica. Un silencioso, un elegante y un discreto, aunque la exposición presuma de lo contrario. Si algo tiene su obra es que siempre descompone y no deja pistas para la recomposición. Nadie dice que haya que hacerlo, y con esa idea paseo por las salas pensando en su talante libertario, en cómo su planteamiento estético asume lo azaroso y cómo se filtra en todo la meditación oriental. En la amalgama de obras, el montaje trata de encontrar la forma en que la abstracción musical se haga visible. Hay, desde luego, una amplia selección de las acciones que ZAJ realizó, dispersas en carteles, libros, audios y una actitud general fiel a una de las máximas del artista, “el arte es como estar en casa un domingo por la mañana en sandalias, camiseta y calzoncillos”.

Dialoga bien con piezas clásicas como su Narciso (1990), la imagen de unos genitales sobre un espejo que invoca ciertas imágenes que conciernen a la historia del arte antiguo. Las instalaciones que rozan la escultura, como Taco, bola y rafia (1994), es el gran hallazgo para el ojo acostumbrado a esa obra de Hidalgo focalizada en la erótica masculina. Aunque hay más descubrimientos: las serigrafías Sentado en una silla de Arteleku (1996), los cinco aguafuertes Etcétera (1989), ediciones de la antigua galería Ginko o las partituras originales de Kuutamo (1961). Las acciones fotográficas proponen una doble vía por la que adentrarse en los vericuetos del artista: la idea de escenario de la representación, la mirada expectante y la búsqueda ansiosa de significados. Se puede masticar una morosidad y una terquedad que es incontestable. La constelación en la que se sitúan las ocurrencias de Juan Hidalgo es ancestral y, sin embargo, radicalmente moderna. Vive todas esas cosas de la vida que justifican que ésta se llame así. Entre los ingredientes: la inteligencia, el deseo, el humor, el sexo, la tranquilidad, la observación, la amistad, lo contemporáneo y sus silencios.