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Ignacio Uriarte. X, Y, Z

Museo ABC. Madrid. Hasta marzo de 2019
[Javier Díaz-Guadiola. ABC Cultural, 29 de diciembre de 2018]

“PERVERTIR CIERTAS NORMAS ES DIVERTIDO Y LIBERADOR”

lgo que se le agredece –y mucho– al programa Conexiones del Museo ABC es que nos reencuentra con medias carreras, artistas de los que se nos pasó la fiebre una vez desapareció su emergencia. Sin embargo, siempre da gusto saber qué fue de aquel autor (y hablamos ahora de Ignacio Uriarte, último convocado) que aprendió a sacarle partido al material de oficina con fines artísticos; que comenzó a garabatear papeles y a hacer instalaciones con clips. Y despierta nuestra curiosidad descubrir que será capaz de hacer ahora partiendo de un Gerardo Rueda (Fund. Santander) y una ilustración de Mecachis (Colección ABC). Eso es X, Y, Z, causa de un nuevo encuentro.

–Esas letras podrían entenderse como las opuestas a «A, B, C», nombre de este museo, pero creo no va el juego por ahí.
–Las letras del título son en realidad el resultado de la exposición y no su punto de arranque, la interpretación de sus obras, a posteriori, del comisario. Por ejemplo, la «x» aparece en la pieza sonora, pues es la tecla que pulso en diferentes máquinas de escribir; también aparece como forma geométrica en algunas composiciones, como la «z» o la «y». Asimismo, X, Y y Z son las letras que se asocian a las incógnitas en las ecuaciones y los tres ejes geométricos en matemáticas, lo que enfatiza que, aunque la exposición parte del dibujo, es también muy escultórica.

–«Conexiones» es una invitación para que el artista abandone « su zona de confort » . ¿Dónde estuvo el reto en su caso?
–Es la primera vez que utilizo obras ya existentes para desarrollar otras nuevas. He llegado a inspirarme en otros artistas, el trabajo de Hanne Darboven, pero desarrollo una pieza muy diferente siguiendo sus principios. Sin embargo, no por ello he cambiado mi lenguaje. Toda la cita se sirve únicamente de líneas rectas, garabatos y hojas dobladas. De hecho, me limité más que de costumbre. Me hacen gracia esas cosas, el intento, siempre que sea posible, de lograr mucho con muy poco.

–¿Sigue siendo válida esa definición de «arte de oficina» que se empleó para definir lo suyo cuando comenzó?
–No me desagrada porque hace referencia al lugar en el que están ancladas todas las piezas. Obras muy estilizadas, muy minimalistas, a veces etéreas o espirituales, pero, en el fondo, hay siempre en ellas un componente, un gesto que las sitúa en una realidad muy banal, cotidiana y aburrida, siempre siguiendo unas reglas muy estrictas. Si hubiese cambiado de la hoja doblada a la cerámica o hubiera comenzado a pintar tal vez esa fragilidad y la posibilidad de que cualquiera me pueda imitar desde su escritorio se perdería y la volvería una obra muy aburrida. Hay en ella un humor que se basa en hacer algo muy serio de lo tremendamente pequeño y sin importancia.

–Supongo que para usted tiene otra connotación el concepto de «serie» o «repetición».
–Las obras que hago siempre estan estructuradas de antemano. No decido sobre la marcha. Ahora, si la pregunta va más hacia cuántos lienzos tuvo que rasgar Lucio Fontana antes de serlo, entramos en terrenos delicados. Supongo que suficientes, sí, porque todos lo conocemos, aquí y en China. ¿Me estoy repitiendo demasiado o no lo suficiente? En esta exposición hay técnicas que solo he empleado una vez. Otras que habrás visto muchas… Se trata de no ser aburrido; tampoco como los perros, que van marcando territorio con una meadita para decir que luego hiciste algo hace 25 años. Si haces algo, aduéñate de ello, porque vas a «quitar» la oportunidad a otros de hacerlo. Es algo que recrimino a algunos artistas de Fluxus.

–¿Cómo hace para no repetirse?
–Buscando en profundidad, más que «a lo ancho». Un poco como los científicos. Tengo un amigo que hizo el postdoctorado sobre una encima en un tipo de patata. Seguro que para la ciencia su trabajo es fundamental, pero para mí, como ciudadano, me resulta «poca chicha». En arte a veces pasa lo mismo. Mis elementos son el tiempo, la rutina y el trabajo. Y me limito a diez o cinco técnicas. ¡Pero eso es un mundo! Limitarme me ayuda muchísimo pues me invita a meterme en profundidad.

–De hecho, al acotar tanto, cualquier mínima variación es un universo paralelo.
–Y las ideas salen de eso, porque el mío es un dibujo muy repetitivo y meditativo, que da tiempo a pensar mucho. Lo comparo con el monje budista que se tira diez años viendo el flujo de de un río. Quizás luego no puede explicar en palabras lo que aprendió pero algo ha tenido que ser. Aquí pasa igual: hago series largas, muy tediosas, pero aprendo cosas sobre el movimiento de muñeca, sobre la resistencia del papel, algún error sucede que permite una nueva idea… Por eso me dan pena los artistas conceptuales que lo son puros y duros, sin la práctica del «hacer». Porque el hacer es un generador de ideas. Y una obra te lleva a otra.

–También es de «mínimos materiales». Y de tender con ellos a lo máximo, como dijo. Ésa es casi la filosofía del capitalismo que pone en solfa.
-Estoy de acuerdo. el minimalismo es eso, una idea de eficiencia, de lograr mucho con poco. En mi caso, aunque las formas lo son, yo me complica la vida al buscar la punta más fina para llenar un monocromo, por ejemplo. No uso una brocha gorda. Si calculamos, lo mío es lo contrario de la efriciencia.

-Ese es un concepto interesante: el arte, en sí mismo, tampoco es que sea muy “util”.
-El arte proporciona el privilegio de no tener que funcionar según las reglas de eficiencia forzosa del mundo habitual. Eso es un lujo. Muchas obras hablan de eso, como la de Francis Alÿs en la que se esfuerza mucho para no lograr nada. Me encanta cuando suceden cosas así, cuando rompes con esa ley, y le dedicas mucho tiempo y esfuerzo a casa nada, o al revés: cuando con casi nada logras mucho.

–Su caso.
–Es para lo que generalmente no te dan permiso. Lo que se busca es que dediques muchas horas, que la remuneración sea poca, pero los resultados máximos. Revertir eso es divertido y además liberador. Pero me permito no estar calculando todo el rato. Un comisario amigo hizo una vez una expo que se titulaba Más horas de amor de las que jamás pueden ser devueltas, refiriéndose al amor incondicional de una madre a su hijo, que comparaba al que tiene el artista con su obra.

–Supe la falta de habilidad con el dibujo con una actitud programática. Y convierte en rutina lo que se usa para escapar de ella. ¿Qué más contradicciones contempla su labor?
–La coexistencia de una forma pura limpia, casi industrial, compuesta de trazos imperfectos, esto es, muy artesanal. Y hay una contradicción que depende del espectador. Tiene que ver con la temperatura de la obra. ¿Ésta es fría o es cálida? ¿Te acaricia o te resulta impenetrable? ¿Habla de lo tedioso del trabajo en la oficina o de resquicios de escape?