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Comida. Más grande que el plato

Museo Victoria & Albert. Londres. Hasta el 20 de octubre de 2019
[Luis Ventoso. ABC Cultural, 25 de mayo de 2019]

CON LA COMIDA SÍ SE JUEGA

Entre las admoniciones más queridas por parte de nuestras abuelas sin duda figuraba esta en lugar destacado: «Niño, ¡con la comida no se juega!». El Victoria & Albert, el gran museo victoriano londinense, se salta ese imperativo con gracia en su exposición Comida. Más grande que el plato. La muestra parte de un aserto indiscutible –«la comida es el material más importante del mundo»– para proponer una reflexión sobre el tránsito que nos lleva desde las tierras de cultivo al tenedor. Tristram Hunt, el exdiputado laborista que ahora dirige el museo, explica que lo que proponen es «un viaje sensorial por el ciclo de la comida, del compost a la mesa», para ofrecer al público «unas semillas de reflexión».

En la práctica, esos afanes de alta reflexión devienen en anécdota ocurrente. Y es que una vez vistos los 70 proyectos concebidos por artistas, diseñadores, granjeros y chefs, lo que realmente queda en la memoria son las provocaciones y juegos. Oscilan entre las pequeñas gamberradas y las ideas sugerentes. En el capítulo de gamberradas, el hito son los quesos elaborados a partir de bacterias humanas donadas por famosos. Uno ha crecido a partir de partículas del vello púbico del galardonado cocinero londinense Heston Blumenthal. Otros proceden de donaciones del cantante de Madness y del bajista de Blur. El resultado es estéticamente inquietante y no logra precisamente abrir el apetito.

La parte de la muestra dedicada al reciclaje es la más sorprendente: jarrones con la orina como materia prima, mesas e inodoros construidos con excrementos (obras aportadas por el Museo de la Mierda italiano), cuencos de sopa hechos con papel higiénico reutilizado… Todo puede aprovecharse. En un invernadero crecen hongos de cardo alimentados por posos de café del propio museo.

Se expone un tractor propulsado a pedales. Una artista plástica vaticina con ingenio pop cómo será el futuro de las salchichas. El omnipresente Ferran Adrià disfruta de una vitrina para él solo, donde muestra sus dibujos de pocos trazos y mucho color sobre materias gastronómicas. A la salida, un mostrador donde a partir de ingredientes poco usuales el visitante puede componerse su propio y pequeño aperitivo (lo cual no viene mal, porque tanto hablar de comida estimula el hambre). En resumen, una muestra que entretiene, pero que carece de la hondura que imposta. En algún momento estuve casi tentado de darle la razón a mi abuela: no jueguen con la comida. Y es que en muchas partes del mundo, de Venezuela a Yemen, todavía no es ninguna broma.