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Antony Gormley

Roya Academy. Londres. Hasta el 3 de diciembre de 2019
[Marina Varcárcel. ABC Cultural, 19 de octubre de 2019]

ANTONY GORMLEY, DISCURSO DE HIERRO

Esta exposición descarga sobre nosotros una tormenta de ideas. Es un desafío que nos lanza la Royal Academy y al que Gormley comparece con todas sus armas: con plomo, acero, agua de mar, algo de sangre y un batallón de hombres de hierro. Han sido cuatro años de realización en los que, para la colocación de cada pieza, se han hecho todas las combinaciones imaginables. También, en los que se ha sometido a la arquitectura del edificio al extremo de empujarla contra sus límites: paredes que sujetan pesos descomunales, salas clásicas que albergan piezas cuyo tamaño parece de otro mundo, al tiempo que, en la sala contigua, el suelo, convertido en estanque, se inunda de agua.

Sin embargo, en esta tensión subyace el discurso de Gormley. Esta no parece una retrospectiva convencional sino una declaración de principios del artista, quien desde el comienzo mantiene la continuidad de su pregunta incesante, y su obsesión por involucrarnos, zarandearnos, despertarnos: «El cuerpo es para mí un lugar, más que un objeto: cuerpo “en” el espacio y “como” espacio. Acompáñeme, cierre los ojos, mire en el interior de su cuerpo, en esa oscuridad en la que se pierden los límites del espacio, en la que adquirimos la infinitud del cosmos». Esa es la clave, el grito de guerra de Antony Gormley.

El patio de la Royal Academy está presidido por la estatua de su primer presidente, Sir Joshua Reynolds. Estos días, mira de soslayo un diminuto objeto a sus pies: Iron Baby (1999), la escultura de un bebé, a tamaño natural, que descansa en el suelo como si fuera su cuna; está basada en la hija de Gormley a los seis días de nacer. El artista ha declarado: «Su densidad sugiere un potencial enérgico, como el de una pequeña bomba». Esta pieza-proyectil configura el tono de esta exposición.

Antony Gormley nació en Londres en 1950, en una familia radical y católica: fue bautizado con un nombre cuyas iniciales conforman A. M. D. G., Ad maiorem Dei gloriam, divisa de la compañía de Jesús. Desde los seis años debía cumplir con la norma estricta de la siesta: subía a su pequeño cuarto donde hacía calor, se tumbaba, con los ojos cerrados, mientras la luz inundaba su cama sin piedad. En ese ambiente claustrofóbico se sentía prisionero en su jaula incandescente. Poco a poco empezó a concentrarse en ese espacio cerrado, opresivo y fue transformándolo en un lugar distinto: oscuro, fresco, en el que flotaba en un infinito profundo y azul. Sesenta años después es un escultor cuyo trabajo consiste en lidiar con el concepto de qué significa habitar en el cuerpo humano.

Donde todo empezó
Gormley estudió con los benedictinos. Después de graduarse en Cambridge, se unió a la ruta hippy, viajó por Turquía, Siria, Afganistán, hasta India: «el lugar donde las cosas empezaron a tener algo de sentido». La experiencia en India plantó la semilla de sus primeras esculturas. Sleeping place (1973) es la silueta de un hombre tumbado, replegado sobre sí, cubierto por una tela de hilo blanco. «Durante dos semanas deambulé por Calcuta. Las calles eran del ruido, las maletas, los atropellos, los puestos de comida en el suelo, los rickshaws… Y en medio de todo aquello estaban esos cuerpos tumbados, inmóviles, tapados». Sleeping Place fue la manera de convertir la experiencia en objeto.

Desde 1981, Gormley trabaja con el cuerpo y elige el suyo como núcleo de todo. Durante los siguientes 15 años, Vicken Parsons, su mujer, cómplice y única asistente, envolvía con una malla de escayola su cuerpo desnudo en distintas posturas. Así surgió su sello artístico, un ejército de hombres de hierro que hoy pueblan desde la costa inglesa hasta los tejados de Manhattan. Estas esculturas de «molde corporal» –de las que Lost Horizont I (2008) es la pieza para esta exposición, con 24 figuras orientadas hacia puntos distintos en cada pared, suelo y techo, cuestionando la percepción– evolucionaron gracias a un programa informático hecho a su medida, que le sirve para llevar más lejos sus dimensiones y posturas, adentrándose aún más en la abstracción. Empezaron a surgir «hombres» cada vez más esquemáticos, cuyos huesos, músculos y piel se decodificaron en formas informáticas o industriales, píxeles hechos de hierro oxidado, ladrillos de metal que, como piezas de Lego, conforman seres sin nombre, sin identidad. Son Slabworks (2019), en la sala 1.

Gormley acaba de cumplir 70 años; la Royal Academy corona aquí y así su trayectoria. Sin embargo, crece como escultor a cielo abierto, su obra tiene una fuerza amplificadora que punza paisajes urbanos y naturales: playas y desiertos, palacios italianos y chimeneas industriales inglesas… El escultor deja ahí sus hombres solitarios, como un bosque de preguntas, forzándonos a entender ese lugar de una manera ya

distinta. También ha querido dar voz a quien no la tenía: One & Other (2009), en el cuarto pilar de Trafalgar Square involucró a 2.400 voluntarios, y Escultura para Derry Walls (1987) fue su vínculo con el conflicto de Irlanda del Norte. Figuras dobles con forma cruciforme, símbolo del cristianismo en hierro para aguantar el impacto de las balas, que se colocaron en los puntos de división entre protestantes y católicos.

