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Picasso. Escultura

Galería Borghese. Roma. Hasta el 3 de febrero de 2019
[Ángel Gómez Fuentes. ABC Cultural, 8 de diciembre de 2018]

BAILE CON LA TRADICIÓN DEL PICASSO ESCULTOR

Pablo Picasso (18811973) es aclamado como el más grande y revolucionario artista del siglo XX. Ha sido celebrado sobre todo por su pintura, pero también en la escultura fue un precursor, una actividad que lo acompañó durante su larga vida. Se calcula que produjo un total de casi 50.000 obras, de las cuales pocos miles fueron lienzos («Tendríamos que alquilar el Empire State para albergar todos sus trabajos», comentó la familia cuando se terminó el inventario).

Estamos familiarizados con sus obras maestras de pintura, sus fases azul y rosa, sus musas cubistas y las caras desfiguradas para resaltar la potencia expresiva. Pero igualmente fue extraordinaria su contribución en la escultura, como documenta Picasso. Escultura, con un total de 56 obras realizadas entre 1905 y 1964, que llegan por primera vez a Italia procedentes de museos internacionales, colecciones privadas y los propios herederos. Hasta el 3 de febrero, en la Galería Borghese de Roma, uno de los museos más bellos y singulares del mundo, se puede admirar al prolífico artista que creó un nuevo concepto del arte. «En un momento en el que la escultura estaba paralizada por su incapacidad de adecuarse al lenguaje contemporáneo –hasta entonces aparecía solo el modelo figurativo con todas sus diferencias–, Picasso interviene como una “bomba” y encuentra la clave lingüística para afrontar, refundar y recrear su concepto», afirma Anna Coliva, directora de la Borghese y comisaria de la exposición, junto a Diana Widmaier-Picasso (hija de Maya, nieta del artista).

La cita, que forma parte del programa internacional Picasso-Mediterráneo, promovido por el Museo Picasso de París, es un fascinante viaje sobre la obra del malagueño, con inspiración en la Roma antigua y el Renacimiento, una obra donde se percibe su amor por lo clásico y antiguo, con raíces en toda la cultura mediterránea.

Distribuidas en una docena de salas, las esculturas del andaluz «dialogan» con las obras maestras que coleccionó el cardenal Scipione Borghese, en un museo que el artista español conoció en el viaje que en 1917, acompañado por Cocteau e Igor Stravinski, realizó a Roma, Pompeya y Florencia. Ese diálogo se percibe en La mujer sentada (1958), que parece quitarse una espina del pie, como en la escultura situada al lado, una copia renacentista de un original griego; o en La lectora ( 1951), realizada con yeso, madera y objetos metálicos, posando reclinada como la Venus Victrix (1904), mármol de Canova, retrato mitologizado de Paulina Borghese Bonaparte; o en Mujer con niño (1961), que se muestra al lado de Apolo y Dafne (1622-1625), de Bernini. Cualquiera de ellas vale una visita a la exposición.

Inspiración femenina
El erotismo, el sentimiento amoroso y la mujer estuvieron siempre presentes en su trabajo. Por ello, en la cita no faltan las figuras inspiradas en los muchos amores (Picasso tuvo siete parejas oficiales, comenzando con la bailarina Olga), desde Fernande ( Cabeza de mujer, de 1909), a su última musa, Jacqueline Roque –que organizó una muestra del artista en Madrid en 1986 y que murió disparándose un tiro en la cabeza en la víspera de la inauguración–, pasando por Marie-Thérèse y Dora Maar. Precisamente Cabeza de mujer se considera la primera escultura cubista, inaugurando un nuevo camino en su obra escultórica, una transición del modelo Rodin al Cubismo, línea de trabajo que luego siguieron otros muchos. Por su gran impacto, representó para la escultura lo mismo que Las señoritas de Avignon (1907) en la revolución de la pintura.

Otras obras importantes son La cabra, La guitarra o Cabeza masculina. Igualmente muy interesantes resultan las fotos que sitúan las piezas de la cita en el lugar en el que fueron realizadas y vividas por el artista.

Sin límites
Éstas revelan que Picasso exploró cualquier técnica y material, como explica su nieta: «Modeló yeso y arcilla, talló tótems en trozos de madera, soldó hierro, grabó guijarros, ensambló objetos diversos; trabajó papel, cartón y hojalata, y utilizó el bronce para garantizar la durabilidad de las esculturas». Sorprende sobremanera que buena parte de las obras expuestas permanecieran toda la vida en los distintos estudios de Picasso. No le gustaba exponerlas. Las quería para sí. Solo entre 1966 y 1968 se hicieron las primeras exposiciones con su labor escultórica en París, Londres y Nueva York. Una explicación la da su biógrafo, Werner Spies: «Amaba sus esculturas como a sus hijos, y, al igual que no permitió nunca vender los cuadros que representaban a sus hijos y mujeres, Picasso no quiso nunca separarse de sus esculturas». Precisamente, una mujer es el objeto de la pieza que cierra la cita, patrocinada por la firma de moda Fendi: La mujer en el jardín (1932), en la misma sección donde están Las Metamorfosis, de Ovidio, ilustradas con grabados al aguafuerte realizados por Picasso en 1931.