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El ojo eléctrico

La Casa Encendida. Madrid. Hasta el 5 de enro de 2020
[Francisco Carpio. ABC Cultural, 26 de octubre de 2019]

EL ARTE MARGINAL COMO FORMA DE RESISTENCIA

Ni infantilismo ni locura son insultos… Todo esto hay que tomarlo en serio, más en serio que el arte de los museos, si se trata de reformar el arte de hoy». Estas palabras de Paul Klee, escritas en 1912, servían de comienzo al catálogo de la exposición Visiones paralelas: artistas modernos y arte marginal, realizada en el Museo Reina Sofía en 1993, una de las primeras muestras que recogía en nuestro país unas manifestaciones creativas que podían situarse fuera de los límites del arte oficial, estableciendo a la vez interesantes nexos entre ese tipo de arte y una serie de artistas contemporáneos.

En realidad, la afirmación del artista suizo venía a incidir en dos intuiciones que posteriormente iban a alcanzar una gran vigencia en el contexto del arte del siglo XX. Por un lado, el hecho de que el arte de los marginales sería ciertamente importante para el desarrollo de la contemporaneidad; y, además, que casi con toda seguridad, esa importancia no sería reconocida de una manera totalmente plena, en gran medida por la oposición de lo que podríamos denominar la corriente ortodoxa de la creación artística.

Es ya bien sabido que este tipo de arte –auténtico mecanismo de resistencia al surgido y generado más allá de las fronteras oficiales– debe una notable
«cuota de protagonismo a la figura del francés Jean Dubuffet y a su concepto de Art Brut. Dubuffet afirmaba que todos llevamos un potencial creativo que las normas sociales anulan. Esto se observa en las creaciones de personas que se mantienen al margen de la sociedad, tales como internos de hospitales psiquiátricos, autodidactas, solitarios, inadaptados o ancianos. En 1948 creó en París la Compagnie d’Art Brut, que instaló en 1976 en el Château de Beaulieu, en Lausana.

El tiempo –y un creciente interés por estas manifestaciones, unido a nuevas formas de ver el hecho artístico desde la antisiquiatría o el pensamiento foucaultiano– han ido matizando y ajustando ese flujo antitético ortodoxo-heterodoxo. Ahora La Casa Encendida propone una nueva mirada a este singular y atrayente fenómeno. El ojo eléctrico es una muestra que presenta un conjunto de obras de 41 creadores pertenecientes a la colección Treger/San Silvestre, una de las más completas dentro del Art Brut, con artistas que abarcan un amplio espectro, desde finales del siglo XIX hasta hoy, cubriendo distintas áreas geográficas no sólo vinculadas a las tradicionales de Occidente, con una gran variedad de técnicas y materiales, y que en ciertos casos se han ido integrando paulatinamente dentro del sector del arte oficial.

Un buen montaje
La exposición está bien planteada, destacando especialmente la manera en que ha sido concebido el montaje, que gira en determinados momentos en torno a lo que es sin discusión una de las constantes formales-conceptuales de este tipo de arte: el horror vacui. Junto a ello, una adecuada selección de creadores, entre los que destacaría nombres como los de Adolf Wölfli, Augustin Lesange, Martín Ramírez, Madge Gill, Janko Domsic, Anna Zemánkova, Bruly Bouabré o Aníbal Brizuela. Una pena la ausencia de Henry Darger, quien, según parece, también forma parte de esta excelente colección de arte otro. Y una última reflexión que rima ya demasiado con exclusión: ¿es que ni siquiera en este ámbito podemos contar con creadores españoles que hubieran podido estar aquí representados?