Prensa

Artistas

Series

Ofertas

Catálogos

Precios

Comprar

Información

Prensa

Pulgares que escriben y se deslizan

La Casa Encendida. Madrid. Hasta el 13 de mayo de 2018
[Bea Espejo. El País, 24 de febrero de 2018]

ANTES DE AYER Y PASADO MAÑANA

Hace tiempo que el arte transita por el mapa del futuro. Más que una prospección, lo que parece haber es una reiterada vuelta a lo pos. A falta de nociones que describan las nuevas disciplinas que ya casi están aquí, volvemos a ello una y otra vez, buscando un lugar que defina el ahora. Con el cambio de siglo hubo un punto de inflexión. José Luis Brea, uno de nuestros teóricos más sagaces, ensayó algunos nombres desde la mítica revista Acción Paralela, uno de los lugares por donde han circulado más teorías sobre el presente. Habló de la posfotografía y el posvídeo asociados a las nuevas plataformas de comunicación, a las comunidades web y a esa velocidad que ya entonces acuciaba la Red. Era 1999 y el futuro pasaba por el arte electrónico y el net.art, los nuevos formatos que respondían al intento de dejar atrás todo lo asimilado hasta entonces. Casi 20 años después, parece prehistoria de lo contempoDe ráneo. En esta era posmedia propia del siglo XXI, decía Brea casi como un oráculo, “el arte no se expondrá. Se difundirá”.

Por ese circuito discurren muchas más palabras con las que seguimos etiquetando el porvenir: pos-Internet, posverdad, posdemocracia, poslectura… Hay mucho de especulación y de agotamiento ahí, un signo general de los tiempos. En esa vuelta al futuro para tratar de superar lo posmoderno está también el auge del realismo especulativo, la gran corriente filosófica de la última década que editoriales como la argentina La Caja Negra teorizan desde la práctica del arte con nombres como Harum Farocki o Hito Steyerl. No es gratuito que sean artistas reclamados por grandes museos y bienales. En España coincidieron ambos hace tres años. Farocki, con una gran exposición coproducida por el IVAM y la Fundación Tàpies, Empatía se llamaba, uno de los términos más demandados en el arte hoy. Steyerl tuvo una gran retrospectiva en el Reina Sofía justo después de pasar por la Bienal de Venecia. Su Duty-Free Art también arrastra un prefijo. De ella se dice que es una artista posrepresentacional en su intento de analizar este mundo sobrecargado de imágenes por el que todo circula a gran velocidad. En el pequeño ensayo Too much world: is the Internet dead?, escrito para e-flux, lugar de cultivo de las teorías del mañana, Steyerl da un giro de 180 grados a la predicción de Brea: “El arte pos-Internet caminó fuera de la pantalla directamente hacia el cubo blanco”.

Y en esa diatriba estamos. Dentro y fuera, en todos sitios y en ninguno a la vez. Esta nueva era de lo pospos parece situarnos en un momento en que la historia se ha aplanado y ha dejado de tener una estructura jerárquica. Wikipedia, por ejemplo, es la cuna de lo hipereditable y donde nadie tiene la última palabra. Hiper parece ser, de hecho, el nuevo pos. Vivimos en la hiperhistoria hiperlinkeada. Toda trascendencia e incluso éxito se mide en términos de viralidad. Clics, likes, retuits. También en el campo del arte.

todo eso habla el colectivo DIS. Formado por Lauren Boyle, Solomon Chase, Marco Roso y David Toro, nació en Nueva York de un incansable intercambio de correos electrónicos entre ellos tras estallar la crisis económica. En 2009 empezaron a filmar y a encargar textos, y en 2010 lanzaron DIS Magazine, alentados por el profundo cambio cultural, estético y mental en Internet. Contribuyeron lo suyo a que surgiera lo que conocemos como “arte pos-Internet”, creando el tipo de imágenes que fomentan las redes antes, incluso, de que muchas de ellas existieran. Lo vemos con las “intervenciones culturales” que hacen en un amplio espectro de medios, desde proyectos online a exposiciones site-specific.

