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Bruce Nauman. Estancias, cuerpos y palabras

Museo Picasso. Málaga. Hasta el 1 de septiembre de 2019
[Laura Revuelta. ABC Cultural, 29 de jkunio de 2019]

BRUCE NAUMAN VINO PARA TOCARNOS LAS NARICES

Bruce Nauman nace en Fort Wayne, Indiana, en 1941, y ahora, a sus 78 años, vive en medio de la nada (de la inmensa geografía estadounidense, a la que no accede ni el mismísimo Google Maps con su ojo de halcón tridimensional. No es una boutade esto que les cuento, sino una realidad pixelada en la pantalla del móvil), de donde nadie le saca ni por todo el oro del mundo; ni aunque la exposición se celebre en el Museo Picasso de Málaga y tenga la posibilidad de acercarse a miles de espectadores, ni lleve 25 años sin exponer en España, o Picasso fuera su primer referente, como el de casi todos los creadores de su generación, para luego renegar en procesión a lomos del caballo desbocado del dadaísmo, de Samuel Beckett, de Wittgenstein, de John Cage, de Merce Cunningham, de todo aquello que suene a experimental o a anticonvencional… A ininteligible, para ser claros y concisos.

Es decir, que Bruce Nauman, uno de los grandes artistas de las últimas décadas –amén de uno de los más cotizados, en el top 10, cuando no se encarama entre los 5 primero puestos de creadores hiper caros y compitiendo con paparruchas como Jeff Koons o Damien Hirst– se va a quedar sin conocer de primera mano la excelente exposición que le dedica el centro malagueño bajo el título de Estancias, cuerpos y palabras.

En el laberinto
No les exagero en la descripción anterior. Sólo pretendo con todos estos datos describir y definir a Nauman como un artista encerrado (que no perdido) en su laberinto –llámese rancho o casa de similares características–en el que también ansía encerrarnos (perturbarnos) a todos aquellos que acudimos a intentar entender por enésima vez de qué van sus esculturas de cabezas boca abajo colgadas de un alambre; sus pasillos cerrados y estrechos que van a dar a una pantalla de vídeo donde te sorprende (o te asusta) tu propia figura grabada por la espalda y sin previo aviso; sus payasos chillones que increpan la calma de una sala y parecen estar a punto de salirse de una pantalla de televisión para pegarte un mordisco en plena cara; sus rótulos luminosos que alteran el significado de las palabras según se encienden y apagan las luces, sus fotografías retorcidas…

No obstante, hay veces que no hace falta entender demasiado para darte cuenta de que te sitúas delante de un gran artista que va a lo suyo y que, precisamente, esa indiferencia a la corrección, a la norma, a lo pautado, a veces te saca de tus casillas y te toca las narices y te provoca una incertidumbre en absoluto impostada ni vendida a los mercados de la rareza, por mucho que cotizen sus obras y sus influencias al alza. Y, por supuesto, todos estos detalles son los que le han hecho grande a Bruce Nauman en el pasado, en el presente y, muy probablemente, en el futuro.

“Sé que hay artistas que actúan en relación con la belleza, que intentan hacer las cosas hermosas. Se sientes inspirados por casas bellas y ven todo eso como su visión: ofrecer o crear cosas bellas para el público. Yo no trabajo así. Hay una parte que tiene que ver con la belleza. Atardeceres, flores, paisajes… Son cosas que no me mueven a hacer nada. Pretendo dejarlas ahí, a solas. Mi obra nace de la frustración por la condición humana y de cómo la gente se niega a entenderse con los demás, y de cómo la gente puede ser cruel con el otro. No creo que pueda cambiarlo; es esa parte frustrante de la historia del hombre”. Si Bruce Nauman lo asegura, no vamos a llevarle la contraria, pero en esta declaración se esconde la esencia de su ideario creativo que va de la performance al vídeo, al arte sonoro, al conceptual más exigente y complejo. A todo aquello que requiere un mínimo de complicidad para no salir corriendo asustados y confusos.

Payaso burlón
Visto así, tal cual, parece increíble que Bruce Nauman partiera de la pintura allá en sus años juveniles y de incursión en el arte. Obviamente, este lenguaje se le quedaba corto, raquítico en sus pretensiones de autsider venido a más y a mejor con los años y a su aislamiento; no digamos con la madurez, que le ha convertido en un clásico en vida. Cerca de cien obras componen esta exposición del Museo Picasso que no sólo le ha abierto sus salas principales, sino otros rincones del museo hasta la fecha vedados a formar parte del (dis)curso expositivo: la entrada, la recepción, la tienda o los sótanos del centro, donde se guardan como oro en paño los vestigios arqueológicos de la antigua muralla de la ciudad. Es ahí donde ya te atrapa el agresivo e inteligente discurso de Nauman gracias al montaje de su piza clásica en patallas de vídeo titulada Tortura de payaso (1987). Una película de terror o de gore barato da menos grima que el payaso burlón con el que se identifica. Como señala el propio Bruce Nauman, “creo que no hay nada más difícil de transmitir que una idea del modo más directo posible”.