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Graciela Iturbide

Fundación Barrié. La Coruña. Hasta el 27 de enero de 2019
[María Peña Lombao. ABC Cultural, 29 de diciembre de 2018]

GENERACIONES: LUZ Y OSCURO ESPEJO

Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte./ –No se ve nada./ –Ya debemos estar cerca./ –Sí, pero no se oye nada./ –Mira bien./ –No se ve nada. –Pobre de ti, Ignacio».

Así comienza uno de los relatos más estremecedores de la Historia de la Literatura latinoamericana: No oyes ladrar a los perros (1953), de Juan Rulfo. La lectura del escritor mexicano se caracteriza por una pronta carraspera, como si al leerlo te secara la garganta la arena de su desierto. Con el visionado de la obra de Graciela Iturbide volvemos a la misma arena, las mismas cactáceas en blanco y negro, los remolinos de viento que levantan polvaredas.

Formación completa
Iturbide nace en Ciudad de México en 1942. A finales de los sesenta estudia cine, es decir, lo estudia todo como fotógrafa: los relatos, los planos y los encuadres, la luz. Para ella, la cámara es una excusa para descubrir primero su país, más tarde la India, Italia, EE.UU… En ese su primer diálogo con el mundo plasma las comunidades indígenas y campesinas de su tierra natal. Continúa su andadura en los setenta con marcada predilección hacia las fiestas populares, carnavales mixtos entre ritos católicos y tradiciones indígenas autóctonas. Es a partir de los noventa que se decanta por el paisaje y los objetos encontrados, alejándose de los motivos que antaño retrataba –personas, animales, acciones humanas– para de alguna manera, fotografiarlos a partir de sus residuos. Como ejemplo, Chalma (2008), la hornacina sin virgen de Guadalupe.

Iturbide recuerda el legado de una fotógrafa, un escritor y un director de cine. Diane Arbus, Juan Rulfo y Serguei Paradjanov. En su obra también leemos la admiración hacia cineastas rusos, en particular hacia Tarkovski, a quien le ocurría lo mismo: donde fuera que rodase, Rusia o Italia, el largometraje final siempre habla de Rusia. Su Rusia, no la de otro. Al fin y al cabo, lo retratado en una fotografía es un mediador del propio fotógrafo.

Gaciela Iturbide consigue hacer de la imagen un ritual ancestral en sí mismo. No podríamos entender su obra como la de un voyeur, no hay mirillas en su trabajo. Iturbide no es una mujer que mira, es una mujer que está dentro de cada una de sus fotos. Tal vez, siempre captura sus orígenes, como si alguien la persiguiera, como si no se pudiese separar o despegar de aquellos comienzos de polvo y secarral. Una sabe que sus imágenes están plagadas de simbologías pero no es necesario estudio previo para percibir algo de magia.

Suenan alrededor de esta muestra cánticos sacrílegos, pies golpeando la tierra. Los lugares que fotografía parecen extraídos de un hospital del imaginario, inaccesible, un lugar del que cuentan leyendas. La obra de Iturbide canta un sortilegio, sea cual sea la persona o el objeto inmortalizado. Cuando escoge un elemento, parece que es el objeto quien le quita la tapa a la cámara. Los cuerpos inertes la buscan. Termina Rulfo el relato: «Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros. –¿Tú no los oías, Ignacio? –dijo–. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza».