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Calder-Picasso

Museo Picasso-Málaga. Málaga. Hasta el 24 de septiembre de 2019
[Juan Francisco Ruieda. ABC Cultural, 21 de septiembre de 2019]

CALDER-PICASSO, UNA CAJA DE RESONANCIA

Las salas del Museo Picasso Málaga se convierten con esta exposición, en la que se encuentran las obras de Alexander Calder (1898-1976) y Pablo Picasso (1881-1973), en una auténtica caja de resonancia. Tanto es así que las 105 piezas (54 del norteamericano y 51 del español) producen en ese contexto de diálogo a dos un eco que se expande por otros escenarios de las vanguardias y que nos transporta, como si acaso los susurrase, a los nombres de muchos otros artistas.

Esto es así porque los asuntos centrales sobre los que gira la propuesta son la exploración del vacío, la anulación del espacio o la negavción de la masa como especificidad escultórica. La nada, el vacío, el silencio, la negación o la redefinición de la escultura venían asomando como intereses de muchos actores de la vanguardia. No es de extrañar, por tanto, que, aunque Calder y Picasso se significaron como figuras ineludibles respecto a esos debates, estas cuestiones fueron un verdadero “aire del tiempo” que a muchos otros arropó.

Cimas del arte
Curiosamente, las biografías de ambos no cuestan con demsiados episodios compartidos, aunque algunos “encuentros”, a través de sus obras, se configuran como cimas del arte de la primera mitad del XX. Ocurre -y de qué manera- en 1937, en el Pabellón español de la Exposición Internacional de París, situándose Fuente de mercurio, de Calder, cuya maqueta se muestra en esta ocasión, frente al Guernica. Sin embargo, ambos, además de esas búsquedas señaladas, comparten otras preocupaciones como la redefinición del monumento y del arte público, la incorporación del dinamismo, la presencia del circo o las nociones de juego y representación. Justamente, el Museo Picasso-Málaga hizo coincidir las obras de Calder y Picasso en el marco de la apabullante exposición Los jueguetes de las vanguardias, que, en 2010 y con comisariado de José Lebrero y del añorado Carlos Pérez, reunió un extraordinario conjunto de obras de artistas que se habían adentrado en la realización de juguetes y en la asunción del juego como parte del proceso crativo y fin de los artefactos. Ambos realizaron sistemáticamente juguetes artesanales, y Calder desembocó en su Circo, que ponía en funcionamiento jugando y representando una unción circense al modo de un niño.

El vacío empezó a cobrar importancia en el horizonte picassiano en fecha temprana, al inicio de los años diez. El paso al ensamblaje (assemblage) como método en lo tridimensional análogo al collage, que suponía un cambio de paradigma para el proceso escultórico, condujo a picasso a la materialización del vacío para, inmediatamente después, subvertir los llenos y los vacíos y lo visualmente permeable e impermeable en sus guitarras de cartón o guitarras destripadas. A partir de ahí, un proceso de esquematización conduciría a Picasso al grafismo de sus guitarras y constelaciones de los años veinte, que pueden entrar en diálogo con el universo de Calder, con su dibujo en el espacio, y que traslada al malagueño al diseño en 1928 del icónico Monumento a Apollinaire, cuya maqueta se exhibe.

Esa esquematización y el repensar el monumento o la escultura monumental por parte de Picasso parecen tener la figurada contestación en Calder gracias a la presencia de los Mobiles y los Stabile, que ocupan no sólo las salas, sino otras dependencia del museo. El dinamismo y el movimiento fueron perseguidos por Calder, de modo que es considerado uno de los pioneros en la incorporación de lo cinético al arte. No obstante, en el diálogo que presenciamos, no podemos obviar cómo Picasso había incorporado el movimiento en algunas de sus contribuciones a los ballets de Diaghilev, dsde la primera de ellas, Parade, en la que el circo es fundamental, con sus managers y seres escultóricos animados, a Mercure, su última colaboración con los ballets rusos, en la que genera unas placas metálicas con formas orgánicas, a lo Arp o a lo Miró, y, por ende, a lo Calder, que eran accionadas por operarios desde la tramoya. Esas formas orgánicas que encontramos en la obra del norteamericano y en el malagueño -piensen en el cubismo curvilineal y en el Picasso surrealista- propician una “zona de encuentro” entre ambos que se nutre de pinturas y esculturas de los años treinta y cuarenta conformadas en función a esos espacios geométricos.

No sólo ambos se preocuparon, en mayor medida Calder, por incorporar físicamente el movimiento, también por trasladar el movimiento, el dinamismo y lo fluyente a muchos personajes. El montaje enfrenta acróabatas y bailarines, entre ellos, algunos de los acróbatas que pintara Picasso a partir de 1929. A través de ellos resuenan muchos de esos ecos, concretamente el de los personajes de las distintas danzas de Matisse. Y a Matisse han de unirse en otras parcelas de la muestra los nombres de González, Gargallo, Moore, Oteiza o Chillida: resonancias de Calder-Picasso.