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Alejandro Botubol. Tapes

Centro de Arte de Alcobendas. Alcobendas (Madrid). Hasta el 2 de marzo de 2019
[Francisco Carpio. ABC Cultural, 26 de enero de 2019]

BOTUBOL, DE LUCES Y TINIEBLAS

Convengamos, recurriendo a una suerte de tautología, que el color es luz, y aún más, podríamos añadir –lo tengo ya bien dicho y bien escrito– que el de pintor es un oficio de luces, aunque también de ciertas sombras. Alejandro Botubol (Cádiz, 1979) es pintor, eso queda claro, seguramente tan claro como la luz con la que ha construido estas obras. «Durante el último año de trabajo –nos confiesa– he tenido nuevos hallazgos de taller, he observado mis rincones, encontrando objetos, formas y experiencias que compongo de manera formal, esperando esos momentos efímeros de la luz de mis tardes».

Fragmento de «Que venga el alba» (2019), del pintor gaditano
Las luces del atardecer, siempre distintas, dibujando formas y pintando sugerencias sobre las paredes del estudio, nombrando de color el espacio y todo lo que alberga, se han convertido desde hace poco más de un año en materiales visibles para proponer una renovada paleta cromática.

Del mismo modo, sus mecánicas compositivas han ido articulándose cada vez más alrededor de una estructura puntual, ocupando el espacio más centralizado del lienzo. Un locus que complementa con la representación de campos cromáticos, y que en numerosas ocasiones se agrupan en franjas de color, como si fueran recuerdos luminosos y huellas depositadas por el espectro solar sobre la superficie del cuadro. Y, así, junto a la luz, el color, es decir, la luz… Y junto a ello(s), el tiempo, que no deja de ser igualmente otro pigmento, tal vez invisible pero siempre matérico, pesante, reiterativo, tozudo, que se deposita en el lienzo como puede hacerlo la memoria sobre la superficie sepia de nuestras historias.

Desde la observación
Tapes, su nueva propuesta, parte del concurso, pero principalmente del análisis visual y la observación de toda una amplia gama de diversos tipos de cintas adhesivas, que le sirven para articular una serie de estructuras cromáticas y que, si bien muestran inicialmente distintos campos de color desplegados en bandas y franjas, quieren ser a la vez, y sobre todo, representaciones iconográficas que nos recuerden o remitan a algunos de los grandes géneros de la pintura, como son los paisajes o las naturalezas muertas. De nuevo, él mismo nos dice: «Para mí, las tapes son pura imaginería. Cuando intervengo en mis obras, me siento como un imaginero del Barroco viendo los volúmenes y las formas de un cuerpo: con devoción y analítico detalle. Los tres grandes géneros del paisaje, la figura humana y el bodegón están presentes de manera constante en mi obra».

Precisamente este último territorio genérico, que expresa por encima de todo la vida quieta de los objetos, se convierte en protagonista de sus nuevas propuestas. De hecho, no resulta casual que la naturaleza muerta sea uno de los géneros más revindicados durante el Barroco, un período-estilo artístico del que el propio Botubol se siente tan cercano. De todas formas, pienso que estas pinturas no necesitan imperiosamente la justificación de una estrategia genérica para existir por sí mismas. Ni siquiera de una apoyatura conceptual. Sean bodegones, paisajes o campos de color hurtados al brazo invisible de la luz, en general funcionan como dignos productos del milenario, inagotable y exigente oficio de la pintura. Un oficio de luces, aunque, no lo olvidemos, también de ti

nieblas…