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Historia de dos pintoras. Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana

Museo del Prado. Madrid. Hasta el 2 de febrero de 2020
[Rocío de la Villa. El Cultural, 25 de octubre de 2019]

MAESTRAS DE UNA GENEALOGÍA FEMENINA

Como colofón de la celebración de su Bicentenario, el Museo del Prado consciente de su deuda con la historia del arte realizada por mujeres, presenta una muestra de Sofonisba Anguissola (Cremona h. 1535 – Palermo, 1625) y Lavinia Fontana (Bolonia, 1552 – Roma, 1614), dos pintoras célebres en su tiempo y las primeras de las que ha quedado un corpus de obra significativo. Este legado, borrado a través del tiempo bajo falsas atribuciones de autoría masculina, comenzó a restablecerse con las primeras retrospectivas en Italia y en Estados Unidos a finales de los años ochenta del pasado siglo. Desde entonces, la dinámica se ha invertido, con numerosas atribuciones todavía por contrastar. Hoy se considera probada la autoría de medio centenar de obras de Anguissola, que se multiplicaría al menos por tres en la prolífica Fontana. En esta exposición se muestran sesenta pinturas, repartidas a partes iguales, de las que solo cuatro telas de Anguissola pertenecen a la colección de nuestra pinacoteca.

Vaya por delante el reconocimiento del esfuerzo en la organización de esta exposición costosísima, con préstamos procedentes de muy diversas colecciones públicas y privadas que, en varios casos, han condicionado su concesión a la restauración de las telas. Condiciones extraordinarias que el Prado ha convertido en oportunidad para estudiar a fondo, con medios radiológicos, los procedimientos de cada pintora, lo que sin duda supone un avance en su conocimiento y la autentificación de nuevas obras.

Se trata de una exposición rigurosa que describe muy bien sus trayectorias, entrelazadas, y los géneros cultivados por ambas pintoras, con la mayoría de sus mejores trabajos, en un proyecto curatorial bien hilvanado y cuidado hasta en sus mínimos detalles por Leticia Ruiz, jefa del departamento de Pintura Española. Pero, sobre todo, una muestra que asombra por la altísima calidad de las telas en las que hallamos la explicación de por qué fueron atribuidas a maestros como Sánchez Coello, Tiziano o Veronés. En un recorrido intenso al que, quizás, solo cabe achacar el compacto espacio dispuesto para disfrutar de tantas piezas excelentes en las que hay mucho para admirar y disfrutar, y cuya excepcional ocasión provocará la asistencia multitudinaria de público.

El comienzo es rotundo e impactante. Una Minerva desnuda (1604) de Lavinia Fontana –la primera mujer que pintó desnudos– rodeada de los autorretratos de las dos autoras, pintando y tocando la espineta, nos ponen en alerta de todo cuanto vamos a descubrir y de la importancia de la visibilización de las mujeres como artistas que propugnaron ambas pintoras. Conscientes de iniciar una nueva genealogía, como demuestra el Autorretrato ante el caballete y Mujer joven tañendo el virginal de la predecesora Caterina van Hemessen (1528-1587), pintora de la que aún se conoce muy poco.

La historia de Sofonisba y sus hermanas también pintoras (Elena que pronto ingresó en un convento, y Lucía de la que el Museo del Prado posee un retrato mostrado aquí) parte de la necesidad familiar de suplir con una esmerada formación cultural las dotes necesarias para el matrimonio de seis hijas que su padre, Amilcare Anguissola, perteneciente a la baja nobleza de Cremona, no podía proporcionar. Desde su adolescencia, el talento de la primogénita Sofonisba animó al padre a iniciar una propaganda que llegó hasta el propio Miguel Ángel, lo que respaldaría que fuera llamada a la corte de Felipe II –ya que Cremona estaba bajo el dominio de España– para convertirse en dama, profesora y pintora de corte durante trece años. Es admirable su dominio del retrato narrativo, la naturalidad, perspicacia psicológica y complejidad de sus composiciones –por ejemplo, en el autorretrato Bernardino Campi retratando a Sofonisba Anguissola, 1559–. Así como su maestría para adaptarse al retrato oficial y distanciado ya en la corte, donde sobresaldría en la recreación de las ricas telas en los vestuarios de los nobles hasta el punto de que algunos de aquellos retratos, hoy desaparecidos, los conocemos a través de la copia de Sánchez Coello, como el Retrato del príncipe don Carlos vestido de blanco. En comparación, sus pinturas religiosas posteriores son correctas, en su emulación de modelos tomados de Luca Cambiaso, entre otros. Lo que no opacó su fama en toda Europa, como podemos comprobar en los retratos que realizó de ella el joven y ya muy exitoso Van Dyck cuando fue a visitarla, casi nonagenaria.

Lavinia Fontana fue hija de pintor y la primera mujer que dirigió un taller propio. Abordó todos los géneros, del retrato a la pintura religiosa y mitológica, y técnicas como la pintura sobre cobre, con enorme originalidad y rico cromatismo, en composiciones complejas y arriesgadas, a menudo en gran formato. Retrató a las nobles y los ideales culturales de las mujeres en una Bolonia que, bajo el dominio pontificio, permitió que ellas formaran parte del Consejo de los Cuarenta que administraba la ciudad. Dialogó con Correggio, Parmigianino y los Carracci. Y también fue reclamada desde Roma por la corte papal. Asombrosa y deslumbrante.