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Mitsou Miura. Memorias imaginadas. La vida como experiencia estética (1968-2017)

Real Casa de la Moneda. Madrid. Hasta el 3 de marzo de 2018
[Bea Espejo. El País, 23 de diciembre de 2017]

MITSOU MIURA Y EL SILENCIO CÓMODO

Hay algo potencial en el silencio que fascina a Mitsuo Miura (Iwate, Japón, 1946). Tiene que ver con lo discreto y lo encubierto, con lo escueto y lo latente. También con cierta idea de elipsis, con aquello que decimos cuando callamos, que tan fluidamente circula entre sus pinturas, dibujos, fotos, contracollages e instalaciones. A veces, ese silencio cómodo se traduce en la mínima expresión. “Me gusta jugar con la insinuación, con algo que se pueda disimular, que esté ahí sin estarlo, esa es la idea”, dice. Él, en cambio, habla sin parar sentado en una butaca junto a casi 50 años de trabajo. Están desplegados ahora en la Real Casa de la Moneda en Madrid, en una suerte de retrospectiva que ha sido la mejor rehabilitación del ictus que sufrió hace un año, cuando esta institución le concedió el Premio Tomás Francisco Prieto de Medallística, y que entonces celebró en el hospital.

No es alguien que eluda el vaivén de la vida, pero sí de los que sortean con buen pie los contratiempos. Aunque uno de ellos le falla, sigue atento a esa idea de paseo que ha convertido en una de sus herramientas de trabajo. Todo lo que produce Mitsuo Miura está relacionado con su devenir cotidiano. Para él, lo principal no es trabajar con una finalidad, sino para un lugar, y ese lugar es su propia vida. La vida como experiencia, leemos en el título de esta nueva exposición. Dice que lleva dos años documentándola, mirando atrás para seguir adelante, revisando notas, colores, documentos, maquetas, fotos antiguas, obras fallidas, varios aciertos… Cada rincón de su obra habla de la memoria. La imaginada se ha convertido en el gran tema de la última década, y que trasladó en 2013 al Palacio de Cristal del Retiro. Partía entonces de lo pictórico para extenderse a lo espacial a través de círculos de colores distribuidos por el suelo y suspendidos en la cubierta del palacio. El parque funcionaba como una escenografía dentro de su instalación, algo así como un recuerdo recordado. “Cuando iba al Palacio de Cristal como espectador me imaginaba cómo entendía yo ese lugar y la manera en que otros artistas lo habían resuelto. El problema es que cada vez que volvía se me olvidaba lo pensado anteriormente. Las ideas que me devolvía mi cabeza eran contradictorias, absurdas o extravagantes. Así que me propuse generar un contenedor para todas esas memorias”, explica. En aquellas columnas ciegas profundizaba entonces en dos de las inquietudes estéticas que articulan su vocabulario artístico: las formas geométricas y los colores puros. En esas dos ideas nos detenemos.

Dice que tiene preferencia por lo circular y los tonos desvaídos, que representan eternos retornos y situaciones difusas. Lo que viene a ser un recuerdo. “Aluden a una memoria que está flotando, a ideas que van y vienen, a algo que es poco concreto. De ahí el juego con las tonalidades, con colores que se parecen a un rojo o naranja pero que no son ni rojo ni naranja, porque la memoria tampoco es fiel a un retrato de la realidad. El olvido también está presente en el porqué de la elección de colores. La memoria es una continua provocación. Sigue activando mi cabeza constantemente. El tiempo consumido tiene una energía que me provoca. Lo que trato es dar una especie de amplitud a los momentos, darle potencia a lo que implica imaginar una situación, a la ilusión que genera. Detenerme en esa energía, en la viveza de una sensación. No hablo de teorías, sino de emociones. De la imaginación como un lugar que genera seguridad. De construir una memoria que reactiva un espacio de lo posible, un área imaginaria de existencia incierta que sólo puede ser completada mentalmente”, relata.

Aparece el negro junto a la idea de alegoría, la gran amiga invisible de su obra. “Llego a él por la escritura, por la caligrafía japonesa que aprendíamos en el colegio pintando una y otra vez sobre papeles de periódicos, que eran lugares a su vez llenos de palabras. Sobre ellos escribíamos una y otra vez, borrando lo anterior, sobreponiendo sentidos. Me interesa el negro en ese sentido, el color como acción, un negro, digamos, vivo, potencial, que encierra texturas, sensaciones, lecturas, otros lugares”. Al pensar en ellos aparece otro color especial, Amarillo transparente, que inauguró en 2010 RMS El Espacio, y que recuerda como una de sus mejores exposiciones. Su obra tiende a hacer dialogar los materiales expuestos con el espacio que los alberga, y también lo hizo aquí, ocupando una sala de estudio, una habitación, una cocina y un muro en el que se acumulaban las capas de memoria de las propias actividades de RMS La Asociación en aquellos años y sus propios objetos personales.

La serialidad, la repetición de elementos y su prolongación en el espacio y las paredes, que vemos en cada rincón de la exposición, podrían leerse en clave analítica, pero escuchando a Mitsuo está más vinculado a una actitud de observación que introduce la idea del tiempo, la demora, la percepción de los cambios que se producen en su entorno, desde su barrio en plena Malasaña o los veraneos en la playa de los Genoveses, en Almería. Centrado al comienzo de su carrera en la exploración de la naturaleza como materia, objeto y símbolo, pasó más tarde a interesarse por los signos que invaden la ciudad, trabajando a partir de formas geométricas simples y colores vivos que evidenciaban su capacidad de atracción al tiempo que los vaciaba de significado. Aunque estudió Bellas Artes en Tokio, decidió venirse a Madrid fascinado por la pintura antigua del Museo del Prado, pero sobre todo por las ganas de experimentar con todo. Es lo que aportó en la etapa en que vivió en Cuenca al albur de otros muchos artistas, Eva Lootz, Campano, Quejido y Nacho Criado, entre ellos. Luego debutó en los setenta en la galería Buades, creció de la mano de Helga de Alvear y apostó por su propio proyecto de galería con Ginkgo, modesto en principio, junto a Arturo Rodríguez, pero que enseguida se convirtió en foco de atracción para el contexto madrileño.

Lo suyo es el bienestar como paradigma. Por eso sus obras sonríen acordes a una vida, dice, feliz. Recuerda a un profesor particular que tuvo en la infancia, que basaba sus clases de arte en pasear y hablar del porqué de las cosas. De ese lado conceptual no se separó nunca. Tampoco del poder de las evocaciones. “El placer del vacío puede ser muy fuerte, no hay riqueza ni pobreza, no hay nada, pero a la vez está todo, digamos que es un vacío de placer. Este tipo de actitud es como un soporte de mi obra”.