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Pedro G. Romero. Habitación

CA2M. Móstoles (Madrid). Hasta el 9 de septiembre de 2018
[Elena Vozmediano. El Cultural, 1 de junio de 2018]

PEDRO G. ROMERO, TORTURA Y REPRESENTACIÓN

Aún se puede visitar en la sala Arte Canal de Madrid una exposición sobre el campo de concentración de Auschwitz, organizada por Musealia, empresa privada consagrada al negocio expositivo. Su éxito, como el de tantas otras producciones culturales -novelas, películas de ficción o documentales- sobre el Holocausto, radica en el placer asociado al espectáculo del horror, al morboso escalofrío producido por la crueldad, que experimentamos también en los museos de la Inquisición o del Crimen. La propaganda antirrepublicana durante la Guerra Civil y los primeros años del franquismo tuvo como objetivo desatar el miedo a los rojos y justificar su castigo; su eficacia, su amplia y rápida resonancia, dependió en parte del manejo de esa fascinación por la maldad y la violencia en forma de “representación”.

Algunas de las checas en las que los “rojos” habían encerrado, torturado y ejecutado a sus enemigos pudieron después de pasar a manos franquistas ser visitadas por el público y, según prueba esta exposición, el temible sistema penitenciario fue “popularizado”, con acusado escoramiento político pero también emocional, a través de multitud de libros, panfletos, artículos y reportajes fotográficos o fílmicos, destacando entre éstos ¡Vivan los hombres libres! de Edgar Neville -se proyecta en una de las salas-, especialmente teatral en la “visita guiada” a los escenarios carcelarios y en la reconstrucción de las condiciones inhumadas de su habitabilidad. Las checas tuvieron una dimensión real sobrepasada en mucho por su dimensión mítica y “dramática”, como máximo exponente, junto a la quema de iglesias y el asesinato de religiosos, de la perfidia republicana.

Las checas merecieron un capítulo propio en el Archivo FX de Pedro G. Romero desde sus inicios. Y ahora que el artista se dispone a cerrar este ingente proyecto sobre la iconoclastia, con un peso incontestable en el arte español de estos años, ha empezado su balance con él. El hecho de que las chekas (con k) “artísticas” de Alfonso Laurencic, en las que ha centrado su atención, se ubicaran en espacios eclesiásticos o conventuales las convertía en el sumun de la destrucción de las imágenes y de la arquitectura sagrada por motivos ideológicos. La herramienta para efectuar el sacrilegio era otra forma de arte, “violento” y deshumanizado: el moderno, la abstracción, la utopía racional encarnada en la Bauhaus, escuela en la que supuestamente había estudiado Laurencic -afirmaba ser arquitecto, sin que se haya probado-, el cosmopolita diseñador de esas celdas experimentales en las que se aplicaba el “martirio científico”. En realidad, el componente pictórico en las chekas, que debía propiciar el sufrimiento psicológico y el delirio, parece inofensivo e ingenuo; sorprende, subraya Romero, que el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), seducido quizá por el “prestigio técnico del arte vanguardista”, se tragara esa parte de la propuesta de Laurencic. La estrechez, la oscuridad, el frío y la imposibilidad de descansar sí eran aterradores.

Hace solo unos meses se ha publicado una biografía de este curioso personaje (El hombre de las checas. La historia de Alfonso Laurencic, el artista de la tortura, de Susana Frouchtmann, Espasa Calpe) en el que se dan cita cuestiones también relacionadas con el espectáculo, pues fue decorador en Berlín, director de una orquesta de cabaret en Barcelona y protagonista del perverso show en que se convirtió su propio juicio: el Consejo de Guerra al que fue sometido en 1939 y a consecuencia del cual fue fusilado a los 37 años de edad, tuvo asistencia masiva de público ávido por conocer los detalles de los refinamientos en la tortura que puso en práctica a través de sus “creativas” chekas.

Las checas ocupan un capítulo propio en el ingente Archivo FX de Pedro G. Romero sobre la iconoclastia Pedro G. Romero (Huelva, 1964) exhibe en el CA2M -y dentro de unos meses en la Universidad de Valencia y en el MNAC de Barcelona- las tres celdas que había ya reconstruido en años anteriores para sucesivas presentaciones de esta parte del Archivo FX, junto a fotografías y publicaciones de la época, reproducciones de una gran cantidad de documentos de la Causa General que hablan de las chekas -dispuestos en decorativos ajedrezados- y de los escritos sobre el tema de los dos interlocutores fundamentales del artista en esta materia, Quico Rivas y Juan José Lahuerta, a los que se otorga algo de estatus artístico. Y no tengo nada en contra de ello, pero no me convence que se expongan como copias digitales, formato del que se abusa en la muestra. Además, como prueba piloto de la puesta en común del Archivo FX, Romero ha invitado a participar en la muestra a Álvaro Perdices, Lola Lasurt y Patricia Gómez / María Jesús González, con works in progress sobre las chekas que se irán completando en estas semanas.

Según la estrategia de análisis y confrontación cultural con la que opera Pedro G. Romero, en las varias entradas del Archivo, incluidas en forma de “hojas de libre circulación”, los documentos históricos se ponen en relación con obras o conceptos del arte contemporáneo; en este caso, las celdas de tortura son confrontadas a tres célebres “habitaciones” de Marcel Broothaers, Robert Morris y Helio Oiticica. Laurencic se inspiró en obras concretas arte moderno y sus chekas inspiraron a artistas posteriores como Tàpies, pero se ha optado por prescindir de esos interesantes materiales artísticos. En su lugar, la exposición pone en escena la historia interna y la “consagración” de esta sección del Archivo FX, recordando su génesis y sus presentaciones, algo mucho menos relevante para la mayoría de espectadores. Así es tantas veces el arte actual: autorreferencial. Y, aquí, con variable fortuna, en tantos aspectos.