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David Wojnarovicz. La historia me quita el sueño

Museo Reina Sofía. Madrid. Hasta el 30 de septiembre de 2019
[Bea Espejo. El País, 22 de junio de 2019]

NUNCA RENUNCIES A LA BELLEZA

Paseo por la exposición de David Wojnarowicz (Nueva Jersey, 1954-Nueva York, 1992) en el Reina Sofía entre sentimientos encontrados. Y la historia me quita el sueño. Ya lo advierte el título, que traduce esa belleza oscura que habita en todo lo que hizo y deshizo el artista. Vaya por delante decir que la exposición es estupenda y responde de manera coherente con su cometido: ser la primera gran revisión de su trabajo a nivel internacional desde que en 1999 su obra llegara al New Museum y nos helara el ojo. La biografía de Cynthia Carr publicada en 2012 contribuyó lo suyo en colocar a Wojnarowicz como artista de culto. La de Madrid era, pues, una exposición esperada y tal vez por ahí mi expectativa derrapó. Eso, o haberme cruzado hace unos meses con la muestra que el KW de Berlín dedicó a sus fotografías y vídeos desde 1978 hasta que murió en 1992. Una exposición que exploraba el lado menos visto del artista, ese Cinema of Transgression que acuñó Nicholas Zedd para hablar del cine que rompía con el conservadurismo de aquel momento en Estados Unidos y donde Wojnarowicz retrató el mundo homosexual sumergido que anidaba en las casas abandonadas de un Manhattan atizado por el sida. Sí, era una exposición más pequeña e incompleta que esta del Reina Sofía, pero era toda emoción. Y confieso que algo de esa emoción echo de menos aquí, donde se me eriza el bello, pero más bien de frío.

Un pequeño espacio blanco y vacío en una de las esquinas del museo templa mi temperatura emocional. Suena No Motive, disco estrella de 3 Teens Kill 4, el grupo de música no wave al que perteneció Wojnarowicz y que teletransporta al Nueva York de los ochenta. Por aquel entonces, el artista recorría Lower East Side buscando carteles de economatos y materiales en tiendas de “todo a un dólar”, mientras hacía plantillas para pintar con espray sus dibujos sobre muchos de los edificios abandonados de los muelles del río Hudson. Por aquel entonces, Nueva York vivía con euforia una renovación pictórica y un buen empujón económico, que llevó a la ciudad a recuperar su carácter de gran metrópolis artística mientras emergía otro arte de la marginalidad que se apoderó de la calle y de lo espontáneo. Y pronto también del mercado. Basquiat y Leon Golub circulaban ya por ambos mundos cuando Wojnarowicz colocaba una careta de Arthur Rimbaud a tres de sus amigos disparando una de sus series de fotos más icónicas, que abren aquí la exposición. Fue en 1978, cuando tenía 24 años y una reconocida voz como poeta. Luego llegó la música, el collage y la provocación: Jean Genet masturbándose en la prisión de Metteray (1983), y las tres dimensiones con sus cabezas de escayola que lanzaban un grito sobre el espectro de la tortura y de las violación de los derechos humanos que en aquel momento asolaban Sudamérica.

Su intensa y breve relación con Peter Hujar hizo que todo explotara. A mediados de los ochenta, pinta ya en una nueva dirección y llegan los mapamundis y las composiciones llenas de símbolos de la industrialización y de la colonización, que son de lo mejor de su producción. Silencio es igual a muerte. Nos lo dijo con la boca cosida, y con un heroísmo palpable, con la imagen para el cartel de Silence = Death, la película dirigida por Rosa von Praunheim. Otro mito de la época, como las fotos de Nan Goldin donde descubrí su imagen por primera vez. Su mayor virtud fue ir por libre. Salir a la calle a gritar. Hablar del sida que persiste. Y reivindicar la belleza por encima de tiempos gramaticales, justo donde aparece el amor. Yo ahí me quedo.