En 1994, recibe el Premio Turner, su consagración y una pértiga directa al cielo para abordar sus obras de mayor envergadura. Angel of the North (1998) es un tótem de 20 metros y 200 toneladas de acero en forma de ángel. Sus alas desplegadas alcanzan las de un Jumbo. Su ubicación, a la salida de la A1, cerca de Gateshead, la convierte en una de las obras de arte más vistas del mundo.

El espíritu de estas obras vibra entre las 13 salas de la exposición a las que también acompañan sus dibujos, que, como un Leonardo del siglo XXI, y teñidos de sangre, petróleo, tierra o aceite, demuestran la obsesión de un escultor por la técnica. Son joyas que salen inmediatas y directas como flechas de las neuronas de su ingenio.

Esta muestra es una coproducción entre espectador y creador. Las esculturas demandan nuestra participación física e imaginativa: debemos agacharnos, reptar y perdernos entre ellas. También resulta fascinante el juego con la escala, obras del tamaño de la palma de una mano y otras colosales. Clearing VII (2019), compuesta de kilómetros de tubos de aluminio enroscados trazando un arco entre el suelo y el techo, de pared a pared, es un «dibujo en el espacio» que envuelve al espectador. Para Host (2019) llena una sala de agua de mar y barro, evocando las profundidades de las que surgió la vida. Matrix III (2019) es una descomunal nube oscura de rejillas rectangulares de acero suspendidas del techo. Aunque algunas de sus nuevas piezas sean abstractas, su punto de referencia siempre es el cuerpo humano. Leonardo dibujó el Hombre de Vitrubio en 1490. «Vitrubio estableció en ocho cabezas la proporción del hombre, también que la distancia desde la barbilla hasta la frente debía medir lo mismo que la mano», dice Gormley mientras avanza hasta la malla de Matrix III para demostrarlo.

En estos días, aún puede verse Sight, su instalación para la isla de Delos. Veintinueve de sus hombres de hierro defienden como centinelas contemporá neos esta roca flotante en mitad del Egeo, cuyo nombre significa «La Visible», después de que Zeus la ofreciera a Leto para que diera a luz a Artemisa y Apolo. Hoy, 5.000 años después, surge por primera vez la intervención de un artista. Sus esculturas nos reciben desde puntos estratégicos: la orilla del mar, entre capiteles en el suelo rodeados de amapolas o como extrañas compañeras de los dioses en mármol de las salas del museo… Mientras mantienen una conversación emocionante a través de los milenios. Según Martin Robertson, especialista británico en arqueología griega, fue en esta isla donde apareció una estatua de mármol a mediados del siglo VII a.C. que representa a una mujer del santuario de Delos. Es el comienzo de la escultura monumental en Grecia.

Pero Delos está también habitada por esculturas de Gormley que responden a ese otro canon abstracto, sus hombres pixelados, que se integran sorprendentemente en lo que queda de la arquitectura de la isla hoy: ruinas catalogadas en hileras de bloques de piedra por los arqueólogos. Es una correlación objetiva de la era digital, en la que la información nos llega en bits que reconstruimos para crear una imagen: «Esa fue la idea originaria que coordinó la sintaxis de esta exposición, a partir de estos cuerpos decodificados, como sombras materiales de un cuerpo viviente», dice el escultor.

Discurso propio
Como Hockney, Gormley pertenece a ese grupo de artistas que han entregado parte de su vida a la elaboración de un discurso sobre la Historia del Arte. Con la emoción de un actor, el escultor recorre, en el documental de la BBC How Art Began, las cuevas paleolíticas de Francia, España e Indonesia en busca del primer trazo del hombre y la contestación a una pregunta: ¿Qué desencadenó en el homo sapiens la necesidad de dejar su huella impresa en el tiempo? Así, instalaciones como Sight o Still Standing (2011), en las colecciones del Hermitage, le han permitido confrontarnos con sus premisas utilizando el diálogo de su obra con la estatuaria clásica. Para Gormley, desde Grecia hasta el siglo XIX hubo un único discurso en escultura: la idealización del cuerpo. Hoy insiste en que es un tiempo distinto, su trabajo demanda la participación del espectador, sus cuerpos vacíos deben ser completados por nuestras sensaciones.

Cave (2019), talismán de la Royal, es una escultura a escala arquitectónica, un inmenso cuerpo transformado en cuevas geométricas con entrada y salida. Gormley aspira a que entremos en él y vivamos en el interior de su estómago, de sus extremidades a modo de túnel de luz o sintamos el frío y la angustia en el interior de su cabeza. «Trato de otorgar el nuevo lenguaje de la modernidad al cuerpo. Lo que quiero hacer es el cuerpo abstracto, el que responde al lenguaje de Malevich, Picasso… Y de ahí hasta Donald Judd o Sol LeWitt». Gormley y el pasado como propulsión de su escultura hacia el futuro, dos sensaciones que se funden en una sola victoria.