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Modigliani

Tate Modern. Londres. Hasta el 2 de abril de 2018
[Marina Varcálcer. ABC Cultural, 23 de diciembre de 2017]

MODIGLIANI, GENIO Y FIGURA EN LA TATE

En 1910, Anna Akhmatova acompañaba a Modigliani en sus recorridos por París. Juntos descubrían las máscaras negras de Costa de Marfil, los moldes de Angkor del Trocadéro y las salas de arte egipcio y griego del Louvre. Después, Modigliani dibujaba el perfil eslavo de Akhmatova. Ella tenía 21 años y empezaba a escribir sus primeros poemas en ruso; él tenía 26 y aún era un bohemio artista italiano desconocido. Muchas veces se recuerda su adicción al alcohol y al hachís, pero casi nunca a los libros.

Modigliani, nacido en Livorno en 1884, se había empapado en sus años de estudio de un arte clásico que no le abandonaría jamás. Llegó a París en 1906 para entregar la mejor parte de su vida al arte. En el Montmartre de Apollinaire, Picasso, Derain y Rivera era un inmigrante más, un italiano, judío, enfermo de tuberculosis, un bello paria entre los parias de aquella pequeña república cosmopolita de artistas y escritores.

En sus primeros años, empezó a pintar cerca de Cézanne. Pero en 1909 conoció a Brancusi y entre 1910 y 1914 se hizo llamar a sí mismo «escultor». Modigliani quería liberar la escultura de la vía muerta a la que le había llevado Rodin: tanto modelaje, tanto barro. Había que tallar en directo como los griegos, romper el bloque de piedra para sacar de ella deidades de trazos africanos y camboyanos. En la retrospectiva de la Tate hay una sala sólo de sus esculturas, y corta la respiración. Allí, nueve de las 29 cabezas que esculpió surgen como tótems encerradas en sus urnas de cristal. Todo esto forjó un momento clave en su carrera, en la que, hacia 1914 y de golpe, dejó de esculpir. Las partículas de polRetratos de Paul Guillaume (1915) y una joven (1918) vo que se liberaban al cincelar acentuaban su enfermedad. Quizás también, por la declaración de guerra y su permanente crisis económica.

Hasta 1920 – año de su muerte– ya no paró de pintar. En los cafés La Rotonde o La Cloiserie elegía como modelos a artistas y escritores. También es cuando Modigliani vivía una relación extrema y compleja con la periodista sudafricana Beatrice Hastings. Ese cuerpo de retratos comparte coordenadas comunes: interiores ajustados al marco, poses frontales y una mirada fija. Nada nos permite escaparnos de unos ojos clavados en el espectador, nada, excepto una recurrente carencia de pupilas. A medida que el cubismo emergía, Modigliani trataba de crear una imagen «sintética» del ser humano. Era una pintura que venía de algún lugar espiritual e íntimo, siempre unida al compromiso de integrar las fuentes multiculturales.

Modigliani trabajaba en mitad de la furia, sin medir. Pintaba por instinto, tal y como le dictaba su genética italiana mientras escupía sangre. Tres años antes de morir hace sus famosos desnudos femeninos, aquellos que hace ahora un siglo fueron prohibidos por indecentes. Son, quizás, la pieza fuerte de esta exposición.

Detrás de esta sala explosiva, la muestra se cierra con colores suaves, luz blanca y una modelo llena de dulzura. Es la época que pasa con Jeanne Hébuterne, niña-madre de sus hijos que le acompañó en su destrucción. En la última sala hay un cuadro de Jeanne con aire de madonna de Parmigianino. Nada haría presagiar que semanas más tarde se tiraría de un balcón con el hijo que llevaba dentro. No pudo soportar la muerte de Amadeo. Modigliani