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Bacon con todas las letras

Centro Pompidou. París. Hasta el 20 de enero de 2020
[José Jiménez. ABC Cultural, 23 de noviembre de 2019]

CUERPOS EN MOVIMIENTO

Una excelente exposición de pinturas de Francis Bacon (19091992) se presenta en París, en el Centro Pompidou. Si les es posible, no se la pierdan: es, de verdad, magnífica. Se han reunido 45 obras de las dos últimas décadas de su trayectoria, entre 1971 y 1992. Doce de ellas son trípticos de gran formato, a las que se unen otras de escalas diversas, en un montaje limpio y ordenado. La fecha inicial corresponde a la del año de la muerte de su compañero George Dyer, y, en relación con ello, los tres trípticos «negros», pintados en su memoria en 1971, 1972 y 1973, presentes en la muestra.

Hay también seis salas cerradas en las que se pueden escuchar lecturas grabadas de textos de libros de su biblioteca personal. Textos de Esquilo, Nietzsche, Bataille, Leiris, Conrad y T. S. Eliot. Esto último nos da la clave central del objetivo de Bacon con todas las letras, su título: llamar la atención acerca de la influencia de la literatura en la pintura del artista.

La vida sin libros
En una de sus numerosas entrevistas, Bacon se preguntaba: «¿Cómo imaginar la vida sin la literatura, sin los libros? Es una fuente fabulosa, un pozo para lo imaginario». Es decir, la literatura como fuente de las imágenes. Bacon había reunido una biblioteca de más de mil libros.

Los fragmentos seleccionados en la muestra reflejan con claridad la amplitud de sus intereses literarios: la tragedia griega, la filosofía, la antropología, la narración y la poesía. Además de los mencionados, es oportuno señalar la importancia que Shakespeare tuvo siempre para él, como él mismo reconoció. La tragedia dramática y la poesía fueron centrales en su formación y a lo largo de su trayectoria. Eso sí, a pesar de ello, Bacon señaló explícitamente: «No podría haber sido un poeta». Porque en él todo fluía en dirección a la pintura.

En cualquier caso, es importante señalar que en la obra de Bacon confluyen otros elementos. Por un lado, las confluencias y contrastes con otros artistas, principalmente Velázquez, Rembrandt y Picasso. Pero también su interés por la foto, el cine, y la música, que igualmente se integran en su manera de concebir la pintura.

Sus obras rompen la consideración estática de la pintura, buscan siempre el salto, la acción, el movimiento. Se trata de algo que se aprecia de manera intensa en sus trípticos, que tienen una estructura narrativa abierta, algo que Bacon relacionaba con las imágenes en movimiento del cine.

Su pintura se construye así como una gran síntesis de las diversas artes y el pensamiento en la expresión plástica. Nos lleva a la percepción de la vida como un flujo continuo de saltos, de idas y venidas. En esa línea, hay una conexión evidente con el pensamiento de Nietzsche, con la forma en la que el filósofo alemán situaba el nacimiento de la tragedia teatral griega como un juego de contrastes entre las figuras míticas de Apolo y Dionisos, entre el sueño y la ebriedad.

Sin embargo, frente a la impresión de tristeza trágica que sus obras pudieran dar, Bacon se consideraba a sí mismo «más bien optimista.» Aunque, puntualiza: «No se trata del optimismo del creyente, sino del placer que os llega por estar vivo, la excitación por realizar algo (…), se trata en cierto sentido de un optimismo desesperado».

Con Bacon bajamos de los cielos ficticios a la tierra real de la humanidad. Algo en lo que resulta decisivo el interés que pone en la figuración de los cuerpos, representados siempre en acción. Una cuestión fundamental en la estructura de sus trípticos. En ellos, y en sus otras pinturas, percibimos un recorrido continuo por el cuerpo como núcleo de la humanidad: del autorretrato a los reflejos abiertos de la corporalidad común en los otros.

Bacon: síntesis de la vida en la pintura. Yo, los otros… Humanos, animales, figuras de la vida, naturales y artificiales. Siempre cuerpos en movimiento.