Es lo que han hecho en La Casa Encendida bajo el título Pulgares que escriben y se deslizan. Red de entretenimiento educativo de DIS. No es una exposición al uso, ni en el planteamiento, ni el cartel de artistas invitados ni en el rol que adoptan como comisarios. Tampoco en el formato. Piensen eso cuando vean un sillón enorme de paja en medio de una sala y tengan la tentativa de pensar que todo es una extensión de él. Tienen la gran virtud de generar discurso donde parece no haberlo. DIS ha construido un proyecto oblicuo, resultado de la colaboración con un grupo de escritores, pensadores y artistas. Todo evoca un lugar atemporal y deslocalizado, como presupone el presente hoy. Seguramente ese sillón sea su gran metáfora: demasiado duro para estar cómodo en él, demasiado profundo para tocar con los pies en el suelo, demasiado extraño para asumirlo como propio.

En global, la propuesta se acerca mucho a esa idea de “el futuro es el presente” que lanzaron, también como comisarios, en la última Bienal de Berlín. Aquí vuelven a analizar artísticamente la digitalización, la estética de la publicidad y una larga lista de paradojas: lo virtual como real, las naciones como marcas, los seres humanos como datos, la cultura como capital, el wellness como política o la felicidad como producto. Si para la bienal se inventaron la palabra paradessence, un concepto que combina paradoja y esencia, aquí es

edutainment, que entrecruza el entretenimiento y la educación. Hay que pensar en La bola de cristal para entender en qué punto exacto se sitúan, entre el ocio creativo y a la vez educativo.

En un mundo con tanta facilidad para informarse, DIS ve la posibilidad de un futuro posalfabetizado como una amenaza real. Es lo que les ha llevado a mutar en un canal de vídeo llamado dis.art, que definen “como una televisión pública educativa para la generación Z o como un cruce entre El siglo del individualismo, de Curtis, y Barrio Sésamo”. ¿El objetivo? Formarse en la complejidad, la misma idea que fluctúa por el verde croma de la sección Futuro de Arco.

Sobre el tiempo gira también la exposición Adverbios temporales, comisariada por Cristina Anglada. Imaginación, ciencia-ficción y distopía son varios de los pasajes para llegar a un futuro pegado, dice, al presentismo, esa sucesión informe de instantes por la que circulamos. La muestra habla de las tecnologías y las industrias culturales, de lo precario, el control y la vigilancia. Muchos de los nombres reunidos aquí están asociados a esa generación que tanto alzó la Trienal del New Museum de 2015 en manos de Ryan Trecartin, el artista mainstream del pos-Internet. Nombres reclamo que circulan a velocidad del rayo por la esfera global del arte: Cécile B. Evans, Nina Canell, Shana Moulton, Laure Prouvost, Camille Henrot… Nombres muchas veces sobrevalorados.

En el contexto de esta exposición parecen bordear el tema aunque cuesta mucho ver un diálogo fluido entre las obras. El espacio laberíntico de CentroCentro tampoco ayuda a saber dónde estamos. Con todas, merece la pena volver a ver Grosse Fatigue, de Henrot, una de las obras que mejor definen la era pos-pos, y detenerse en la mejor obra de la exposición, la última producción de Regina de Miguel, Decepción, un diario de viaje interno y externo por la isla del mismo nombre situada en la Antártida. También ella aporta otro pos más, posabismal, al hilo de Boaventura de Souza y su interés por descolonizar el saber. Viendo el vídeo, es fácil imaginarnos como fósiles en un universo futuro, no vacío de vida ni de pensamiento, pero sí de nosotros. Lo reitera una voz desde la pantalla: ¿Quiénes somos?

A esa pregunta sumo dos más. ¿Decimos lo que realmente pensamos? Si las imágenes pueden circular y compartirse, ¿por qué no todo lo demás?